viernes, 5 de abril de 2019

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Algunas veces nos vemos “exiliados”, obligados por mayor o menor tiempo a vivir fuera de las fronteras de nuestra ciudad, dejando en ella un beso al salir de casa y encontrando otro al regresar una semana después. A veces, en ese maremágnum de cosas que se suceden dentro de uno cuando está lejos de lo suyo, en esa debacle aparente en que se convierte todo cuando cierras la puerta del improvisado y temporal nuevo hogar, y te enfrentas a la soledad de tu cena, de tu tele encendida para así tener sensación de compañía, de las sábanas frías y el único cepillo de dientes, uno piensa que se están pasando años y años de tu vida y que nunca los vas a recuperar, entregados a un inmisericorde laboro y un sueldo precario que apenas da para pagar los gastos y tomarte un café extraordinario. A veces, cuando uno se aferra al teléfono como único contacto y las visitas inesperadas de un día cobran la importancia de meses, o cuando te ves obligado a relacionarte con gente extraña sólo por salir de las cuatro paredes de tu celda con número y letra, surge un hálito de vida, una ilusión, en las pequeñas cosas…

Un día, durante un paseo invernal por la ciudad que nos acoge y nos intenta agradar (sólo lo consigue cuando la hemos dejado), una puerta abierta te invita a entrar a un espacio amplio, iluminado sólo por un foco que apunta a un sitio en concreto, y por la luz velada de las vidrieras que rodean el edificio. El punto certero, es una cara, son unas manos, no las conoces, te acercas a verlas porque algo te ha llamado a hacerlo, avanzas por la parte central sólo mirando esa cara iluminada por la luz que la hace destacar y sólo entonces reparas en que hay alguien con Ella que sostiene un pañuelo para limpiar la mano, que te ofrece acercarte…y lo haces, le besas la mano, te quedas un rato mirándola, te sientas en un banco y sigues mirándola,.. ya no te sientes sólo, ya no te sientes triste; le preguntas la advocación y te sorprende la respuesta, es la misma que la de tu Virgen en tu ciudad, y entonces lo entiendes todo, y sales inmensamente feliz y reconfortado.

Desde entonces, cada vez que vuelves a la ciudad te pasas a verla, porque comprendes que ahí, con Ella, siempre estará tu casa…

Fuente fotografía: B/C Diócesis de Málaga

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