miércoles, 3 de abril de 2019

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De pequeño, sus padres lo metieron en un colegio de curas, de esos en los que vivías interno y no salías a la calle más que para ir a clase o en los pocos días de permiso que te daba la educación. Que “la letra con sangre entra” lo fue notando en sus carnes desde muy temprana edad, en las aulas de ese colegio que fue odiando con toda su alma y, al salir de él, su ideología estaba más que definida y decidida…oposición a todo lo que tenga que ver con la Iglesias y sus ministros.

Fue madurando, fue creciendo su rabia; las amistades hicieron la militancia y ésta la destrucción total de lo que quedaba de sus padres en él, cegado ya por la rebeldía, y empezó a expresar libremente su opinión usando como lienzo las blancas cales de las paredes de las iglesias, en su pueblo natal primero, y en la ciudad después. 
Durante los tiempos de la Universidad, sus padres a los que repudiaba por ser de ideología extrema opuesta, le permitieron con sus sueldos vivir holgadamente en un barrio castizo, con historia y enjundia, en el que fue deshojando las margaritas del amor en sus compañeras de facultad, siendo feliz todo el año en ese barrio en el que viven muchos "progres" cómo él, y se juntan a beber cerveza en la plaza que preside un Cristo y al que miran con indiferencia y, en algunos casos, asco.

Al llegar Semana Santa, comienza su calvario particular, pues en ese barrio longevo y culto, hondo en las raíces de la ciudad, radica media nómina de cofradías y, claro, él no puede seguir yendo con la bici por donde quiere y como quiere, y se ve obligado a seguir expresando libremente su opinión, con voces blasfemas al son de las cadenas que penden de sus orejas. Haciendo caso omiso de autoridades y vecinos, llega a su casa a deshoras, habiéndose bebido la educación que sus progenitores costearon, y se asoma borracho a la ventana justo en el momento en el la Virgen llora su amarga pena volviendo al templo cercano. Se calla, enmudece, quizá aquejado por la conciencia, quizá recordando las veces que hizo llorar a su madre, y se come sus gritos, sus blasfemias y sus insultos ante la grandeza de una Madre que a pesar de todo lo que le ha dicho, a pesar de la botella que aferra entre sus manos sólo él sabe con qué intención, todos los años vuelve a verlo pasando por la puerta de su casa…

Fuente fotografía: Diario de Cádiz

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