lunes, 6 de agosto de 2018

Su risa...


Al final, después de todo por lo que habían luchado, el presentimiento de que no había sido suficiente o, por el contrario, tanta lucha por lo de alrededor había ido haciendo agujeros en sus flancos, y por ahí se había ido deshaciendo todo. Ahora ya no importaba nada, mientras recogía las cajas de cartón con sus últimas cosas de la que fue su casa, la mirada perdida de su compañera le indicaba que poco o nada se podía hacer ya, y el coche esperaba la carga, y el olvido.

El volante le quemaba en las manos, y el sonido del coche que antes maquillaba su risa, le taladraba el corazón recorriendo, quizá por última vez, el barrio que fue testigo de sus "todos". Mañana ya será tarde, pero en el retrovisor nada le indicaba que las cosas fuesen a cambiar, que los errores no pesaran, que lo que se había descuidado volviera a estar intacto, y que el sol volviera a despertarlo abrazado a ella. Un claxon impertinente le despertó de su abstracción, ya al final de la calle de casas iguales. Aparcó el coche, y salió a estirar las piernas y reparó en que había ido a parar justo al sitio en el que todo empezó, aquella esquina donde empezaron a correr a ver quién llegaba antes a su nueva casa, y la vio correr, ágil, encantadora, mientras las mismas flores que adornaron por vez primera la mesa del salón, ahora le saludaban tristes. Dio la vuelta, subió al coche, y ya nunca volvió a escuchar su risa...

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Gracias por asomarte...

Gracias por asomarte...
donde se guardan las joyas...

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