miércoles, 26 de julio de 2017

El milagro de la vida...


Tuvo a su hijo hace tiempo, tanto que ni se acuerda, puesto que los ocho años que lleva como madre borraron de la memoria los detalles de su bebé, que fue desapareciendo, poco a poco, a medida que estiraba los brazos y bostezaba al levantarse. Pasó de ser una "pelota" que se encogía cuando lo sacaba de la cuna, a un niño espabilado, inquieto, deportista y responsable, que ya mismo va a hacer la Primera Comunión.

Ella quiere otro, claro, como lo quiere su marido y su hermano, que hace años que se lo reclama, como si traer un niño al mundo fuera como echar a freír un huevo, y ella le dice que sí, que lo están buscando, que llegará, aunque por dentro está empezando a desaparecer la sonrisa, y la esperanza, amenaza con instalarse en otras vidas. Se lo dice su edad, y también el tiempo que le costó engendrar a Paulo, pasando los meses entre visitas al hospital, pruebas y palabras amables de los médicos que le decían que todo estaba normal, que todo tiene que seguir su curso, y que en cuanto dejara de agobiarse vendría...pero ella no estaba agobiada, sólo triste, y el curso de la vida aún tardó unos años más en permitir que la semilla germinara y su hijo viniese al mundo para llenar sus días. Pero ahora, todo vuelve a empezar, los meses se ríen de ella junto con el período que, letal, viene a regular su organismo y a taladrar su alma, mientras que su hijo crece sólo y ella no sabe qué pensar, porque el que la animaba, en todo, en esto ya no puede hacerlo, puesto que él también está triste, y enfadado. 

No es cuestión de no querer, es no poder...el estrés, el poco tiempo libre, el no verse, el hacer coincidir intimidades con ovulaciones, mirar el calendario para todo, el reloj para casi todo. Es cuestión de que la naturaleza ya ha hecho bastante, que ellos han sorteado todos los impedimentos posibles y, de alguna manera increíble, se conjugaron los astros un mes de Enero para traer la vida a su hogar en Octubre. Es cuestión de que ya no creen, que ya no confían, y que ya no esperan, y que el tiempo pasa inexorable y ya no son unos chiquillos como el que, resignado, le pregunta por su hermanito. Ella, abrazándolo, dejando caer sus lágrimas sobre el pelo que le acaricia suavemente, se aferra a él, e intenta no pensar en que crecerá sólo, al menos en los juegos de casa, porque fuera tiene amigos y primos que le hacen olvidar la necesidad que tiene de un colega, un cómplice, alguien a quien cuidar y a quien querer. Ella, al mirarlo, al recordar todo lo que pasaron para poder traerlo al mundo, se toca el vientre y comprende, con un puyazo en el alma, lo del milagro de la vida...

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