lunes, 31 de julio de 2017

Tívoli...


Nunca he ido. No por nada en especial, sino porque no soy yo muy amigo de parques de atracciones, ferias y "cacharritos", y sólo sé de él lo que leo al pasar hacia la playa en la carretera, la "cancioncilla" con la que se anuncia en la radio, o lo que me cuentan mi esposa y mi cuñada que, de niñas, fueron muchas veces durante sus vacaciones estivales en Fuengirola. 

Nunca he ido, pero le tengo cariño. Su nombre me despierta una alegría que sale de dentro, no sólo por recordarme al verano, las vacaciones y el mar malagueño al que me estoy acostumbrando a fuerza de ir con mi mujer, sino porque su nombre lo pronuncia mi hija con su "vocecilla" de cuatro años, embadurnada de arena, sentada con su gorra a la orilla del mismo mediterráneo,  pero tan distante y distinto al de mi infancia. 

Ella se está haciendo al mar en la Costa del Sol, yo me hice en la Tropical, curtiendo mis pies las rocas de unas playas limpias, transparentes y frías, mientras que los suyos se queman con la arena de otras playas, y el olor a espeto es diferente aún siendo el mismo pescado el que se asa en las barcas. Nada es igual, ni siquiera parecido, y mientras mis recuerdos me llevan a "Las Góndolas" donde las fotos familiares me muestran que yo aprendí a andar allí, mi hija se suelta a nadar en una playa donde casi siempre haces pie y la temperatura del agua hace gala al nombre de la costa. 

Ya mismo estaré allí, otro mes de Agosto más, jugando con ella a lo que su mente ingenie, llevándola al tiovivo a montarse por la noche, y bañándome hasta quedar arrugado sólo por verla disfrutar del mar, y de mi compañía, de la que tanto carece durante el año. Mas, cuando el tiempo pase y mi pequeña se haga mayor, quizá desde otra playa más mía, quizá jubilado, cuando vea un avión recorrer el cielo azul del litoral con una pancarta de propaganda colgada, me acordaré, no sin nostalgia, de ese centro de atracciones malagueño, y de esa "vocecita" que, señalando con el dedo la avioneta, reclama mi atención diciendo:  "mira papi, el Tívoli"... 

viernes, 28 de julio de 2017

leer...


Se está marchando el mes de Julio, ya la "Carmelilla" sevillana de san Gil salió para sonreír a su barrio antiguo, y el Perchel malagueño disfrutó con esa otra "Carmelilla" que es un rosa en el jardín de esa ciudad cuyo sol es la envidia del andaluz. 

Se va Julio, como digo, y el calor ya está haciendo mella, desde hace tiempo, en nuestros cuerpos que a duras penas consiguen zafarse de su efecto durante el día, y que se rinden a la evidencia de la noche, de dar vueltas en las sábanas y de no encontrar la postura de ninguna manera alcanzable. Julio nos despide dándole la bienvenida a Agosto, a las vacaciones más que merecidas, y al descanso de tumbona y sombrilla sobre la arena de Fuengirola, y ya estoy preparando el hatillo con algunos libros, bien abandonados durante el invierno por haber leído otros, bien adquiridos "in situ" en los puestos que, a lo largo del paseo marítimo, me ofrecen una suculenta variedad. Y es que, os lo puedo asegurar, no existe, para mí, más placer que sentarme cerca del mar, mirando de vez en cuando hacia la orilla donde los niños hacen y deshacen castillos, mientras mi mujer toma el sol a mi lado y mi hija juega con sus juguetes, y abstraerme, ora en el agua, ora en las páginas, dejando mi mente tranquila y libre, a mis dedos recorrer suavemente las páginas, llenándose de ese olor a libro nuevo que tanto me gusta percibir, y que tantas cosas me transmite mientras vuelo, sin moverme, a todos esos mágicos lugares que se esconden en el interior de ese maravilloso invento que es un libro.

Cuando llegan las vacaciones, me acuerdo del progreso, de Gutemberg, de los escritores que me han forjado el intelecto, de ese profesor que me fomentó la lectura y la escritura, y que se enfadaba conmigo porque podía dar más de lo que daba. Me acuerdo de todos los que, alguna vez, me han regalado un libro, de lo que sea, y a todos les doy las gracias porque sin ellos, yo no estaría pensando, a finales de Julio, que ya mismo me voy a disfrutar de mi familia, del mar, y a leer...  

miércoles, 26 de julio de 2017

El milagro de la vida...


Tuvo a su hijo hace tiempo, tanto que ni se acuerda, puesto que los ocho años que lleva como madre borraron de la memoria los detalles de su bebé, que fue desapareciendo, poco a poco, a medida que estiraba los brazos y bostezaba al levantarse. Pasó de ser una "pelota" que se encogía cuando lo sacaba de la cuna, a un niño espabilado, inquieto, deportista y responsable, que ya mismo va a hacer la Primera Comunión.

Ella quiere otro, claro, como lo quiere su marido y su hermano, que hace años que se lo reclama, como si traer un niño al mundo fuera como echar a freír un huevo, y ella le dice que sí, que lo están buscando, que llegará, aunque por dentro está empezando a desaparecer la sonrisa, y la esperanza, amenaza con instalarse en otras vidas. Se lo dice su edad, y también el tiempo que le costó engendrar a Paulo, pasando los meses entre visitas al hospital, pruebas y palabras amables de los médicos que le decían que todo estaba normal, que todo tiene que seguir su curso, y que en cuanto dejara de agobiarse vendría...pero ella no estaba agobiada, sólo triste, y el curso de la vida aún tardó unos años más en permitir que la semilla germinara y su hijo viniese al mundo para llenar sus días. Pero ahora, todo vuelve a empezar, los meses se ríen de ella junto con el período que, letal, viene a regular su organismo y a taladrar su alma, mientras que su hijo crece sólo y ella no sabe qué pensar, porque el que la animaba, en todo, en esto ya no puede hacerlo, puesto que él también está triste, y enfadado. 

No es cuestión de no querer, es no poder...el estrés, el poco tiempo libre, el no verse, el hacer coincidir intimidades con ovulaciones, mirar el calendario para todo, el reloj para casi todo. Es cuestión de que la naturaleza ya ha hecho bastante, que ellos han sorteado todos los impedimentos posibles y, de alguna manera increíble, se conjugaron los astros un mes de Enero para traer la vida a su hogar en Octubre. Es cuestión de que ya no creen, que ya no confían, y que ya no esperan, y que el tiempo pasa inexorable y ya no son unos chiquillos como el que, resignado, le pregunta por su hermanito. Ella, abrazándolo, dejando caer sus lágrimas sobre el pelo que le acaricia suavemente, se aferra a él, e intenta no pensar en que crecerá sólo, al menos en los juegos de casa, porque fuera tiene amigos y primos que le hacen olvidar la necesidad que tiene de un colega, un cómplice, alguien a quien cuidar y a quien querer. Ella, al mirarlo, al recordar todo lo que pasaron para poder traerlo al mundo, se toca el vientre y comprende, con un puyazo en el alma, lo del milagro de la vida...

lunes, 24 de julio de 2017

Los amigos...


Los amigos no se encuentran en el "caralibro" (gracias Judit), que ahí tienes que purgar de vez en cuando para que el armario no huela a rancio, y salen moscas de él que miran tus cosas pero no te saludan por la calle, incomprensible, pero cierto, que diría mi madre. 

Ellos, los amigos, se cuentan, no sé si con los dedos de una mano, o con los de las dos, porque hay gente que tiene amigos de verdad y le faltan dedos para enumerarlos, usando incluso los de los pies, pero lo cierto es que se cuentan, como se cuentan las cosas verdaderas, esto es, sin necesidad de llamarlas. Un amigo, de esos que están contigo desde que la primera monja te tiró de las patillas, no va a hacer falta que le digas que algo te pasa, porque sólo con ver cómo llegas a la cita ya lo sabe. Y no pregunta, actúa, poniendo el parche antes de la herida y dando al traste con las nubes negras sobre el cielo raso de la existencia de cada uno.  A lo mejor no te llama todos los días, acaso no te felicita el cumpleaños, o pude que sólo lo veas una vez al año, en esa carambola de horarios obligada que os marcáis para despedir el año juntos, o cuando lo abrazas vestido de nazareno al salir vuestra hermandad a la calle. Un amigo no llama, viene directamente, se entera sin saber cómo, cuando las cosas se tuercen, y te brinda su mano para aguantar contigo el envite. Se alegra con tus triunfos y los proclama, se entristece con tu dolor y lo minimiza, te escucha y habla contigo, no de él, cuando lo ves en el mismo sitio de siempre o te lo encuentras por la calle. Puede que hayan pasado años sin verlo y cuando te lo encuentras de nuevo, es como si volvierais a tener la misma edad, y vivierais de nuevo en el viejo barrio.

Un amigo aparece en el estribillo de una canción cantada a coro, en el pasodoble de una comparsa en una plaza nocturna, en el pase de gol de una peña de los jueves, o en el penalty parado en unas semifinales. Aparece en un trampolín de una piscina extinta, tras el teléfono cuyo número no has olvidado, en un pupitre de un colegio de curas, en un dibujo de Semana Santa en la clase de don Emilio, o en partidos del trofeo promoción. Un amigo cena contigo en un bar de Almuñécar al darle una invitación, o te lleva a la boda, recordando juntos lo que os gustaba ver la Aurora por los grifos, en su coche azul, y nuevo. 

Los amigos están ahí, paseando por Granada con una cámara en la mano en un simulacro de examen, o vendiéndote un cd siempre con la misma sonrisa que tiene, por cierto, reflejos verdes. Están contigo cuando un capataz llama en esos pasos que compartís y colocándote una faja de esparto cualquier tar de Lunes. Ahí están, acordándose de ti cuando un conocido busca óptico, y pagando una cerveza al enseñarte una ecografía, o llevándote a la tienda un pregón porque saben que te gusta leer a los poetas. Los amigos no tienen sexo, y lo mismo te llevan a Motril en un viejo Corsa destartalado, que dejan su jura de bandera para irse contigo a vender gafas. 

Amigos, que se acuerdan del Santo de tus hijos, y de tus padres, que preguntan por tus hermanos cuando hace tiempo que no saben nada de ellos, a los que vas a buscarlos en Agosto a su casa y les enseñas a hacerse la ropa para su primer año de costalero, en lugar de ir esa tarde a la piscina. Amigos, que con sólo recordarlos ya te ríes, ya te emocionas, y que se enorgullecen, como yo, de tenerme en esa lista selecta en la que yo los tengo a ellos y donde sólo caben, ¡quién si no!, los amigos...

viernes, 21 de julio de 2017

estrecheces...

Son eso, zonas en las que no cabe un alfiler, ni el bigote de una gamba, por las que no entra ni el aire,...y todas las demás comparaciones que se nos vengan a la cabeza para definir aquellas zonas de nuestras hermosas ciudades en las que hay poco espacio para casi todo. 

Estrecheces hay en todos los sentidos de la vida, si no que se lo pregunten a aquél que tiene que sacar a cinco hijos adelante con el sueldo de un albañil, o ése que tiene que operar a corazón abierto y contrarreloj, con las manos enguantadas, mascarilla y rodeado de auxiliares, por no hablar del que tiene que conducir un camión de no sé cuántos ejes por las calles del centro de cualquiera de nuestras urbes.

A mí, las estrecheces que más me gustan suelen ser las más sufridas, esto es, aquéllas que se producen debajo de un paso en esos días en los que dejo de ser yo para ser ciudad, y me desvivo paseándola para encontrar los huecos justos por los que entra un misterio o un paso de palio. Yo tengo las mías propias, la "revirá" de Frailes de Jesús Despojado a los sones de las cornetas de Fígares, o la salida, al milímetro, del Santísimo Cristo de san Agustín, o la Esperanza en la penumbra de Baratillos. Pero hay más, que la Aurora ya sabéis por dónde baja, la Estrella ya sabéis por donde sale, la Concha ya sabéis lo que tiene que salvar al llegar a Zafra, y la cuadrilla de la Alhambra ya sabéis que se acuerda del Vino y de la Puerta, pero no quiero hablar de lo mío, que os lo sabéis de memoria. 

Hoy me quiero ir al Guadalquivir, que es un río muy cofrade, señores/as míos/as, pero no cuando deja su lento caudal discurrir por la bella Híspalis, sino, también, cuando lo hace bañando las lindes de la "romana y mora, Córdoba callada" parafraseando a Machado, que las estrecheces no son propias de una ciudad en Semana Santa, sino de todas, como bien muestra este vídeo que os muestro a continuación y que, encontré, gracias a Dios, una tarde de desidia laboral (vulgo aburrimiento), para enriquecer el patrimonio de imágenes cofrades que luego pongo en Agosto, o en Julio, qué más da.

Por suerte para nosotros, los andaluces ("que nos queremos como hermanos", como decía el gran yu-yu), en toda nuestra geografía podemos encontrar un sinfín de estrecheces para paladear con gusto el mejor sabor cofrade, como esta de la Calle san Zoilo en la ciudad de Córdoba, con el misterio de la hermandad de la Paz...disfruten...


miércoles, 19 de julio de 2017

El portón de los sustos...


Cada Martes Santo, te haces más chica...parece que no quieres dejar salir de tu interior a La Niña a la que custodias y salvaguardas, pétrea protección para la mirada más personal de esta Granada. Cada Martes Santo, a la hora exacta que marca el sol en la fachada, treinta hombres se arrodillan, desafiándote, como reza la sevillana cofrade, a fin de llevar a buen puerto la tarea, pesada por lo trascendental, de sacar a la calle a la Esperanza. Los muros se cierran, el capataz saca la mano izquierda para torear al natural, sin ayudas (que dirían los antiguos), a este "miura" de doce varales y terciopelo verde, al que Granada espera por cobijar a la Madre de Dios en esa advocación singular que es de todos, porque todos estamos necesitados de Ella. 

Cada Martes Santo, rodilla en tierra, compás acelarado, "llamás" justas, esfuerzo medido, voz certera, mandos prestos, los treinta corazones de faja verde y costal blanco, cumplen con la obligación de salvar la puerta, y que la de Risueño llene la ciudad de su aroma y de esa maravillosa calma que profesan los ojos de Nuestra Madre ante los cuales es imposible no rendirse, al menos una vez al año, cuando asoma la Reina de la Plaza Nueva por la puerta de santa Ana...



lunes, 17 de julio de 2017

Granada en cien fotos...


Granada es agua, lo avisa la Sierra Nevada con su blanca capa que, en el deshielo, nutre del líquido elemento a las lagunas adyacentes, y a los ríos que nacen cerca de ella. A la estación del Maitena llega su frescor para olvidar los rigores del caluroso verano granadino, y la Laguna de las moscas, Siete Lagunas, etc...sirven de espejo de los grandes picos que se asoman a sus aguas, limpias, frías y espectacularmente bellas.

Que Granada es agua también lo saben los pueblos famosos por sus fuentes, con aguas minerales de efectos curativos que, además, embotellan para mandar a media España siendo su logotipo el pico que se ve desde todas las partes de la ciudad que, si en Sevilla la Giralda se asoma desde cada una de sus calles al visitante, en Granada, la mole de la Sierra saca de su sopor al turista abstraído. Lanjarón y Pórtugos, entre otros, nutren sus fuentes con el agua de la blanca dama que representa a una Granada orgullosa de ella, que duerme bajo su ancestral amparo todos los días del año. 

El visitante debe saber, también, que el agua baja por la Alhambra en pequeños canales que llegan hasta la Plaza Nueva, por los que los niños granadinos echan las hojas secas del viejo castaño, jugando a que son barcos. El Generalife, cuenta por cientos las fuentes que lo personalizan, siendo éstas inmortalizadas en un sinfín de fotografías que nos dicen, desde su papel impreso, que Granada es agua, que baja "de la nieve al trigo", parafraseando al poeta que también representa a esta ciudad en la que los Reyes árabes dejaron un dechado de virtudes.  

Y así, desde el Darro al Genil, afluente principal del río más importante de Andalucía, el agua pasa por Granada hasta llegar a la costa, en la que siempre apetece echar el ancla, ya sea para disfrutar de la temperatura de su mar en verano, o para aliviarse del frío invernal de una ciudad que no tiene Otoño ni primavera, y que pasa del frío de Sierra Nevada al calor de Almuñécar, en apenas unos meses...ay, Granada, quién sabe si tanta agua, no son lágrimas de todo el que, como Boabdil, llora por dejarte en su partida...

viernes, 14 de julio de 2017

En el futuro...


Me he parado tantas veces a mirarte
y siempre lo he hecho con los ojos
de mis debilidades, mis antojos,
mis olvidos, mis ausencias, mis descartes.

Nunca pensé mirarte con los de ella,
los de éstos, los de aquéllos, los de antes,
con los ojos marchitos, vacilantes,
de los viejos que recuerdan una estrella.

Hoy cierro mis párpados, que pesan,
y te miro con los ojos, ya maduros,
de los padres que, llorándote, confiesan.

Hoy te miro con los suyos, y aseguro,
que al llevarte, de sus ojos, las promesas,
te sabré mirar mejor, en el futuro…

Fuente fotografía: archivo personal Miguel Gónzalez Murillo.





miércoles, 12 de julio de 2017

Me querrá, no me querrá...


Van cayendo las hojas de la margarita y, mientras caen, a esa velocidad que no podemos controlar, con ellas se van las esperanzas que pusimos en ese amor que no era, pero queríamos que fuese. Con ellas van pasando, también, aunque nosotros no lo veamos o no queramos verlo, los pocos "clavos ardiendo" que van quedando en las relaciones vacías, y que sus protagonistas, instalados en vete tú a saber qué algoritmo, mantienen así, sin plantearse que la vida es más que las cuatro paredes del trabajo y de la casa que se cae encima. 

Vamos pasando, pétalo a pétalo, los momentos vividos al lado de quiénes algún día nos quisieron, al lado de los que algún día quisimos, y con ellos se van las imágenes felices que hicieron navegar la nave con viento de popa, y esas otras que frenaron en seco nuestras ansias..."me querrá, no me querrá"...matrimonio, "me querrá, no me querrá"...hijos, "me querrá, no me querrá"...felicidad. La margarita no es más que una flor, pero nosotros siempre le hemos dado alas de pitonisa y demasiadas responsabilidades, dejando que sus blancos pétalos decidieran sobre si tal o cual nos iba a querer de por vida, o nos la iba a destrozar y, claro, luego viene el llanto y el crujir de dientes, cuando la vida pasa y la margarita no tiene la culpa de que un mal nacido no te valore, te maltrate (no físicamente, hay muchas maneras de hacerlo sin poner una mano encima) o que la mujer de tus sueños sea ahora la de tus pesadillas.

La vida la construimos nosotros, no deshaciendo margaritas, sino peldaño a peldaño, ladrillo a ladrillo, y deberíamos tener algo que nos avise de que el edificio se va a desmoronar a medio hacer, o que es mejor no empezar ni a construirlo. Quizá sí tenemos ese algo que nos avisa, pero lo vemos muy tarde, y de tan tarde no tiene remedio. Quizá los que tenemos la felicidad instalada en nuestras vidas no vemos que la margarita se ha deshojado ya para muchas personas de nuestro alrededor, y quizá esas personas necesitan que alguien le abra los ojos antes de tiempo...quizá la culpa la tienen los pétalos..."me querrá, no me querrá"...  

sábado, 8 de julio de 2017

esta "levantá" va...


Siempre que un paso sale a la calle, junto a él van muchísimas historias. Cada cual de los que lleva alrededor, debajo, o de los que están mirándolo desde fuera, depositan en la imagen que lo preside mucha esperanza, y eso lo reflejan los ojos de todos ellos, humedecidos mientras miran a la imagen, y con cada lágrima se va un recuerdo, que es un pregón húmedo para el que necesita de su favor. 

Da igual la fe diaria, las misas de domingo o los golpes de pecho, en esos besos volátiles que son las lágrimas de cada uno el Señor, o la Virgen, reciben la necesidad, el clavo ardiendo, la última bala cuando ya nada se puede hacer, salvo ponerse en manos de Ellos, aunque los enemigos de la religión digan que sólo son falacias, no pueden estar equivocados los que esperan en las calles que el paso avance para hablar con Ellos. 

Cuando un paso sale a la calle, el capataz empuña el martillo muchas veces, tantas cómo levantan los costaleros, y en ese momento de rabia contenida, de emoción a flor de piel, se pone al servicio de los que lo necesitan todo lo que llevan debajo los hombres que portan las imágenes, para que su esfuerzo acerque, más si cabe, cada una de esas necesidades que los humanos tenemos. Éstas, variopintas y dispares, como lo somos los que las tenemos, van puestas en cada palabra del capataz, en cada respuesta del patero, en cada envite de la cuadrilla y en las manos del Señor. Esos momentos son de una fe tal, de una entrega tal, que las piernas de los costaleros tiemblan, sus músculos se tensan, y su corazón se acelera, porque suelen ser momentos con los que ellos conectan, conectamos, ya que a todos, en mayor o menor medida, nos ha tocado alguna vez pasar por alguno de esos trances. Por eso, cada vez que el capataz toque un martillo, y le pida a "fulano" un poco de atención, o no irse al palo, esa "levantá" será especial, pondrá sobre la mesa sentimientos muy importantes, y exigirá la mayor concentración de los que están abajo, para que la oración, la petición, el favor, casi siempre en forma de salud, de bienvenida a un nuevo niño, o de despedida de un ser querido, llegue arriba de forma directa.  

Hoy es sábado, pero me ha amanecido Viernes, ¡al Cielo lo que es del Cielo!...esta "levantá" va...

miércoles, 5 de julio de 2017

El Hijo de la Esperanza...

Cuando se asoma a las calles
no necesita proclamas
que a nuestro Mejor Vecino
piropos no le hacen falta.

Él se aleja de los ruidos,
pues el silencio le basta,
mas, por injusta Sentencia,
lloran cornetas "romanas".

Él no tiene nuca prisa
por las calles sevillanas,
su cuadrilla, que lo sabe,
lo mece con elegancia

y así se adentra en las calles,
mecido por la constancia
de una cuadrilla de hombres
ora alta, ora baja,

que el nombre de su Señor
llevan, flotando, en sus andas,
en la mente todo un año
y, arriba, en su Madrugada.

Abran las puertas del Cielo,
vista Sevilla sus galas,
que están dictando Sentencia
al Hijo de la Esperanza...






lunes, 3 de julio de 2017

París...

                
                Anochece…las calles se van intuyendo como serpientes iluminadas por la luz de la luna, sigilosas y expectantes, antojándose cada punto de luz sobre su piel una bombilla de tungsteno en cualquier acera del boulevard. El sinfín de personajes que lleva consigo la noche salen de sus madrigueras como escondiéndose, temerosos del público vespertino, tan ligero de lengua como de libertinaje, mientras se dirigen a sus puntos de reunión, o de trabajo.

                París, de noche, es terreno de poetas sin musa que lloran lágrimas de tinta al amor que perdieron o que nunca encontraron. De pintores que sólo piensan en el amor, aunque éste sea propiedad de otro y ellos lo tengan alquilado por el irrisorio precio de una copa de vino al calor de una lámpara de gas. Terreno de cantantes de piano de bar, que es el único lugar en el que no se sienten solos. Terreno, en fin, de artistas que han hecho de los cafés de Montparnasse auténticos cuarteles generales en donde se libra la batalla del amor de pago y el champagne con sabor a derrota, batallas que nunca se ganan y que el amanecer sorprende…

                París es la ciudad de la luz, pero de una luz que se transforma en sus noches, reluciendo en las esquinas de Pigal, haciéndose lúgubre en la Isla de san Luis y casi mortecina en Mont Matre. La luz que ilumina París de noche es el auténtico motor de la ciudad, con sus noctámbulos de acera, sus borrachos cantando tristes melodías de Piaff, y mujeres de mala fama acusadas y traicionadas por los mismos que las solicitan, mientras su reputación se desvanece con el humo del cigarrillo que fuman.


                París,…romántica, culta, poética, mil veces dibujada y fotografiada, es imán para todo aquel con alma de bohemio, todo aquel que quiera hacer hablar a una vieja rolleiflex, revelando en cada carrete su vida misma, gota a gota, o componiendo música desde cualquier buhardilla de la señorial urbe, siendo cada nota del pentagrama un lamento desgarrado a su propia existencia…¡oh lá,lá París!, tu noche es triste y será triste, por mucho que tus artistas cuenten tu belleza, por mucho que nos digan lo que escondes bajo la tímida luz de farolas esquineras, por mucho que el lastimero discurrir del Sena nos hable de momentos que se fueron, siempre te faltará algo para ser completamente bella, porque sólo lo eres realmente en esos momentos en que dos enamorados se besan en tus parques, se cogen de la mano por tus calles o se fotografían en tus puentes y eso, París, es tan efímero, como el vaho que sale de sus respiraciones entrecortadas una mañana fría de tu cruel invierno…

Gracias por asomarte...

Gracias por asomarte...
donde se guardan las joyas...

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