viernes, 2 de junio de 2017

La calle de nuestros niños...

Yo tuve la mía, o las mías, que en mi bagaje de infancia cupieron aquella en la que vivía y esa otra en la que jugaba los fines de semana. Desde el balcón de casa, los negocios que dieran vida a la angosta calle que recibía el sol muy de mañana o de tarde, han ido cerrando, poco a poco, testimoniando la edad que ya empieza a cumplir y que va cambiado su fisonomía, si bien lo esencial no cambia, aunque sí lo hagan las personas que allí viven. Vieron mis andanzas infantiles las galerías abiertas entre los cimientos de los altos edificios en donde pasábamos las horas alejados del calor, y custodiados por las tiendas de siempre, que velaban por nuestra seguridad mientras despachaban a los clientes del barrio. Allí jugué a las chapas, haciendo carreras con las que le quitábamos a las botellas de cerveza y pegándoles en el dorso la imagen de los ciclistas de la época, Perico Delgado era el favorito, y que corrían empujadas por nuestros dedos a ras del suelo de nuestra vida. Los tapones de casera nos servían, también, para hacer equipos de fútbol que tenían que introducir un garbanzo entre las porterías hechas, las más veces, con pinzas de la ropa, aunque siempre había uno que tenía las de plástico y red, y que nos ocupaban las vacaciones, y los fines de semana. Todo se solucionaba con una llamada por teléfono de nuestra madre a la tienda de turno para que subiéramos a comer, y rápido salíamos corriendo. 

Mis amigos de la infancia, ay, distancia, son ahora padres de familia que se fueron del barrio, como yo, a buscar su vida fuera de sus muros, y a los que no veo casi nada merced a nuestros diferentes horarios, y mis juegos de niño se fueron borrando de sus paredes como se borran los rastros que dejaran nuestras bicicletas sobre el suelo recién mojado del portal. Claro, que la ley de vida cobra un precio muy alto, y ahora tengo otra calle que he hecho mía, aunque nada tiene que ver con la que tuve, y por la que voy en pos de los pasos de otras risas, otros juegos y otros vecinos. El tiempo, esa máquina inexorable de deconstrucción, se ha encargado de que, ahora, mis amigos de la infancia y yo hayamos hecho nuestra, como ayer hicieran nuestros padres, la calle de nuestros niños...

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