viernes, 30 de junio de 2017

de esa Granada perdida...


No era grande, aunque tampoco puedo decir que fuese pequeño, sobre todo si lo medimos con el metro de una mirada infantil, pero sí puedo asegurar que lo que estaba medido, y con precisión de relojero, era cada uno de los actos con los que se desenvolvía en esa pequeña porción de espacio libre que era el mostrador de su establecimiento. Era éste uno de esos de Domingo después de misa, con los zapatos limpios y el traje de chaqueta impoluto, como impolutas eran las maneras de este hombre, parco en el hablar y de ademanes extremadamente educados, con forma de rectángulo estrecho, barra a al izquierda y espejos por las paredes a fin de dar sensación de amplitud, así como aumentar la exigua iluminación. 

Todo relucía, no obstante, iluminado por el sol de mediodía que se colaba por la única puerta que se abría a la calle y que hacía las veces de escaparate, desde la que siempre se le podía ver afanado en sus mil tareas. Todo estaba como en una exposición, o por lo menos así lo recuerdo yo, ordenado todo en los limpios estantes, colocadas las cosas siempre en el mismo sitio, siempre de la misma forma, y casi me atrevería a decir que los parroquianos pedían siempre lo mismo sólo por ver la forma, repetida y constante, en la que el barman despachaba las comandas. Antes de servir, y de preguntarnos con extrema delicadeza qué íbamos a tomar, ya había sacado brillo a la porción de barra que nos tocaba por enésima vez en la mañana, la había secado con la balleta casi transparente de lo cuidada, y esperaba con paciencia a que acabáramos de cantar las consumiciones para ponerse manos a la obra, lenta, pausada y eficazmente, cosa que agradecíamos y que nos llevaba a ser de los fijos, al menos una vez a la semana, del establecimiento con brillo de cafetería de postín y sabor a bar de barrio.

Entre sus muchas especialidades, yo destaco la ensaladilla rusa con gambas, preparada al detalle, y con un sabor que, todavía hoy, guardo en el selecto paladar curtido a base de bares extintos, alejados del ruido del "lomo-alioli" y las tapas de pan y lechuga, tan frecuentes, por desgracia, en la actualidad granadina, donde la tapa no es gratis, por mucho que se empeñen algunos hosteleros. Allí se hacía todo con clase, a la antigua usanza, y clase tenía la barra, clase tenía el "atrezzo" de la obra, y clase tenía el protagonista, solista y estelar, un camarero ni grande ni pequeño, con el pelo igual de blanco que la camisa y la balleta, y que tenía el sobrenombre, no podía ser de otra manera, de "manoslimpias".

Efectivamente, estoy hablando del bar del hombre de las manos limpias, el desaparecido rincón de la calle Recogidas que, sin tanto coche por la calzada, y con bastante más sabor, respondía al nombre de "Capitol"...

"Cerveza para nosotros, coca-cola para el niño, y tres tapas de ensaladilla rusa, por favor..."  

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