lunes, 1 de mayo de 2017

Barco en botella...


No sé si alguna vez os habéis planteado cómo se siente un barco en una botella…cómo respira un navío que fue concebido para surcar los siete mares empujado sobre las olas por los vientos de cualquier lado, cuando lo destinan al dique seco de una acristalada cárcel desvalorizando su esencia…así, sin más, se mete un elefante por el ojo de una aguja, y el barco queda anclado, por mor del pegamento y la pericia del maquetista, relegado a ser mirado a través de una ventana estanca cortado el aire por el corcho que hermetiza todo y lo hace vano…

Así me siento yo, enclaustrado en una botella de grandes escaparates por los que el sol se cuela hasta cegar y sentado en blancas sillas en las que espero, desesperando, a que alguien se digne entrar a preguntarme, pero sin intención de escuchar lo que le digo. El barco soy yo, el alma libre es la mía, fotógrafa y poeta, hermetizada en la vana realidad de la bata blanca y el gabinete apagado. El alma de escritor venido a venos, que envidia a quien crea para conmover desde las letras y que sueña, soñar es gratis y reconforta, que sus inquietudes hagan sentir al que pase las páginas, embriagándose del olor a nuevo y de lo que le descubren, siempre de manera distinta, los párrafos manuscritos. El alma de fotógrafo romántico, también es la mía, que ansía, por donde va, que sus fotos le cuenten a alguien todo lo que siente, sin decirlo, y que apenas inmortaliza mentalmente infinitas escenas, relegado a despachar anteojos sin amor propio ni orgullo por lo que hace, que éste hace tiempo que lo mermaron las compañías de saldo y redes no tejidas, pero que lo acepta y agradece porque de lo que le apasiona no se come, y de lo que se come…ya se sabe.

La bata me ahoga, me asfixian las paredes blancas, en los cristales de las gafas sólo se refleja mi hastío y mi cámara espera mejores momentos encerrada, como el barco, en el estuche donde convive con los objetivos, como el arpa de Gustavo, a esa "mano de nieve" salvadora, que la saque de su olvido. La profesión hace tiempo que dejó de aportar algo nuevo para mí, mientras que mi currículum se engorda con cursos de reciclaje inservibles y obligados y algunos años de experiencia, aletargando mi pluma, que se resiste, no obstante, como mi mente, que siempre urde algo para dejar volar mi mano sobre el blanco papel que tan bien me entiende…

La palabra que mejor me define es mediocridad, uno más de los infelices que, a diario, se sumergen en el océano de la labor profesional para traer el pan a la mesa de su familia, sacrificando con ello aquello que le da la vida, y que sólo recupera, muy de vez en cuando, cuando el cansancio del oficio con beneficio le recuerda que tiene alma, que tiene vida, y que ésta todavía le va a brindar muchos momentos que inmortalizar, aunque tenga que ser mentalmente, y a destiempo, mientras pasan los años y el polvo, inexorable, tornando a gris el barco en botella...

Fuente fotografía: La vida cotidiana
 



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