miércoles, 29 de marzo de 2017

el nombre de mi abuelo...

Todos queremos a los abuelos, el que más o el que menos tiene infinidad de cosas que contar acerca de ellos y, cuando te faltan, el dolor por su ausencia ya se queda para siempre contigo, casi igual que su memoria.

Yo sólo tuve ocasión de conocer a mis abuelos maternos, ya que los paternos ya faltaban cuando mis padres se casaron, por lo que sé de ellos apenas sus nombres y poco más que alguna que otra cosa que me ha contado mi padre, y de los maternos, sólo mi abuela convivió conmigo el tiempo suficiente para que, aún hoy, siga echándola de menos. No obstante, mi abuelo materno, cuyo nombre es uno de esos que se lleva en la familia con responsabilidad, ha estado siempre presente en nuestras cosas, no sólo por conocerlo, aunque se fuera siendo yo muy niño, sino porque su recuerdo permanecía en casa de mi abuela, entre sus papeles, en su despacho, en sus cajas de puros, y en el sillón desde el que lo observaba todo a través de sus gafas de metal dorado. Hombre de leyes, militar, y político, mi abuelo fue una de esas personas que viven tanto, hacen tantas cosas, que pasados muchos años, aún sigue su nombre saliendo a relucir gracias a una familia que te lo recuerda, por sus actos, por sus palabras, y por lo que él hizo en vida para que esa familia, entre otras, tuviera más comodidades, siempre desde sus posibilidades. Su labor política, tuvo lugar en una época en la que, en Granada, los alcaldes, si era necesario, pagaban cosas de su bolsillo, siempre por y para su ciudad, y se iban de los cargos dejando las cuentas saneadas, por lo poco que había en ellas, y multitud de obras realizadas. Esa labor, le permitió a mi abuelo pisar las cortes, por ejemplo, pero también estar presente en las grandes obras que la Diputación de Granada emprendía para la provincia, y que en no pocas ocasiones perviven en la actualidad. El pantano del cubillas, la reubicación de niños tras los terremotos que sacudieron Granada, la red eléctrica y el agua potable para numerosísimos pueblos del cinturón metropolitano, y más alejados también, además de la suerte de poder departir con ilustres personalidades de la época, como los reyes de Jordania en su visita a la ciudad, hacía de mi abuelo una persona interesante de conocer y, a juzgar por lo que de él me han hablado personas de fuera del ámbito familiar, también de tratar. 

A mí me hubiera gustado eso precisamente, haberlo tenido más conmigo, para poder haberme sentado a escuchar la de historias del ejército que tendría para contar, o las derivadas de su época de profesor en la academia general militar, o las de Baeza, su pueblo natal, entre otras, y haber podido disfrutar, de adolescente, lo mismo que pude hacerlo de mi abuela, su esposa, pero la vida no siempre es como uno quiere, y sí como a ella le parece.

El caso es que, por suerte para mí, cuento con mi madre y mis tíos para que me sigan hablando de él y, aún sin que nadie lo haga, parece que él se encarga de hacerme saber que está ahí, de alguna manera, en mis cosas diarias, como demuestra el hecho de estar revisando fichas de clientes en el ordenador del trabajo y, de pronto, una persona, resulta que vive en una plaza de un pueblo granadino que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue llevando el nombre de mi abuelo...

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