lunes, 14 de agosto de 2017

háblame...


Háblame, con el acento que nos diferencia, de esos momentos que, de tantas maneras, te han llenado el alma y el cuerpo. De esa vez que nos conocimos, en un Albaycín frío, cuando las cornetas de Fígares lloraban sus metálicas notas a los pies de la Aurora, o de la primera vez que, en penumbras, le viste la cara a la Virgen de la cara bonita. 

Háblame, en un intento de acopiar tantos instantes, hermosos y emocionantes, de todas esas cosas que yo no he podido vivir, de tu infancia en Sevilla, de lo que es trabajar a las órdenes de Ismael, de Mariano, de los Palacios, Los Ariza, de Loreto, y de "Pocholo", que el barrio te engrandece porque sabe a pastel de Osuna y a un Moreno que todo lo puede. Háblame, y si no puedes traga saliva, y vuelve al principio, para contarme lo que es acudir a una clase de poesía cada vez que Luis cogía el martillo, le hablaba a los suyos, y tú lo escuchabas todo sosteniendo tu cirial. O de cuando le dijiste "sí,quiero" a esa morena que canta que te quita "to er sentío", a los pies de Ésa que da nombre a un querubín de mirada azul e imposibles rizos, y la bandera pirata ondeó en la celebración dejando claro que siempre serás de la "Perla".

Háblame del fresco de Madrugada cuando la Sentencia hiere el cuello de los hombres buenos y su Madre se duerme a los sones de "Madrugá Macarena", y los "suspiros de España" son los tuyos también, que la llevaste...porque de eso, de lo que es llevarla, no vas a poder hablarme porque te emocionas al hacerlo. O de cuando tu hija se bautizó en el Quema tirándose literalmente de cabeza, o cuando su madre le cantó al cruzarlo...

Yo, sí quieres, te hablo de otras cosas, ésas que no sabes, de mi infancia en Granada, lo que es llevar a Dios por las calles un Jueves de Corpus, del Mayor Dolor revirando a los mandos de nuestro amigo, y de un palio en silencio por la oscuridad de san Antón. Te hablo de Cristos que se recogen mirando la Alhambra, y de palios que bajan cuestas a hombros de costaleros que, eso sí lo sabes, ya molesta subirlas a pie, y te hablo de una niña que tiene "titos" en Sevilla, y de que a veces creo ver la Giralda al asomarme por la Torre de la Vela. Te hablo de Vírgenes de Gloria por la Alhambra, y de un batallón de costaleros para una Esperanza, que es tu Esperanza pero con distinto manto.  Háblame, que me debes una entrada en esta página, y asómate a la ventana, que quiero seguir viendo Sevilla a través de lo que cuentas...Un abrazo, yo ya no puedo hablar más...

viernes, 11 de agosto de 2017

En el mantel...

Mi abuela, orgullosa granadina ella, me enseñó a ver a la Esperanza con los ojos de una anciana que recordaba sus tiempos felices en las casas de plaza Nueva, cuando el frío era frío de verdad y se colaba por los desvencijados muros de las viviendas sin agua caliente, y en las que un brasero de picón calentaba la estancia el mismo tiempo que tardabas en acostarte. 

He aprendido, desde el moderno barrio de Fígares, a querer a la Esperanza como la quieren los que viven junto a Ella, los que se levantan mirando la torre mudéjar de Santa Ana, y a los que el sol les anuncia el día donde el Darro se esconde para siempre. He aprendido a verla en cada revuelta de mis sueños, en cada esquina, y a añorarla cuando mis pasos me llevan lejos de Ella, por los motivos que sean. 

Mi abuela no entendió nunca que mi hermano y yo nos pasáramos las tardes de los viernes viendo vídeos de la Semana Santa hispalense, estando en Granada la Esperanza y es que, para ella, nunca hubo otra Virgen que la de Risueño, por eso quiero yo a la Esperanza de esta forma, anteponiéndola al resto, porque las demás tenían “cara de modernas” y llamándola Madre mucho antes de saber lo que eso significaba. Yo quiero a la Esperanza como ella y, al mirarla, veo sus ojos verdes que tantas veces me hablaron de la de Santa Ana, mirándome, dejando en cada mirada mil besos, su cariño y su protección, y ahora, desde esa casa de Plaza Nueva en la Granada del cielo, me sigue hablando de su tierra, y su Esperanza…   

       
        Durante mi niñez y adolescencia
tu casa fue el cuartel de mis desvelos
allí las tropelías de bribonzuelo
se trataban con más condescencendia.

La ley y lo castrense de mi abuelo
su cariño y su amor sin estridencias,
tu mano en mi cabeza, mi imprudencia,
tu abrazo, tu perdón y mi consuelo…

      Recuerdos de pasillos con retratos,
y un balcón con macetas a tropel,
una jaula con canarios y algún gato…

Tu voz, al preguntar tras el dintel,
la Esperanza, Plaza Nueva, tus relatos
y un café, "cargadito", en el mantel…



miércoles, 9 de agosto de 2017

Por san Bernardo...

La muerte, en andaluz, se viste de torero
un miércoles, azul, de Primavera
paseíllo de esparteñas costaleras,
que recorren, obedientes, el albero.

La muerte acecha la puerta de chiqueros
que ella nunca falla, y es certera,
mas cuidan sus costales que no hieran
los clavos, las heridas, y el madero.

El Refugio, ante la muerte desabrida
es una mujer con ojos pardos
cuyo amor irrumpe en estampida.

Aleja a la muerte, sin retardo,
se suspende, en la plaza, la corrida,
y ya todo es Salud, por san Bernardo.


lunes, 7 de agosto de 2017

El gran olvidado...

Esta mañana quiero romper una lanza en favor de esas playas por las que nadan mis veinte años, y aprenden a hacerlo mis dos, que han pasado de ser solares, con absolutamente nada, a salpicar la pared de la montaña de bloques de pisos, y en las que aún quedan zonas a las que se puede ir tranquilo, si quieres huir de la masificación de sombrillas y tipos "ahora es cuando se está bien aquí"

Quiero hablarle a esas profundidades, a perder el pie nada más entrar al mar, a la temperatura que te refresca, que te da un pellizco cuando te metes pero te atempera el cuerpo, no a esas de kilómetros de arena en las que no puedes nadar y sólo andas, y su agua templada no ayuda con el calor de los estíos. Quiero piropearte a ti, litoral de roca pura y dura, de pueblos hechos a partir del monte, de "Casa Paco" y "Tito Yayo", de Góndolas y plazas del Choco, pero también a esa que tiene forma de Herradura, a La Mamola, Castell y la Rijana, y a todas aquellas que la gente sólo conoce de ver su nombre en los paneles de las salidas de autovía, sin haberse atrevido a echar el intermitente y sorprenderse. 

Playas de verano granadino, potente y maleducado, que asola al veraneante y lo hacer hervir, literalmente, salvo cuando se sumerge en sus limpias aguas, pero de un invierno agradable y hospitalario, que invita a recorrer sus "callecillas" al mediodía, y a sentarse en sus terrazas con una cerveza fresquita y nombre de monumento. De una primavera única, con una Semana Santa diferente y unas tradiciones arraigadas en su solar, como lo están las casas al mar que ha alimentado a sus pescadores durante siglos, no olvidemos que los fenicios ya la quisieron para sí, hace muchísimos años. 

El Muerto, Cotobro, Tesorillo, son nombres que sólo a los granadinos nos dicen algo, como le dice cada año su Virgen del Carmen a los Marinos, ya que para el orbe andaluz no hay más playas que las de Almería, Málaga, Cádiz y Huelva, siendo las granadinas las completas desconocidas, quizá porque la autovía ha sido un desastre de construcción con el que han jugado gobiernos y gobiernos, dejando en la pobreza al puerto motrileño, a una hora de la Alhambra, que nunca ha llegado a desarrollarse plenamente pudiendo haber sido la riqueza de la ciudad. El turismo, casi en su totalidad, huye de Granada si busca el mar, pero ya le digo yo que se equivoca, que aunque las banderas azules prefieran a sus hermanas mayores, las playas granadinas invitan al descanso, a disfrutar del submarinismo, del tiempo libre y de sus maravillosas aguas, con una amplia variedad de sitios desde una punta a otra de su litoral que, al menos hoy, en esta página de fondo verde, dejará de ser el gran olvidado... 


sábado, 5 de agosto de 2017

Sábado...


Es Sábado, un día que, no sé porque, mi subconsciente que tilda todo, que clasifica todo, colorea de color azul, acaso porque el azul es el color del cielo raso, que invita a pasear, y el del mar, que invita a todo. 

Llega el final de la semana para todo guerrero, toda persona que, de lunes a viernes, se entrega a la vorágine de su actividad laboral, con la mirada puesta en él, como uno resquicio por el que escapar a la libertad, y le huele a aire fresco, y a tiempo libre. Comienzo de la jornada para todos aquellos que trabajan los fines de semana, o un día como otro para los que lo hacen de lunes a Sábado, aunque a éstos ya les parece distinto ante la proximidad del domingo. 

Los Sábados, me gustaría que fuesen completos, días de cámara fotográfica y motocicleta, carretera hacia el sur y al salitre, "viento de cara" de Supersubmarina, olor a gasolina y el rugido del motor como banda sonora. Curvas a un lado y a otro, carretera de montaña, que las autovías perdieron todo el encanto nada más empezar a construirlas, parada en este o aquel bar, descanso y vuelta al camino. 

La moto es un elemento que se me está quedando olvidado en su cárcel de paredes blancas y línea roja, desde la que me mira solitaria, triste y un poco sucia, mientras yo me afano en mi rutina y no le dedico ni un minuto. Siempre quise tener una moto más grande, más robusta, pero la que tengo me ha acompañado en tantas ocasiones, son tantas las cosas que hemos hecho juntos, que me duele su olvido y mi desidia, aunque no hago mucho por remediarlo, todo lo más sacarla para ir al trabajo de vez en cuando, y que sus piezas no se pudran en la soledad del garaje. echo de menos llevarla todos los día, bajarla a la costa cada fin de semana, disfrutar de ella como antes, pero las cosas imponen su razón y la nuestra, por desgracia, debe ceder ante los nuevos impulsos. 

Puede que algún día recupere esa otra parte de mí, esa que siempre vuelve los ojos cuando el "ruido" de un motor se escucha des lejos, la que saluda, al volante, a los que , sobre dos ruedas, cubren kilómetros de asfalto, la que se ajusta la chupa y los guantes, acciona la llave y vive el momento. Puede que algún día me sorprenda a mí mismo y la arranque, la deje ronronear durante un "ratito", y meta primera para salir de ruta por los viejos tiempos, con esos amigos que me insisten y a los que siempre le pongo excusas, y sentir de nuevo la paz que da la carretera, aunque ya nada sea igual, y todo quede muy lejos...algún día, quizá, volveré a ella, y todo será, de nuevo, como cualquier sábado...  

miércoles, 2 de agosto de 2017

el camino...


...Sí, pero no el de baldosas amarillas que Lyman Frank Baum nos sugiriera en el maravillosos mago de Oz, sino el camino por el que discurrimos y que nos lleva, irremediablemente, hacia un destino incierto y, esto es lo más grave, con daños colaterales.

Nosotros, y cuando digo nosotros me estoy refiriendo a todo hijo de vecino, nos afanamos en vivir una vida que nos ha sido otorgada, merced a la labor de nuestros padres, para usarla sin alterar su curso en modo alguno. Mi abuela decía que "casamiento y mortaja, del Cielo baja" que viene a ser lo mismo que todo está dispuesto y poco más hay que hacer, por lo que todo, absolutamente todo lo que nos pasa, nos ha pasado y nos pasará, debe estar escrito en algún sitio con los renglones torcidos de Dios, y ahí es adónde quiero ir yo...

Llevo cuatro años para cinco velando porque una niña pequeña crezca feliz, inculcándole, no sin notable esfuerzo, los valores que me marcaron a mí, intentando que sea buena, noble, y que su educación diga más que sus palabras, situándola en el principio de un camino que recorreremos juntos hasta que mi Esperanza quiera, y que debe ser un camino recto, para que así sea su modo de comportarse. Intento explicarle que la gente es buena, que le va a ayudar si tiene un problema, que le tenderá la mano siempre y que actuarán con ella, igual que ella actúe con ellos, e intento criarla en un ambiente de amor y respeto, de comprensión y afecto sin límites, aunque, a veces, sus actos me lleven hasta ellos, si bien nunca los sobrepaso, y lo hago porque necesito creer en ello, aunque la realidad es que, a veces, eso no ocurre ni entre los miembros de una misma familia, así que menos sucederá entre extraños.

Por las noches, después de leerle su cuento, que es uno de los momentos que ella espera con más ansia, la dejo en su cama abrazada a su peluche y me invade una profunda pena al ver su sonrisa plácida y tranquila, rendida al sueño y a la seguridad que yo le proporciono y que, en su pequeño mundo de juegos y risas, es la más grande de todas. Me invade una pena enorme porque leo barbaridades en las redes sociales de energúmenos que no merecen llamarse humanos, porque veo a diario en la televisión cómo el género "humano" se destroza a sí mismo, cómo los dirigentes de algunos países dejan morir de hambre a sus conciudadanos agarrados al poder que les ciega y los deshumaniza; siento miedo cuando veo que cualquier persona puede entrar con una mochila y hacer saltar todo por los aires y me aterra pensar que algún desalmado pueda acabar con esto tan bonito que tenemos en casa, y que tenéis en casa. Me apena ver cómo, en mi país, no se ha enterrado el hacha que provocó una guerra civil desastrosa y que los políticos están empeñados en que vuelva a producirse, y me preocupa el no saber quién vive a mi lado, y qué se esconde tras su sonrisa al saludarme. 

Cuando me encuentro, con tantísima frecuencia, tantas masacres en tantos sitios, tanta gente desamparada por las guerras y tanto amor tirado por el suelo bajo unos escombros, tan inerte como las víctimas de atentados suicidas; cuando veo la profunda falta de moral en los que nos dirigen, tanto abuso a menores y tanto odio, tanta falta de actos altruistas y tan poca ayuda a los que sí los llevan a cabo, me invade una profunda tristeza, un terrible miedo, y abrazo a mi pequeña y a su peluche prometiéndole que haré todo lo que esté en mi mano con tal de que siga creyendo en la felicidad, en la bondad de la gente, que crezca feliz y ajena a las atrocidades que se producen a su alrededor, y le pido a la Esperanza que me dé fuerzas para mostrarle el camino...
 

lunes, 31 de julio de 2017

Tívoli...


Nunca he ido. No por nada en especial, sino porque no soy yo muy amigo de parques de atracciones, ferias y "cacharritos", y sólo sé de él lo que leo al pasar hacia la playa en la carretera, la "cancioncilla" con la que se anuncia en la radio, o lo que me cuentan mi esposa y mi cuñada que, de niñas, fueron muchas veces durante sus vacaciones estivales en Fuengirola. 

Nunca he ido, pero le tengo cariño. Su nombre me despierta una alegría que sale de dentro, no sólo por recordarme al verano, las vacaciones y el mar malagueño al que me estoy acostumbrando a fuerza de ir con mi mujer, sino porque su nombre lo pronuncia mi hija con su "vocecilla" de cuatro años, embadurnada de arena, sentada con su gorra a la orilla del mismo mediterráneo,  pero tan distante y distinto al de mi infancia. 

Ella se está haciendo al mar en la Costa del Sol, yo me hice en la Tropical, curtiendo mis pies las rocas de unas playas limpias, transparentes y frías, mientras que los suyos se queman con la arena de otras playas, y el olor a espeto es diferente aún siendo el mismo pescado el que se asa en las barcas. Nada es igual, ni siquiera parecido, y mientras mis recuerdos me llevan a "Las Góndolas" donde las fotos familiares me muestran que yo aprendí a andar allí, mi hija se suelta a nadar en una playa donde casi siempre haces pie y la temperatura del agua hace gala al nombre de la costa. 

Ya mismo estaré allí, otro mes de Agosto más, jugando con ella a lo que su mente ingenie, llevándola al tiovivo a montarse por la noche, y bañándome hasta quedar arrugado sólo por verla disfrutar del mar, y de mi compañía, de la que tanto carece durante el año. Mas, cuando el tiempo pase y mi pequeña se haga mayor, quizá desde otra playa más mía, quizá jubilado, cuando vea un avión recorrer el cielo azul del litoral con una pancarta de propaganda colgada, me acordaré, no sin nostalgia, de ese centro de atracciones malagueño, y de esa "vocecita" que, señalando con el dedo la avioneta, reclama mi atención diciendo:  "mira papi, el Tívoli"... 

viernes, 28 de julio de 2017

leer...


Se está marchando el mes de Julio, ya la "Carmelilla" sevillana de san Gil salió para sonreír a su barrio antiguo, y el Perchel malagueño disfrutó con esa otra "Carmelilla" que es un rosa en el jardín de esa ciudad cuyo sol es la envidia del andaluz. 

Se va Julio, como digo, y el calor ya está haciendo mella, desde hace tiempo, en nuestros cuerpos que a duras penas consiguen zafarse de su efecto durante el día, y que se rinden a la evidencia de la noche, de dar vueltas en las sábanas y de no encontrar la postura de ninguna manera alcanzable. Julio nos despide dándole la bienvenida a Agosto, a las vacaciones más que merecidas, y al descanso de tumbona y sombrilla sobre la arena de Fuengirola, y ya estoy preparando el hatillo con algunos libros, bien abandonados durante el invierno por haber leído otros, bien adquiridos "in situ" en los puestos que, a lo largo del paseo marítimo, me ofrecen una suculenta variedad. Y es que, os lo puedo asegurar, no existe, para mí, más placer que sentarme cerca del mar, mirando de vez en cuando hacia la orilla donde los niños hacen y deshacen castillos, mientras mi mujer toma el sol a mi lado y mi hija juega con sus juguetes, y abstraerme, ora en el agua, ora en las páginas, dejando mi mente tranquila y libre, a mis dedos recorrer suavemente las páginas, llenándose de ese olor a libro nuevo que tanto me gusta percibir, y que tantas cosas me transmite mientras vuelo, sin moverme, a todos esos mágicos lugares que se esconden en el interior de ese maravilloso invento que es un libro.

Cuando llegan las vacaciones, me acuerdo del progreso, de Gutemberg, de los escritores que me han forjado el intelecto, de ese profesor que me fomentó la lectura y la escritura, y que se enfadaba conmigo porque podía dar más de lo que daba. Me acuerdo de todos los que, alguna vez, me han regalado un libro, de lo que sea, y a todos les doy las gracias porque sin ellos, yo no estaría pensando, a finales de Julio, que ya mismo me voy a disfrutar de mi familia, del mar, y a leer...  

miércoles, 26 de julio de 2017

El milagro de la vida...


Tuvo a su hijo hace tiempo, tanto que ni se acuerda, puesto que los ocho años que lleva como madre borraron de la memoria los detalles de su bebé, que fue desapareciendo, poco a poco, a medida que estiraba los brazos y bostezaba al levantarse. Pasó de ser una "pelota" que se encogía cuando lo sacaba de la cuna, a un niño espabilado, inquieto, deportista y responsable, que ya mismo va a hacer la Primera Comunión.

Ella quiere otro, claro, como lo quiere su marido y su hermano, que hace años que se lo reclama, como si traer un niño al mundo fuera como echar a freír un huevo, y ella le dice que sí, que lo están buscando, que llegará, aunque por dentro está empezando a desaparecer la sonrisa, y la esperanza, amenaza con instalarse en otras vidas. Se lo dice su edad, y también el tiempo que le costó engendrar a Paulo, pasando los meses entre visitas al hospital, pruebas y palabras amables de los médicos que le decían que todo estaba normal, que todo tiene que seguir su curso, y que en cuanto dejara de agobiarse vendría...pero ella no estaba agobiada, sólo triste, y el curso de la vida aún tardó unos años más en permitir que la semilla germinara y su hijo viniese al mundo para llenar sus días. Pero ahora, todo vuelve a empezar, los meses se ríen de ella junto con el período que, letal, viene a regular su organismo y a taladrar su alma, mientras que su hijo crece sólo y ella no sabe qué pensar, porque el que la animaba, en todo, en esto ya no puede hacerlo, puesto que él también está triste, y enfadado. 

No es cuestión de no querer, es no poder...el estrés, el poco tiempo libre, el no verse, el hacer coincidir intimidades con ovulaciones, mirar el calendario para todo, el reloj para casi todo. Es cuestión de que la naturaleza ya ha hecho bastante, que ellos han sorteado todos los impedimentos posibles y, de alguna manera increíble, se conjugaron los astros un mes de Enero para traer la vida a su hogar en Octubre. Es cuestión de que ya no creen, que ya no confían, y que ya no esperan, y que el tiempo pasa inexorable y ya no son unos chiquillos como el que, resignado, le pregunta por su hermanito. Ella, abrazándolo, dejando caer sus lágrimas sobre el pelo que le acaricia suavemente, se aferra a él, e intenta no pensar en que crecerá sólo, al menos en los juegos de casa, porque fuera tiene amigos y primos que le hacen olvidar la necesidad que tiene de un colega, un cómplice, alguien a quien cuidar y a quien querer. Ella, al mirarlo, al recordar todo lo que pasaron para poder traerlo al mundo, se toca el vientre y comprende, con un puyazo en el alma, lo del milagro de la vida...

lunes, 24 de julio de 2017

Los amigos...


Los amigos no se encuentran en el "caralibro" (gracias Judit), que ahí tienes que purgar de vez en cuando para que el armario no huela a rancio, y salen moscas de él que miran tus cosas pero no te saludan por la calle, incomprensible, pero cierto, que diría mi madre. 

Ellos, los amigos, se cuentan, no sé si con los dedos de una mano, o con los de las dos, porque hay gente que tiene amigos de verdad y le faltan dedos para enumerarlos, usando incluso los de los pies, pero lo cierto es que se cuentan, como se cuentan las cosas verdaderas, esto es, sin necesidad de llamarlas. Un amigo, de esos que están contigo desde que la primera monja te tiró de las patillas, no va a hacer falta que le digas que algo te pasa, porque sólo con ver cómo llegas a la cita ya lo sabe. Y no pregunta, actúa, poniendo el parche antes de la herida y dando al traste con las nubes negras sobre el cielo raso de la existencia de cada uno.  A lo mejor no te llama todos los días, acaso no te felicita el cumpleaños, o pude que sólo lo veas una vez al año, en esa carambola de horarios obligada que os marcáis para despedir el año juntos, o cuando lo abrazas vestido de nazareno al salir vuestra hermandad a la calle. Un amigo no llama, viene directamente, se entera sin saber cómo, cuando las cosas se tuercen, y te brinda su mano para aguantar contigo el envite. Se alegra con tus triunfos y los proclama, se entristece con tu dolor y lo minimiza, te escucha y habla contigo, no de él, cuando lo ves en el mismo sitio de siempre o te lo encuentras por la calle. Puede que hayan pasado años sin verlo y cuando te lo encuentras de nuevo, es como si volvierais a tener la misma edad, y vivierais de nuevo en el viejo barrio.

Un amigo aparece en el estribillo de una canción cantada a coro, en el pasodoble de una comparsa en una plaza nocturna, en el pase de gol de una peña de los jueves, o en el penalty parado en unas semifinales. Aparece en un trampolín de una piscina extinta, tras el teléfono cuyo número no has olvidado, en un pupitre de un colegio de curas, en un dibujo de Semana Santa en la clase de don Emilio, o en partidos del trofeo promoción. Un amigo cena contigo en un bar de Almuñécar al darle una invitación, o te lleva a la boda, recordando juntos lo que os gustaba ver la Aurora por los grifos, en su coche azul, y nuevo. 

Los amigos están ahí, paseando por Granada con una cámara en la mano en un simulacro de examen, o vendiéndote un cd siempre con la misma sonrisa que tiene, por cierto, reflejos verdes. Están contigo cuando un capataz llama en esos pasos que compartís y colocándote una faja de esparto cualquier tar de Lunes. Ahí están, acordándose de ti cuando un conocido busca óptico, y pagando una cerveza al enseñarte una ecografía, o llevándote a la tienda un pregón porque saben que te gusta leer a los poetas. Los amigos no tienen sexo, y lo mismo te llevan a Motril en un viejo Corsa destartalado, que dejan su jura de bandera para irse contigo a vender gafas. 

Amigos, que se acuerdan del Santo de tus hijos, y de tus padres, que preguntan por tus hermanos cuando hace tiempo que no saben nada de ellos, a los que vas a buscarlos en Agosto a su casa y les enseñas a hacerse la ropa para su primer año de costalero, en lugar de ir esa tarde a la piscina. Amigos, que con sólo recordarlos ya te ríes, ya te emocionas, y que se enorgullecen, como yo, de tenerme en esa lista selecta en la que yo los tengo a ellos y donde sólo caben, ¡quién si no!, los amigos...

viernes, 21 de julio de 2017

estrecheces...

Son eso, zonas en las que no cabe un alfiler, ni el bigote de una gamba, por las que no entra ni el aire,...y todas las demás comparaciones que se nos vengan a la cabeza para definir aquellas zonas de nuestras hermosas ciudades en las que hay poco espacio para casi todo. 

Estrecheces hay en todos los sentidos de la vida, si no que se lo pregunten a aquél que tiene que sacar a cinco hijos adelante con el sueldo de un albañil, o ése que tiene que operar a corazón abierto y contrarreloj, con las manos enguantadas, mascarilla y rodeado de auxiliares, por no hablar del que tiene que conducir un camión de no sé cuántos ejes por las calles del centro de cualquiera de nuestras urbes.

A mí, las estrecheces que más me gustan suelen ser las más sufridas, esto es, aquéllas que se producen debajo de un paso en esos días en los que dejo de ser yo para ser ciudad, y me desvivo paseándola para encontrar los huecos justos por los que entra un misterio o un paso de palio. Yo tengo las mías propias, la "revirá" de Frailes de Jesús Despojado a los sones de las cornetas de Fígares, o la salida, al milímetro, del Santísimo Cristo de san Agustín, o la Esperanza en la penumbra de Baratillos. Pero hay más, que la Aurora ya sabéis por dónde baja, la Estrella ya sabéis por donde sale, la Concha ya sabéis lo que tiene que salvar al llegar a Zafra, y la cuadrilla de la Alhambra ya sabéis que se acuerda del Vino y de la Puerta, pero no quiero hablar de lo mío, que os lo sabéis de memoria. 

Hoy me quiero ir al Guadalquivir, que es un río muy cofrade, señores/as míos/as, pero no cuando deja su lento caudal discurrir por la bella Híspalis, sino, también, cuando lo hace bañando las lindes de la "romana y mora, Córdoba callada" parafraseando a Machado, que las estrecheces no son propias de una ciudad en Semana Santa, sino de todas, como bien muestra este vídeo que os muestro a continuación y que, encontré, gracias a Dios, una tarde de desidia laboral (vulgo aburrimiento), para enriquecer el patrimonio de imágenes cofrades que luego pongo en Agosto, o en Julio, qué más da.

Por suerte para nosotros, los andaluces ("que nos queremos como hermanos", como decía el gran yu-yu), en toda nuestra geografía podemos encontrar un sinfín de estrecheces para paladear con gusto el mejor sabor cofrade, como esta de la Calle san Zoilo en la ciudad de Córdoba, con el misterio de la hermandad de la Paz...disfruten...


miércoles, 19 de julio de 2017

El portón de los sustos...


Cada Martes Santo, te haces más chica...parece que no quieres dejar salir de tu interior a La Niña a la que custodias y salvaguardas, pétrea protección para la mirada más personal de esta Granada. Cada Martes Santo, a la hora exacta que marca el sol en la fachada, treinta hombres se arrodillan, desafiándote, como reza la sevillana cofrade, a fin de llevar a buen puerto la tarea, pesada por lo trascendental, de sacar a la calle a la Esperanza. Los muros se cierran, el capataz saca la mano izquierda para torear al natural, sin ayudas (que dirían los antiguos), a este "miura" de doce varales y terciopelo verde, al que Granada espera por cobijar a la Madre de Dios en esa advocación singular que es de todos, porque todos estamos necesitados de Ella. 

Cada Martes Santo, rodilla en tierra, compás acelarado, "llamás" justas, esfuerzo medido, voz certera, mandos prestos, los treinta corazones de faja verde y costal blanco, cumplen con la obligación de salvar la puerta, y que la de Risueño llene la ciudad de su aroma y de esa maravillosa calma que profesan los ojos de Nuestra Madre ante los cuales es imposible no rendirse, al menos una vez al año, cuando asoma la Reina de la Plaza Nueva por la puerta de santa Ana...



lunes, 17 de julio de 2017

Granada en cien fotos...


Granada es agua, lo avisa la Sierra Nevada con su blanca capa que, en el deshielo, nutre del líquido elemento a las lagunas adyacentes, y a los ríos que nacen cerca de ella. A la estación del Maitena llega su frescor para olvidar los rigores del caluroso verano granadino, y la Laguna de las moscas, Siete Lagunas, etc...sirven de espejo de los grandes picos que se asoman a sus aguas, limpias, frías y espectacularmente bellas.

Que Granada es agua también lo saben los pueblos famosos por sus fuentes, con aguas minerales de efectos curativos que, además, embotellan para mandar a media España siendo su logotipo el pico que se ve desde todas las partes de la ciudad que, si en Sevilla la Giralda se asoma desde cada una de sus calles al visitante, en Granada, la mole de la Sierra saca de su sopor al turista abstraído. Lanjarón y Pórtugos, entre otros, nutren sus fuentes con el agua de la blanca dama que representa a una Granada orgullosa de ella, que duerme bajo su ancestral amparo todos los días del año. 

El visitante debe saber, también, que el agua baja por la Alhambra en pequeños canales que llegan hasta la Plaza Nueva, por los que los niños granadinos echan las hojas secas del viejo castaño, jugando a que son barcos. El Generalife, cuenta por cientos las fuentes que lo personalizan, siendo éstas inmortalizadas en un sinfín de fotografías que nos dicen, desde su papel impreso, que Granada es agua, que baja "de la nieve al trigo", parafraseando al poeta que también representa a esta ciudad en la que los Reyes árabes dejaron un dechado de virtudes.  

Y así, desde el Darro al Genil, afluente principal del río más importante de Andalucía, el agua pasa por Granada hasta llegar a la costa, en la que siempre apetece echar el ancla, ya sea para disfrutar de la temperatura de su mar en verano, o para aliviarse del frío invernal de una ciudad que no tiene Otoño ni primavera, y que pasa del frío de Sierra Nevada al calor de Almuñécar, en apenas unos meses...ay, Granada, quién sabe si tanta agua, no son lágrimas de todo el que, como Boabdil, llora por dejarte en su partida...

viernes, 14 de julio de 2017

En el futuro...


Me he parado tantas veces a mirarte
y siempre lo he hecho con los ojos
de mis debilidades, mis antojos,
mis olvidos, mis ausencias, mis descartes.

Nunca pensé mirarte con los de ella,
los de éstos, los de aquéllos, los de antes,
con los ojos marchitos, vacilantes,
de los viejos que recuerdan una estrella.

Hoy cierro mis párpados, que pesan,
y te miro con los ojos, ya maduros,
de los padres que, llorándote, confiesan.

Hoy te miro con los suyos, y aseguro,
que al llevarte, de sus ojos, las promesas,
te sabré mirar mejor, en el futuro…

Fuente fotografía: archivo personal Miguel Gónzalez Murillo.





miércoles, 12 de julio de 2017

Me querrá, no me querrá...


Van cayendo las hojas de la margarita y, mientras caen, a esa velocidad que no podemos controlar, con ellas se van las esperanzas que pusimos en ese amor que no era, pero queríamos que fuese. Con ellas van pasando, también, aunque nosotros no lo veamos o no queramos verlo, los pocos "clavos ardiendo" que van quedando en las relaciones vacías, y que sus protagonistas, instalados en vete tú a saber qué algoritmo, mantienen así, sin plantearse que la vida es más que las cuatro paredes del trabajo y de la casa que se cae encima. 

Vamos pasando, pétalo a pétalo, los momentos vividos al lado de quiénes algún día nos quisieron, al lado de los que algún día quisimos, y con ellos se van las imágenes felices que hicieron navegar la nave con viento de popa, y esas otras que frenaron en seco nuestras ansias..."me querrá, no me querrá"...matrimonio, "me querrá, no me querrá"...hijos, "me querrá, no me querrá"...felicidad. La margarita no es más que una flor, pero nosotros siempre le hemos dado alas de pitonisa y demasiadas responsabilidades, dejando que sus blancos pétalos decidieran sobre si tal o cual nos iba a querer de por vida, o nos la iba a destrozar y, claro, luego viene el llanto y el crujir de dientes, cuando la vida pasa y la margarita no tiene la culpa de que un mal nacido no te valore, te maltrate (no físicamente, hay muchas maneras de hacerlo sin poner una mano encima) o que la mujer de tus sueños sea ahora la de tus pesadillas.

La vida la construimos nosotros, no deshaciendo margaritas, sino peldaño a peldaño, ladrillo a ladrillo, y deberíamos tener algo que nos avise de que el edificio se va a desmoronar a medio hacer, o que es mejor no empezar ni a construirlo. Quizá sí tenemos ese algo que nos avisa, pero lo vemos muy tarde, y de tan tarde no tiene remedio. Quizá los que tenemos la felicidad instalada en nuestras vidas no vemos que la margarita se ha deshojado ya para muchas personas de nuestro alrededor, y quizá esas personas necesitan que alguien le abra los ojos antes de tiempo...quizá la culpa la tienen los pétalos..."me querrá, no me querrá"...  

sábado, 8 de julio de 2017

esta "levantá" va...


Siempre que un paso sale a la calle, junto a él van muchísimas historias. Cada cual de los que lleva alrededor, debajo, o de los que están mirándolo desde fuera, depositan en la imagen que lo preside mucha esperanza, y eso lo reflejan los ojos de todos ellos, humedecidos mientras miran a la imagen, y con cada lágrima se va un recuerdo, que es un pregón húmedo para el que necesita de su favor. 

Da igual la fe diaria, las misas de domingo o los golpes de pecho, en esos besos volátiles que son las lágrimas de cada uno el Señor, o la Virgen, reciben la necesidad, el clavo ardiendo, la última bala cuando ya nada se puede hacer, salvo ponerse en manos de Ellos, aunque los enemigos de la religión digan que sólo son falacias, no pueden estar equivocados los que esperan en las calles que el paso avance para hablar con Ellos. 

Cuando un paso sale a la calle, el capataz empuña el martillo muchas veces, tantas cómo levantan los costaleros, y en ese momento de rabia contenida, de emoción a flor de piel, se pone al servicio de los que lo necesitan todo lo que llevan debajo los hombres que portan las imágenes, para que su esfuerzo acerque, más si cabe, cada una de esas necesidades que los humanos tenemos. Éstas, variopintas y dispares, como lo somos los que las tenemos, van puestas en cada palabra del capataz, en cada respuesta del patero, en cada envite de la cuadrilla y en las manos del Señor. Esos momentos son de una fe tal, de una entrega tal, que las piernas de los costaleros tiemblan, sus músculos se tensan, y su corazón se acelera, porque suelen ser momentos con los que ellos conectan, conectamos, ya que a todos, en mayor o menor medida, nos ha tocado alguna vez pasar por alguno de esos trances. Por eso, cada vez que el capataz toque un martillo, y le pida a "fulano" un poco de atención, o no irse al palo, esa "levantá" será especial, pondrá sobre la mesa sentimientos muy importantes, y exigirá la mayor concentración de los que están abajo, para que la oración, la petición, el favor, casi siempre en forma de salud, de bienvenida a un nuevo niño, o de despedida de un ser querido, llegue arriba de forma directa.  

Hoy es sábado, pero me ha amanecido Viernes, ¡al Cielo lo que es del Cielo!...esta "levantá" va...

miércoles, 5 de julio de 2017

El Hijo de la Esperanza...

Cuando se asoma a las calles
no necesita proclamas
que a nuestro Mejor Vecino
piropos no le hacen falta.

Él se aleja de los ruidos,
pues el silencio le basta,
mas, por injusta Sentencia,
lloran cornetas "romanas".

Él no tiene nuca prisa
por las calles sevillanas,
su cuadrilla, que lo sabe,
lo mece con elegancia

y así se adentra en las calles,
mecido por la constancia
de una cuadrilla de hombres
ora alta, ora baja,

que el nombre de su Señor
llevan, flotando, en sus andas,
en la mente todo un año
y, arriba, en su Madrugada.

Abran las puertas del Cielo,
vista Sevilla sus galas,
que están dictando Sentencia
al Hijo de la Esperanza...






lunes, 3 de julio de 2017

París...

                
                Anochece…las calles se van intuyendo como serpientes iluminadas por la luz de la luna, sigilosas y expectantes, antojándose cada punto de luz sobre su piel una bombilla de tungsteno en cualquier acera del boulevard. El sinfín de personajes que lleva consigo la noche salen de sus madrigueras como escondiéndose, temerosos del público vespertino, tan ligero de lengua como de libertinaje, mientras se dirigen a sus puntos de reunión, o de trabajo.

                París, de noche, es terreno de poetas sin musa que lloran lágrimas de tinta al amor que perdieron o que nunca encontraron. De pintores que sólo piensan en el amor, aunque éste sea propiedad de otro y ellos lo tengan alquilado por el irrisorio precio de una copa de vino al calor de una lámpara de gas. Terreno de cantantes de piano de bar, que es el único lugar en el que no se sienten solos. Terreno, en fin, de artistas que han hecho de los cafés de Montparnasse auténticos cuarteles generales en donde se libra la batalla del amor de pago y el champagne con sabor a derrota, batallas que nunca se ganan y que el amanecer sorprende…

                París es la ciudad de la luz, pero de una luz que se transforma en sus noches, reluciendo en las esquinas de Pigal, haciéndose lúgubre en la Isla de san Luis y casi mortecina en Mont Matre. La luz que ilumina París de noche es el auténtico motor de la ciudad, con sus noctámbulos de acera, sus borrachos cantando tristes melodías de Piaff, y mujeres de mala fama acusadas y traicionadas por los mismos que las solicitan, mientras su reputación se desvanece con el humo del cigarrillo que fuman.


                París,…romántica, culta, poética, mil veces dibujada y fotografiada, es imán para todo aquel con alma de bohemio, todo aquel que quiera hacer hablar a una vieja rolleiflex, revelando en cada carrete su vida misma, gota a gota, o componiendo música desde cualquier buhardilla de la señorial urbe, siendo cada nota del pentagrama un lamento desgarrado a su propia existencia…¡oh lá,lá París!, tu noche es triste y será triste, por mucho que tus artistas cuenten tu belleza, por mucho que nos digan lo que escondes bajo la tímida luz de farolas esquineras, por mucho que el lastimero discurrir del Sena nos hable de momentos que se fueron, siempre te faltará algo para ser completamente bella, porque sólo lo eres realmente en esos momentos en que dos enamorados se besan en tus parques, se cogen de la mano por tus calles o se fotografían en tus puentes y eso, París, es tan efímero, como el vaho que sale de sus respiraciones entrecortadas una mañana fría de tu cruel invierno…

viernes, 30 de junio de 2017

de esa Granada perdida...


No era grande, aunque tampoco puedo decir que fuese pequeño, sobre todo si lo medimos con el metro de una mirada infantil, pero sí puedo asegurar que lo que estaba medido, y con precisión de relojero, era cada uno de los actos con los que se desenvolvía en esa pequeña porción de espacio libre que era el mostrador de su establecimiento. Era éste uno de esos de Domingo después de misa, con los zapatos limpios y el traje de chaqueta impoluto, como impolutas eran las maneras de este hombre, parco en el hablar y de ademanes extremadamente educados, con forma de rectángulo estrecho, barra a al izquierda y espejos por las paredes a fin de dar sensación de amplitud, así como aumentar la exigua iluminación. 

Todo relucía, no obstante, iluminado por el sol de mediodía que se colaba por la única puerta que se abría a la calle y que hacía las veces de escaparate, desde la que siempre se le podía ver afanado en sus mil tareas. Todo estaba como en una exposición, o por lo menos así lo recuerdo yo, ordenado todo en los limpios estantes, colocadas las cosas siempre en el mismo sitio, siempre de la misma forma, y casi me atrevería a decir que los parroquianos pedían siempre lo mismo sólo por ver la forma, repetida y constante, en la que el barman despachaba las comandas. Antes de servir, y de preguntarnos con extrema delicadeza qué íbamos a tomar, ya había sacado brillo a la porción de barra que nos tocaba por enésima vez en la mañana, la había secado con la balleta casi transparente de lo cuidada, y esperaba con paciencia a que acabáramos de cantar las consumiciones para ponerse manos a la obra, lenta, pausada y eficazmente, cosa que agradecíamos y que nos llevaba a ser de los fijos, al menos una vez a la semana, del establecimiento con brillo de cafetería de postín y sabor a bar de barrio.

Entre sus muchas especialidades, yo destaco la ensaladilla rusa con gambas, preparada al detalle, y con un sabor que, todavía hoy, guardo en el selecto paladar curtido a base de bares extintos, alejados del ruido del "lomo-alioli" y las tapas de pan y lechuga, tan frecuentes, por desgracia, en la actualidad granadina, donde la tapa no es gratis, por mucho que se empeñen algunos hosteleros. Allí se hacía todo con clase, a la antigua usanza, y clase tenía la barra, clase tenía el "atrezzo" de la obra, y clase tenía el protagonista, solista y estelar, un camarero ni grande ni pequeño, con el pelo igual de blanco que la camisa y la balleta, y que tenía el sobrenombre, no podía ser de otra manera, de "manoslimpias".

Efectivamente, estoy hablando del bar del hombre de las manos limpias, el desaparecido rincón de la calle Recogidas que, sin tanto coche por la calzada, y con bastante más sabor, respondía al nombre de "Capitol"...

"Cerveza para nosotros, coca-cola para el niño, y tres tapas de ensaladilla rusa, por favor..."  

miércoles, 28 de junio de 2017

No dejes de soñar...

Porque siempre hay un motivo, no dejes de soñar.
Porque el sueño de esas cosas que están por venir te llena de Esperanza, y no hay nada más bonito que la Esperanza para surcar las aguas de la vida. 
Porque si es bonito soñar con algo, más bonito es luchar por ello y el soñar te fortalece para que aguantes el envite y encajes los golpes, no dejes de soñar. 
No, porque necesitamos el sueño para hacer más felices a los que nos rodean, siendo partícipes de nuestras ilusiones y viviéndolas junto a nosotros. Compartir con los tuyos las cosas que te dan ánimo y te alegran es una buena manera de crecer juntos y resistir las marejadas que se nos presentan a diario.

Porque siempre hay una sonrisa a nuestro lado, un beso, una certeza de que están ahí, para ti, de que te ayudan y te entienden, porque hay que soñar para pagar el precio que nos piden por vivir, y necesitamos vivir para seguir soñando. ¿Qué sería de nosotros si no soñáramos?...
ç
Ya lo dice Manuel Carrasco, "amigo, no dejes de soñar"...

lunes, 26 de junio de 2017

LIII...(escolapia)


A todo el que le guste la poesía, le gusta Bécquer. Porque Bécquer fue el eterno enamorado que alumbró esto que llamamos romanticismo, y al que se acogen todos los aprendices de poetas, y los poetas consagrados, cuando quieren hablar de amor. Yo me incluyo entre los primeros, que no soy de ésos que conmueven con el verso pero, como los poetas de verdad, yo bebí en las fuentes de Bécquer casi desde el primer momento en que descubrí esto de la literatura, allá por un E.G.B que pasó a la historia de las siglas olvidadas. 


Yo, desde mi humilde pedestal, quiero homenajear (aunque no le haga falta) a ese sevillano del barrio de san Lorenzo que me enseñó, a través del olor de sus obras completas en la edición Aguilar,  que la poesía es la herramienta de la paz. Por ello, he escogido la rima LIII para hablarle a ese amor que nunca cesa, al que nunca nos cuestiona, y al que siempre nos espera... 

Ahí va mi ínfimo homenaje a don Gustavo Adolfo...

Volverás a salir en Viernes Santo,
en tu palio, de nuevo, a pasear,
y, otra vez, bambalinas y varales
los balcones rozarán.

Pero aquellos que se fueron en  el tiempo
cuando tu cuadrilla recién echaba a andar;
aquellos Viernes de nombres no olvidados,
ésos,…no volverán.

Volverá, lo sabes, san Matías
de nuevo, tus costales, a tentar,
sonarán de nuevo nuevas marchas
para alentar eternas “revirás”.

Pero ese palio pequeño, que se fuera,
y esa Virgen de capilla colegial,
capataces inexpertos y noveles,
ésos…no volverán.

Mas, por suerte, tienen alma tus entrañas,
que la Cuaresma vuelve a reinventar;
otra vez, a oscuras, tus calderas
ansiosos buscarán…

Y al llegar la vuelta, por el puente,
A su gente, les dirá tu capataz:

“como Tú nos quieres, madre Mía”,
así…no nos querrán”.




viernes, 23 de junio de 2017

Vuelo libre...


Sin condiciones, sin ataduras, al menos perceptibles a nuestro ojo, que intenta dibujar su estela cuando recorren fugazmente el cielo que hay sobre nuestras cabezas. No son los mismos, o quizás sí, que nosotros no podemos, normalmente, discernir si tales o cuales especímenes, plumas, alas, pico, son los que pían por las mañanas despertándonos, o forman una algarabía incensante con su "griterío" antes de descansar en cualquier rama. 

A mí, a veces, me gustaría volar sin rumbo durante el día, no tener nada que me diga dónde debo ir, dónde comer, aunque, eso sí, necesite volver de noche al mismo nido para esperar al día siguiente. Ellos son así, aún con sus cosas, animales de vuelo arbitrario desde que su madre les invitara a salir del nido, muy jóvenes, aun a riesgo de acabar despanzurrados sobre las losetas del barrio para horror de la chiquillería, en su duro aprendizaje de cara o cruz, de todo o nada. 

Al menos, una vez cada noche, siempre a la misma hora y más o menos en el mismo lugar de la improvisada "rama", tengo la certeza de que los mismos pájaros acuden a la cita del "ojopatio", vigilados por la vecina que teme les ensucien las sábanas, a descansar las alas después de una dura jornada. Mañana volverán a los cielos, a ser seguidos por los dedos de nuestros niños, volando, veloces, en su ejercicio ancestral de vuelo libre...

miércoles, 21 de junio de 2017

Las luces de la feria...

Más allá del jolgorio flamenco, de las casetas vomitando sevillanas a todo gas, del albero y los caballos, de los palitos de ron (el que la lleva la entiende), de la "Tere" con la tartana y el tráfico de personas, taxis y más personas, está la calle del infierno; ésa a la que acudimos puntualmente porque un lucero vestido de gitana (que en Graná no se viste una de flamenca) quiere que la montemos en los columpios, y acudimos a su reclamo para llenarnos de reflejos multicolores, buscar en las retinas de nuestros hijos el brillo de la ilusión por montarse en un caballito, darle a una pelota de goma al pasar a lomos de una moto que la inocencia infantil hace que sea de verdad, o la sonrisa que le invade cuando intentas cogerle un peluche de su película favorita de dibujos animados, aunque el truco del establecimiento nunca te deje conseguirlo.  

Yo no soy feriante, llámenme loco, pero nunca me ha gustado demasiado (lo hacía porque había que hacerlo) ir al ferial a pasar calor a cualquier hora, dejarme los oídos pelados con la potencia de los altavoces y pagar el doble por platos que contienen la mitad, así que mi "malafornicius granatensis" (gracias por todo, Ladrón de Guevara) se duplicaba, como el precio de las raciones, llegada esta época (excluyendo las indefinibles jornadas del Corpus y la Octava). Pero, afortunadamente, todo cambia con la llegada de un hijo, y comprendes el enorme valor que tenía tu padre al llevarnos a todos, saber el columpio que nos gustaba a cada uno, seleccionar el número de acuerdo con el presupuesto, y devolvernos a casa contentos, cenados, y cargados de cosas que para nosotros, en nuestra infancia, eran maravillosas. Por eso vuelvo cada año, esperando ese momento como uno de los grandes en el calendario, sólo por ver la cara de mi hija recorriendo las atracciones, y pidiéndome "otro más" cada vez que se baja de uno y es que, aunque pueda parecer que no, sus ojos son las verdaderas luces de la feria...

lunes, 19 de junio de 2017

La belleza...

La belleza de una mañana de domingo 
está  en cualquier cosa que miramos,
 a veces no lo percibimos, 
a veces es que ni miramos.

La belleza de los ratos que vivimos, 
no la vemos, quizá, no la esperamos, 
pero vive en las palabras que dijimos, 
y también en esa flor que un día tocamos...

La belleza...





jueves, 15 de junio de 2017

Hoy, esta mañana, ya...

Ha llegado la hora, una vez cada lustro, ahora menos, este que os escribe desde el atril de sus vivencias, se viste de costalero. ¡vaya una novedad!, pensarán algunos, pero lo cierto es que só que lo es. Es una novedad porque cada vez que te metes debajo de un paso, es como si todo fuera nuevo, ya que nada es igual, y eso bien lo saben los que todos los años que el físico les deja, sacan a Jesús y a María por las calles de la ciudad; Pero es una novedad porque no todos los días, ni todos los años (un lustro hace que lo hice yo la última vez) se tiene la oportunidad de llevar a Dios, sin apellidos, sobre la malgastada cerviz que los años van deteriorando. Y no todos los años, además, lleva uno a Dios, sin más, haciendo historia costalera en nuestra Granada; y es que, hoy, Jueves de Corpus, días grande de nuestra ciudad porque tuvimos a bien mantener la fiesta en Jueves y no pasarla al Domingo, se cumplirán veinticinco Jueves que relucen más que el sol, en los que, a Dios, lo llevan los costaleros de Granada.

Para los cristianos, no es una procesión cualquiera, ya que aquí no hay imágenes a través de las cuales vamos hacia Dios, rezándoles en sus pasos, cuando la Semana Santa inunda el calendario, sino que hoy, es el mismo Dios, hecho carne en la Hostia Consagrada, por lo que la ciudad, sabedora de la grandeza del día, se echará a la calle para honrar a su divina Majestad y pedirle todas las cosas que se le piden, cuando el sol granadino aprieta, sobre alfombra de juncia (si bien se echa en falta mucha más, que antes no se veía el asfalto bajo la verde capa), y con las emociones a flor de piel propias del día. (A mí me recuerdan todos los años que me perdí una mañana de Corpus por querer ver a los caballos, que iban abriendo el cortejo, y me rescató una amiga de mi madre que reconoció mi cara, sofocando así la de susto que tenía mi progenitora mor de la afición hípica del niño que, pasado ese día, desapareció por completo).

Hoy es el Día. Hoy se viste uno de blanco con otro aire, prepara su costal de otra forma, se enfrenta al paso con la misma profesionalidad, pero con esa nota diferenciadora que otorga el saberse protagonista de una historia de Fe, de legado, de tradición, de Granada,...una historia que se repite año a año, pero que sólo cada cinco se puede vivir de costalero. Así que, yo voy en busca de ese momento de conexión con Dios, única, irrepetible, y mía. Vosotros, disfrutad de Granada en su fiesta por excelencia, que el Jueves de Corpus, es hoy, esta mañana, ya...

miércoles, 14 de junio de 2017

Perderme...


Nunca te vi, por tu barrio, cuando las celosías del convento no dejan pasar la luz al estar tras ellas las monjas que te ven partir al encuentro de Granada. Nunca te vi, derramando tus lágrimas por las calles de la Judería, antigua como las cuestas que preceden a la Alhambra, cobijada por el palio tan distinto, tan parecido, porque nada cambia si eres Tú la que nos llama a mirarte, y no podemos distinguir estos azules nuevos de aquellos otros porque es tu cara lo único que debe mirarse bajo el cielo de tu barrio. Nunca te vi, que mis pasos cofrades me llevaron lejos de la collación por donde discurrió mi infancia estudiantil, a esa otra que siempre ha sido la mía, donde muere el que protege a la ciudad en la que vives, en la que reinas. Nunca te vi, mis ojos no saben cómo te mecen los tuyos, cómo se derriten los pabilos llorando la cera sobre tu candelería, cómo se engalana Santiago, Molinos y Fortuny cuando pasas por ellas sin que nosotros queramos, porque si pasas no vuelves hasta el año siguiente. Nunca te ví, porque formas parte de la Semana Santa no vivida, la que pertenece a la ciudad pero no al cofrade de Lunes Santo, que esa misma jornada busca su historia bajo el hábito de su hermandad que, por eso no te ve, engrosa la nómina del mismo día. Formas parte del Lunes que leo en los diarios, que veo en las redifusiones, que conozco por fotos y por actos fuera de la Semana Santa, pero que no he vivido nunca porque me llama lo mío, y nunca te he visto llorar cuando vienes cansada en la madrugada del martes, ni te he visto iluminada por las luces esquineras que transmiten tu pena con débil iluminación. Conozco tu cara, pero no tus maneras, conozco tu palio, pero no sus mecidas, conozco la calle, pero no sus sonidos…


Nunca vi como la flor
oculta tu filigrana;
ni sentí como te llama
tu barrio en una Oración.

Nunca vi como tu amor
se desgrana por Santiago
haciendo morir humano
al que nació redentor.

No conozco las hechuras
que te hacen ser distinta
bajo tu palio que encinta
un rosario de Amargura.

Pero sí puedo decirte
y mi promesa te dejo,
que buscaré tu cortejo
mientras que pueda escribirte

tendré que reconocerme
en mi realejo perdido
y, conteniendo un gemido,
en tu mirada…perderme.

Fuente fotografía

lunes, 12 de junio de 2017

Granada en cien fotos...


Granada es algo más que un nombre ligado a una historia. Algo más que el último bastión árabe de la península cuando Isabel y Fernando jugaban al "risk" sobre la piel de toro, algo más que blancos pìcos y azules aguas saladas, algo más que pueblos blancos escondidos entre barrancos y algo más que una Alhambra rasgando el cielo con la Torre de la Vela. 

Sí, Granada está por encima de sus emblemáticos barrios, de arriba a abajo, de Mezquitas convertidas en iglesias a una judería en pleno centro de la ciudad, está por encima de capitulaciones y cascamorras, por encima de tarascas y cabezudos, de cofradías hiriendo la noche con ecos de cornetas y de cruces de Mayo que nos recuerdan quiénes somos y quiénes no queremos ser. Granada está por encima de todo esto, porque Granada tiene algo más, cómo diría Barbeito, que es capaz de interpretarla. Granada tiene a los granadinos, mal que le pese a algunos, que enriquecieron su nombre con sus actos, aunque no todos buenos (acuérdense de la leyenda del señor de Zafra), y cuenta entre sus hijos a personajes ilustres de las letras y la música, entre otras artes, cuyas obras llevan el nombre de la ciudad que los vio nacer más allá de las fronteras jamás pensadas por ellos. Eso es lo que hace grande a Granada, cada uno de sus habitamtes, desde los nuevos barrios extramuros, hasta el mismísimo kilómetro cero de la "malafollá" que diría Ladrón de Guevara, Granada cuenta tantas historias como ciudadanos viven en ella, haciendo que cada paso por la ciudad sea el reflejo de las gentes que la habitan, y es que Granada, sobre todo, es eso...sus gentes.

viernes, 9 de junio de 2017

hoy me acuerdo de ti...

Mira tú por dónde, hoy me he ido a acordar de ti, no es que no te recuerde con frecuencia, pero hoy tu recuerdo ha sido tan claro, tan real, que me he vuelto contigo allí donde la Esperanza va sobre un trono, y la biznaga se reparte en la calle de un Marqués. Me he ido contigo, cuando el sol me ha vuelto a dar en la cara por Junio, y he sentido en mis pies el frescor de la mar en la Misericordia, y el salitre se ha venido como cuando entraba por la ventana, turno de tarde, turno de mañana, en la calle de Héroe de Sostoa. 

Me he visto de nuevo, en mi inexperiencia, vestido con la bata y subiendo la temperatura del aire acondicionado porque tú tenías frío, y he vuelto a hablar contigo, en la distancia, de tantas cosas, cuando mi acento te hacía recordar tus orígenes y mi nostalgia se iba en nuestras conversaciones. Me he ido contigo, embarazada de tu niña, a aprender de la vida en un susurro, y he vuelto a añorar, ahora que van a hacer diez años de mi marcha, las lágrimas que quisieron asistir, sin invitación, a nuestra despedida. Un cajón lleno de "garguerías", y esa noche última en la que la mar fue nuestra testigo, cuando os dije adiós de la mano de mi todavía novia, y os dejé allí, para ir a veros sólo de vez en cuando. 

Hoy, que la vida ha hecho con nosotros lo que ha querido, veo las fotos de tus hijos ya adolescentes, veo las de mi hija, veo todo lo que ha cambiado a nuestro alrededor, y siento una profunda alegría porque el destino me llevó a tu tierra de adopción, y me acogiste con los brazos abiertos. Hoy tengo allí dos amigas, dos baluartes, dos buques insignia de todo lo que tenga que ver con la amistad, y una parte de mí mismo, de mi historia, que se quedó en la orilla del mediterráneo y que voy a buscar cada vez que me pica la nostalgia, fíjate, en sentido contrario de la carretera. Y me acuerdo de ti, de tu ayuda, de las veces que nos hemos reído, de las cosas que compartimos cada turno de tarde, en ese lugar en el que aprendí lo que no quería llegar a ser como profesional, pero que me dio tanta vida, que siento que dejé allí algo más que un puesto de trabajo. 

En Granada, el calor empieza a hacer de las suyas y añoro el aire de Málaga, porque hoy me acuerdo de ti... 


miércoles, 7 de junio de 2017

Aquí sigo...

No tengas miedo...yo te estoy esperando, te estaré esperando siempre, incluso cuando el paso del tiempo te haga pensar que me fui, una tarde de Mayo en el que el sol me cuajaba. Ven, salta, aquí estoy, con mi mano presta a sujetar la tuya, como cuando sonreías al notar que el agua del mar te golpeaba en la cara, y yo te llevaba en volandas en nuestro principio de todo. Aquí sigo, mira a ambos lados antes de cruzar, aquí sigo, ten cuidado no vayas a caerte del sofá. Aquí sigo, en la música que me define y te recuerda que estuve, en las cosas que vuelven porque yo las llamo para ti, y en las que no te imaginas pero te tengo preparadas. 

Ven, mira atrás, y huye del calor de un Agosto que asfixia, que llega Septiembre y tus brazos morenos delatan que estuviste en la playa, siempre nuestra playa, colecciones de cristales y conchas que aún suenan dentro de su caja rosa. ¿Recuerdas? has crecido, eres la misma pero lo olvidaste, ahora eres tú la que abre la mano para abrazar lo que venga, y proteger a los tuyos de la estival tormenta, ahora son otros los que ríen cuando cantas, y te buscan corriendo cuando abres la puerta. Sí, aquí sigo, no sólo en la foto que miras de cuando eras niña y te besaba en la frente, no sólo en los libros que lees y en las notas que silbas, yo estoy en todo, te sigo despertando por la mañana cuando vas a llamar a tus hijos, y te pongo el desayuno mientras ellos se toman la leche. Te lavo la cabeza con cuidado de no salpicarte en los ojos y tú le das el pato a la niña que me llama abuelo. Aquí sigo, llevándote al colegio escuchando tus historias, aferrada a tu peluche y a tu infancia, mientras sostienes las suyas camino de su escuela. Aquí, en todo lo que haces llevas mi huella, en todo lo que fui yo llevaba la tuya, y ahora estás aquí, escribiéndole a tu hijo lo mismo que leías de mí, aunque tú ni lo imaginas. 

Aquí sigo, aquí estoy, no tengas miedo, te estoy esperando, te estaré esperando siempre, incluso cuando el paso del tiempo te haga pensar que me fui...


lunes, 5 de junio de 2017

La foto que no sale...


Siempre hay una foto que no sale; no sé el porqué, pero no sale...quizá porque la busco y no la encuentro, o precisamente no la encuentro porque la busco, ya que esa foto es, en sí misma, algo no programable. También hay un verso que no se escribe, como hay un cuadro que no se pinta, y una canción inacabada, cosas a las que les falta nada para ser todo, pero ese "nada" no aparece. 

Me he desesperado, y creo que sigo haciéndolo, porque yo quiero hacer esa foto; sin esperarla, verla y ¡zas!, sin más, sin pararme a mirar por el visor demasiado tiempo porque será efímera, sin pararme a medir tiempos y aperturas de diafragma porque será perfecta, y sin pararme a ver lo que retrato, porque no sé que será. Pero no la encuentro, quizá el "quid" de la cuestión esté en no pensarlo...lo mismo, hay que escribir el cuadro, y pintar la música, fotografiar el verso y, quién sabe, escribir la imagen...eso debe ser, puede ser que estemos tan pendientes de buscar acabar lo que queremos hacer, sin pararnos a pensar que, a lo mejor, la belleza, el arte, está en lo ilógico...puede que ése sea el método, "andar por andar andando" que diría Alberto Cortez, sin necesidad de ir buscando lo que puede que no encuentres. 

Quizá la foto que no sale no deba salir nunca, o quizá ya haya salido y no lo vea; quizá esté ahí, y no sepa mirarla, o quizá esté mirándome esperando a que la vea. El camino se me hace largo, la lluvia empaña mis ojos, y el frío entumece mis músculos, quizá sea todo más fácil, sólo haya que secarse la cara con la manga de una desgastada camisa, sentarse en el sillón y mirar más allá de la punta de mi nariz; quizá el aroma del café caliente sea el analgésico perfecto, y la película gastada de tanto verla el mejor remedio. Quizá todo tenga sentido mirando al mismo sitio, adonde hay que mirar, sin esperar nada más, quizá escriba el cuadro, para cuadrar la cuadratura del círculo (¡vaya galimatías!), quizá sea esa la respuesta...a ver, ponerse todos...¡pa-ta-ta!

viernes, 2 de junio de 2017

La calle de nuestros niños...

Yo tuve la mía, o las mías, que en mi bagaje de infancia cupieron aquella en la que vivía y esa otra en la que jugaba los fines de semana. Desde el balcón de casa, los negocios que dieran vida a la angosta calle que recibía el sol muy de mañana o de tarde, han ido cerrando, poco a poco, testimoniando la edad que ya empieza a cumplir y que va cambiado su fisonomía, si bien lo esencial no cambia, aunque sí lo hagan las personas que allí viven. Vieron mis andanzas infantiles las galerías abiertas entre los cimientos de los altos edificios en donde pasábamos las horas alejados del calor, y custodiados por las tiendas de siempre, que velaban por nuestra seguridad mientras despachaban a los clientes del barrio. Allí jugué a las chapas, haciendo carreras con las que le quitábamos a las botellas de cerveza y pegándoles en el dorso la imagen de los ciclistas de la época, Perico Delgado era el favorito, y que corrían empujadas por nuestros dedos a ras del suelo de nuestra vida. Los tapones de casera nos servían, también, para hacer equipos de fútbol que tenían que introducir un garbanzo entre las porterías hechas, las más veces, con pinzas de la ropa, aunque siempre había uno que tenía las de plástico y red, y que nos ocupaban las vacaciones, y los fines de semana. Todo se solucionaba con una llamada por teléfono de nuestra madre a la tienda de turno para que subiéramos a comer, y rápido salíamos corriendo. 

Mis amigos de la infancia, ay, distancia, son ahora padres de familia que se fueron del barrio, como yo, a buscar su vida fuera de sus muros, y a los que no veo casi nada merced a nuestros diferentes horarios, y mis juegos de niño se fueron borrando de sus paredes como se borran los rastros que dejaran nuestras bicicletas sobre el suelo recién mojado del portal. Claro, que la ley de vida cobra un precio muy alto, y ahora tengo otra calle que he hecho mía, aunque nada tiene que ver con la que tuve, y por la que voy en pos de los pasos de otras risas, otros juegos y otros vecinos. El tiempo, esa máquina inexorable de deconstrucción, se ha encargado de que, ahora, mis amigos de la infancia y yo hayamos hecho nuestra, como ayer hicieran nuestros padres, la calle de nuestros niños...

miércoles, 31 de mayo de 2017

Sonetillo del tren...


Dos trenes van recorriendo
el raíl de mi existencia.
Uno, fatal persistencia,
la vejez me va trayendo.

En el otro están metiendo,
sin atisbo de clemencia,
la juventud, la inocencia,...
y pronto estará partiendo.

Uno me trae los temores,
ésos que ayer no existían
cuando sólo había fulgores.

El otro, una alegoría:
cambia ocasos por albores
siendo, mi tiempo, la "vía"...

Gracias por asomarte...

Gracias por asomarte...
donde se guardan las joyas...

Sobre las copias

Queda prohibida la reproducción, total o parcial, de los textos de este blog, así como de las fotografías que en él se reproduzcan, en función de lo establecido en la Ley de Propiedad Intelectual

Si estás interesado/a en algo de lo que figura en esta Ventana, manda un e-mail a abuelo_costalero@hotmail.com antes de colgarlo en otra página.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...