viernes, 29 de abril de 2016

Uno que no olvidaré...por Roberto Calvo (Pope)

Desde Algeciras, desde la mismísima Cuesta del Rayo donde Jesús ora en el Huerto cada Domingo de Ramos, me llega esta colaboración que huele a mar y a Olivo...

  
Lo que yo recuerdo

            De todas las memorias desconfía, más aún de la que con pasión regresa.

Una de tantas buenas cosas que aquella bitácora costalera de Oido tres pasos. me regaló fue la de tratar con otros locos enamorados de nuestro oficio. A algunos les puse cara y cercanía. Uno de ellos es El Abuelo, costalero de Granada con el que no en pocas ocasiones estreché la mano a través de la palabra escrita, colaboraciones, algún robo por mi parte y en todo siempre mediando la camaradería y el afecto.

 

            Un texto me manda hacer Luís,

            me pide una experiencia,

            una sonrisa, una lágrima,

            un recuerdo.

            Aquella vez que...

            O aquella otra de quel día.

            Y yo que aún demorando

            mi respuesta en demasía,

            no quería desatender

            lo que El Abuelo pretendía,

            aquí y en esta hora la rubrico

            y juro que la tinta que lo arrima,

            brota de esta mano que es amiga,

            y mana de este corazón a su reclamo.

 

Yo siempre quise ser costalero. Aquellas Semanas Santas con mi madre y mi tía Gloria en Tierras de María Santísima no me dejaron otro camino. Si jartible mi tía, más jartible mi madre. Si Macarena la una, más Macarena la otra. Pero yo no me quedaba atrás... Si había que ver La Paz por el parque y llegar a ver La Cena por la calle Sol para seguir con toda una tarde de bulla, almendras fritas y papelón de pescao rematando la jornada en el Postigo con La estrella había que darle al zapato de estreno de lo lindo y a mí todo aquello me soliviantaba de tal manera que nunca fui un lastre para aquellas dos locas, Santas Justa y Rufina de mi Sevilla más íntima y querida. Aquellos dos atlantes, seguramente aún "de los profesionales", que apurando un cigarrillo se abrían paso entre las filas de nazarenos me ensimismaron. Las alpargatas, aquellos bastos pantalones arremangados, la camisa pegada al cuerpo empapada en sudor y aquellas cosas en la cabeza. “Mira los costaleros”. Yo ya los estaba mirando, no podía dejar de hacerlo. Después de aquella revelación y ver aquellos pies que bajo los faldones hilvanaban adoquines ya nada fue igual. ¡Niño, mira La Virgen!, pero a mí se me iba la vista al suelo sin poder evitarlo. Qué flechazo, qué Epifanía. Mamá, yo quiero ser costalero. Cuantos paseones a los taburetes de la cocina y cuantas chicotás eternas bajo los faldones de la mesa camilla. Mi padre me enseñó a tocar el tambor, algo es algo. Siempre un Paso y siempre mirar a sus pies. Sevilla, Semana Santa, los bares y sus fotos con ellos de sepia y gris, las calles de Sevilla y sus Iglesias así de bruces. Todo me conducía irremediablemente a aquella idea que se desbocaba en mi cabeza de tal forma que aún hoy pienso que si no existiera esta forma de sacar las cofradías a la calle no me gustaría tanto como me gusta nuestra Semana Santa.

Vengo a vivir a Algeciras y Sevilla me dice hasta pronto. Los años pasan, la fiebre no. Llegan los pasos al fin, furtivos pero llegan. No como yo los soñaba pero llegan y se acrisolan para siempre en ese poso que deja el metal fundido de las pasiones. Pasa una década y luego otra, las Semanas Santas vienen y la vida se va con ellas. Se ganan las peleas, se pierden pocas, muy pocas, ¿ninguna?. Se aprende este oficio y se sigue aprendiendo siempre, siempre de frente, de frente como se miran los hombres, esos mismos hombres que se comen a besos tras jurar faldón.

Alguno de mis mejores amigos me los han dado los pasos. Mi compadre y mi grandísimo amigo toda una vida conmigo ahí abajo. Te echo de menos pero qué bien te queda la gorra. Mi sobrino de mi alma, que se ha convertido en un gran peón mejor de lo que Manué llegara nunca a admitir. Mis niños de los pasteles por los que siento devoción y orgullo. Albertito Jaén, de los locos de verdad de esto. Qué pena Gómez de esos tres años extraviados. Cristóbal, Jordi, Gufli, los Barea, “El Moro” (eres un peonazo Jesús), … tantos y tantos. Ay, mi Difarque.

La casa de mi hermana es una fiesta el Domingo de Ramos. En el corazón del barrio, a escasos metros de las Puertas que cuando se abran (con la venia a las seis de la tarde más bonita del año) pararán los pulsos al contraluz de la Cruz de guía de La Cuesta del Rayo, se dan cita tres generaciones. El menú, el mismo desde 1986, ensaladilla rusa y filetitos empanaos. Los dulces los trae Manuel y a la hora del café ya no se para allí. Besos a las madres y a los hijos, la señal de la cruz antes de salir del portal y lo que venga este año que lo sepamos recibir… En el 24, cuartel general de la cuadrilla del Olivo, los de negro y la gente de abajo velan armas y Luís no se aclara este año tampoco… A vestirse la cuadrilla de salida y la calle Corpus Christi cambia su nombre por el de la calle de los valientes. La locura tiene nombre, yo bien lo se.

Un Domingo de Ramos en mi barrio no se puede explicar, hay que vivirlo. Hay que entregarse a los acontecimientos con el primer botón de la camisa del alma desabrochado. Lo que ha de venir no existe en otro sitio, con sus virtudes y sus defectos pero genuinamente de La Cuesta del Rayo. La salida y su barrio esperando, las manos arrugadas de las abuelas perfumando la celosía de un castillo que se desmorona y se vuelve a plantar desafiante, sobre los pies, costero… Se va El Olivo y llega Ella. La Primavera llega este año también bajo palio. El eco de la marisma acuna a toda la calle que ya no cabe en si misma. El primer platillazo es la señal pactada y todo estalla y se desborda. La cofradía se marcha camino del centro de la ciudad y el cortejo lo empiezan y acaban los vecinos que ya no dejarán sola a su hermandad hasta que no vuelva a su casa. Cumplido el tramite de la estación de penitencia, la voz rota lo anuncia, vamonos pal barrio. La calle de Mónaco es oficio y costalería, el pundonor es la calle Sevilla. Parque de María Cristina, Getsemaní, las saetas a porfía, el rumor de un fuerte de bajos que nos alcanza bajo la bóveda centenaria del Paseo de los voluntarios. La Flor más bella de estos jardines llega, pasa y perfuma la noche. No hay más cera que la que arde y no hay otra luz en el parque. Cuando dejemos atrás la reja de Capitán Ontañón ya no quedará nada. En tres suspiros de nuevo en casa, otro año más y que por lo menos vengan igual que este.

El mes de Septiembre de 2009 el almanaque se vistió de plata. De esa misma plata, la que se le regateó a los diteros en los tiempos del hambre y la fatiga, la de las alhajas y sortijas de ida y vuelta, de la plata que dormía arropada en los pañuelos de las abuelas, los vecinos soñaron una corona para su Reina y ya de eso habían pasado veinticinco años. Y por veinticinco Domingos de Ramos valió ese día. Ya no se puede ir más guapa ni se puede andar mejor. Los grandes debajo de La Virgen de sus entretelas soñando despiertos aquella noche infinita. Ese día yo iba debajo de mi Virgen del Buen Fin, mi otro padre y su hijo también allí abajo conmigo, con Ella, siempre con Ella. Eso ya no me lo quita nadie. Gracias Madre por tanto y por esa vez.

Treinta Domingos de Ramos dan para mucho. Soledad, Buen Fin, Amargura, Lágrimas, San Roque, La Trinidad, El Corpus, El Olivo… El Señor de la Oración. Una nómina plagada de buenos recuerdos, de lecciones bien aprendidas por la cuenta que a uno le trae, de buena gente y de gente güena, de risa y llanto, de orgullo y sacrificio, de una vida entera debajo de los pasos que se me ha hecho corta. Qué no daría yo…

Querido Abuelo, me pediste algún recuerdo y ahí tienes algunos de los que con más cariño albergo. El último que hoy te brindo aún no ha terminado de ser y ya es el más preciado. En el 2014 vino al mundo mi hijo, su primer domingo en el mundo, adivina, un Domingo de Ramos. Con seis días de vida asistió a la salida de la que ya era su Hermandad. Entre las sábanas de su capazo las estampas que deslizaban las generosas manos de los costaleros amigos de su padre que ese año por mor de una lesión, las cosas de la vida, cambiaba el costal por el traje y la corbata. La primera levantá en la calle “por El Pope que no está con nosotros este año y por su hijo que está delante del Cristo”. Al año siguiente El Pope si estaba y su hijo, con su medalla y sus ojos abiertos de par en par devorando otro precioso domingo, también. Este año, a falta de dos semanas para cumplir los dos años, se ha pegado una Semana Santa de categoría el prenda. Y como yo jugué el juega ya a ser costalero, se pega sus buenas levantás, “ta yé” dice con su media lengua, “pumba” y a volar el tío. Las marchas no pueden faltar a la hora del desayuno y ya se sabe el nombre de más de uno de la cuadrilla de su padre. La Jirjen y el Jeñó me lo amparen siempre. Hablando con mi compadre hace un año salió el tema de la retirada de los pasos, yo le dije qué aún sabiéndola cercana estaba preparado para irme cuando tocara, pero también muy contento por haber podido volver a vestirme de costalero con mi niño en el mundo. Le dije a mi compadre que nada me gustaría más que disfrutar algunos años más para que mi hijo me recordara de costalero, “es muy pequeño y no se acordará” me dijo y tres palabras, tres aldabonazos estallaron en mi boca: Pero yo si.

Gracias, amigo, por tus palabras. Un abrazo desde Granada.
 
 

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