miércoles, 27 de abril de 2016

desde abajo...

A la mujer se la mira a los ojos, porque no hay nada más bonito en una mujer que el brillo de los mismos cuando sonríe, cuando se siente realizada, cuando es feliz y cuando sabe que es querida. Para mí, curtido en la más prestigiosa escuela de la timidez, y licenciado "cum laude" en la homónima facultad, nunca me ha resultado fácil (ni me resulta) mirarlas a la cara, y muchísimo menos decirles algo. Siempre he visto como alguno de mis amigos, más versados que yo en esto del galanteo, conseguían con pocas palabras y alguna sonrisilla lo que a mí me llevaba días lograr, tal es la magnitud de mi nerviosismo cuando me embarco en estas lides, así que me ha costado más de un disgusto (y de dos) mis encontronazos con el otro sexo, que no sé qué tiene de débil.
 
Una mujer se parapeta tras la cortina de sus pestañas, te observa y con sólo decir tu nombre ya te tiene a su merced, por lo que si en tu entendimiento atisbabas algo de solemne valentía, con fijar sus ojos en los tuyos bastaba para desarmar el tinglado que se mantenía, a duras penas, en tu boceto previo de la escena. Nunca he estado cómodo cuando una mujer libera sus armas y te roza con la mano, y casi siempre me han pillado distraído al mostrar lo que ellas llaman "indirectas", por lo que nunca las he cogido y me ha costado Dios y ayuda acercarme a ellas, cosa que no ha cambiado mucho al alcanzar la "madurez" y aun mi timidez me juega malísimas pasadas cuando alguna cliente me suelta un piropo al despedirse de mí en la tienda para agradecerme la atención prestada, hasta el punto de que, a veces, llego a reaccionar como un imberbe adolescente en lugar de como debería reaccionar el hombre que se supone que soy, y es que cuando uno es tímido, no hay nada que hacer por mucho que lo intentemos.
 
Por eso, como no podía mirarlas a la cara sin sentir que mi estómago se revelaba, empecé a descubrir el maravilloso mundo del calzado femenino, desde el tacón más sofisticado hasta la simple zapatilla de estar en casa que, puestos en un pie de mujer, hasta parecen ascender de categoría, por lo que sigo deteniéndome un rato a seguirlas con la mirada cuando alguna pasa por mi lado...botas altas a media caña, botines, "sabrinas", sandalias y demás, siguen siendo un mundo fascinante al que no puedo renunciar, mucho menos cuando tengo una cámara en las manos y, claro está, ellas se dejan...alguna ventaja tenía que tener el llevar tanto tiempo mirando a las mujeres...desde abajo. 


1 comentario:

Manolo Sánchez y Salmerón dijo...

Excelente entrada. Eres un genio de la pluma amigo o mejor debiera decir del teclado. Un abrazo grande.

Gracias por asomarte...

Gracias por asomarte...
donde se guardan las joyas...

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