viernes, 4 de marzo de 2016

Uno que no olvidaré...por Álvaro Barea

Muy cerca en el desarrollo de nuestra labor profesional, él entre arte y yo entre gafas; muy cerca en la última trabajadera del que es Sagrada Protección para Granada, y entre primera y segunda en el verde palio de la Esperanza, dando todo lo que se espera de nosotros, y mucho más. Muy cerca, Álvaro, así te encuentro siempre...


Aquella primera vez

 Hay días que, en casa, liando yo sólo mi costal con la ayuda de la pata de una butaca, recuerdo las sensaciones de aquella primera vez y me siento viejo. Es curioso cómo ha evolucionado todo.

Aquel primer costal que yo me puse para sacar un barco como la Cena en el año 1994 lo ha usado a modo de juego mi hija para salir en la procesión infantil del Niño Jesús Nazareno de la Esperanza. La misma ropa de fina arpillera dorada a base de lejía, con ese tamaño mínimo que recuerda más a un pañuelo de la Macarena que a la herramienta de un trabajo rudo. Con su Señor de la Eucaristía serigrafiado en blanco y negro. Veinte años ha estado primorosamente guardado en una maleta que conserva reliquias de batallas antiguas: algunas ganadas y otras perdidas.

Voy liando mi morcilla ancha y con el justo relleno de lana virgen de oveja, y nada tiene que ver con aquella pequeña y dura de apretado algodón que apenas cubría de oreja a oreja y que nos dejaba el trabajo en todo lo alto como la montera de un torero. “Así tengo el cuello”, pienso cuando, de reojo, miro mi reflejo.

Saco la media visera y estiro con mimo el algodón (nada de tirones como entonces) cuidando cada pliegue, cada envoltura, cada giro medido de muñeca que llevará el maravilloso saco brasileño a “su sitio”: al lugar adecuado donde siempre debería trabajar un costalero.

Éramos unos locos y hacíamos gala de lo atrevida que es la ignorancia, pero la verdad es que tampoco en otros lugares se hacía mucho mejor que aquí. De hecho todo venía de otro lado, y si ellos podían hacerlo con esos medios aquí lo único que hacía falta era echarle cojones. Y vaya si se los echamos. A otra cosa nos ganarán siempre, pero no a orgullo. Y con esas ropas pequeñas, igualando alto y trabajando más alto aún, apretábamos los dientes con chicotás de tres marchas debajo de pesos imposibles para cuadrillas con muy poquita gente. Lo dicho: unos locos, sí, pero unos locos maravillosos.

Recuerdo aquella incertidumbre la primera vez que me tiraron de la ropa y aquello apretó mis sienes. Y el olor del suavizante mezclado con la lejía, y el polvo que se desprendía de los sacos de cemento cuando saltaban sobre la parihuela de ensayo y se iban moviendo por todos lados. Ya nada aprieta y nada que no tenga que moverse se mueve. Recuerdo también la primera vez que apreté los riñones con fuerza sin saber cómo caería aquello sobre la nuca, y la bravuconería de haber superado los test cuaresmales celebrando un cambio que, una vez que se hace, ya no tiene marcha atrás.

Qué chalados. Sacar aquel misterio con seis tíos por palo pegando izquierdos casi desde adentro de la iglesia mientras, en una abarrotada plaza, sonaba “Expiración”. Salí en la izquierda atrás habiendo ensayado no más de una hora en el ese sitio... Igual que ahora, que cuando un capataz cambia a un patero hace seguimientos exhaustivos a no menos de cuatro personas para ver el que resulta más adecuado.

Imposible de olvidar aquel primer relevo al llegar a la Plaza de Bib rambla. Esa entrada de aire en el pecho al ponerme de pie afuera del faldón rojo, con la cara congestionada por los kilos. Ese bienestar de poder estirarme y beber agua a plena luz. Aquel era un bendito paso de ciegos en el que la luz era un bien escaso.

Ahora estiro con cuidado el costal y lo lío con delicadeza para abrigarlo con la faja y meterlo en mi bolsa azul comprada solo para eso. Nunca fui de los que abandonan su ropa de trabajo en cualquier sitio para tomarse una cerveza. Me merece tal respeto que no me sentiría bien conmigo mismo si lo hiciera. Son los trastos del “Señor” y de su “Madre”.

Mal se tiene que dar la noche para que no triunfemos ensayando: ropa térmica, salgo sin reloj y mañana no trabajo, cuadrilla doble, buen ambiente, trabajo técnico, amigos ávidos de un buen “tercer tiempo” digno de los All Black… cómo ha cambiado todo y cómo he cambiado yo, me digo en silencio mirándome los ojos en el espejo. Pero, lo mejor de todo es que (después de veinticuatro años de pelea y aprendizaje bajo las trabajaderas) sigo teniendo ganas de vivirlo como aquella primera vez que se me abrieron las jambas de la puerta del Domingo de Ramos.

Quién pudiera echar atrás las manillas del tiempo para, con todo lo que ahora sé, poder sentir de nuevo en mi cuello la feliz incertidumbre de aquella primera vez.

Álvaro Luis Barea Piñar.

Sólo puedo decir: ¡qué bien escribes, Alvarito!...y muchas gracias


fuente fotografía: www.hermandadesgranada.com

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