lunes, 28 de noviembre de 2016

Melancolía...

Me gusta este estado de ánimo, si es que se le puede llamar así, en el que mezclo tantas emociones en un vaso calentito de café y lo remuevo lentamente mientras miro por la ventana, cerrada, para no dejar entrar el frío de la mañana.
La lluvia ha vuelto a dejar su húmeda huella sobre los cristales, el vaho propio de la diferencia de temperatura permite que mi hija desate su vena artística en ellos, mientras que mi mujer anda por ahí, diciendo no se qué de la niña y los dedos. Me afano en no pensar, sólo me abandono a la imagen de la ventana, en la que la planta se desvive por tomar algo de calor que no acabe por congelarla, y el nublado de fuera, la caída intermitente del agua, el frío matutino, y el pijama que aún llevo a pesar de la hora, me siguen hablando de domingos de invierno, y de melancolía...

sábado, 26 de noviembre de 2016

sin lógica...


Nos empeñamos en buscar la felicidad en las cosas materiales de este período, indefinido en el tiempo en el que las realidades van anulando a las ilusiones, que es la vida, desoyendo las voces que nos hablan de que ser feliz es una actitud; no existe la felicidad, no nos empeñemos, está en nosotros, y en cómo afrontemos las cosas que hacemos. Nos pasamos los años esperando que venga un tren al que subirnos, ése que pasa sólo una vez, pero lo cierto es que estamos tan cegados, mirando al horizonte por si lo vemos venir, que no caemos en que lo estamos esperando en una estación fantasma por la que los únicos trenes que pasan son los del olvido, mientras obviamos una mano que nos acaricia y nos necesita para ser su guía en este mundo...

Hay que ser feliz, tenemos que ser felices, no por nosotros, sino por los demás, para que ellos sepan que forman parte de nuestra felicidad y que no piensen que lo que hacen es inútil...una pareja estable, unos hijos maravillosos, un trabajo, tiempo libre,...a veces esos pilares tan importantes no son para nosotros más que tabiques insignificantes sobre los que se sostiene una vida construida esperando lo bueno del mañana...hoy es mañana, no hay loterías, no hay tiempos mejores que no sean los que vivimos junto a los nuestros, cada día; no hay otra vida futura en la que tendremos mejores cosas, aunque la esperanza sea lo último que se pierda. Después, cualquier tarde, te asomas a internet y una noticia te hiela los huesos, una foto te sobrecoge, y comprendes que la mayor felicidad es poder darle un abrazo y un beso enorme a tu hija al despertarse, mientras ves el dolor desgarrador de un padre diciéndole adiós, definitivamente, a la suya... 

Maldito cáncer, maldito seas mil veces...

(a Jessica Whelan, y a su familia, con todo el dolor que me cabe en el alma)

(Fuente fotografía: https://es-es.facebook.com/Afightagainstneuroblastoma/)

lunes, 18 de julio de 2016

Arterias y venas...


Al final de nuestra vida, sólo dudas...
Al final de mil caminos, más principios...
Al final de nuestra historia, sólo epílogos.
Al final de tus tormentas, cielos rasos.
Al final de tantas cosas sólo queda
lo que puedas recoger en unas cajas.
Al final de una pared que queda blanca
un lamento por no haber comprado tinta.
Al final, la cuesta arriba que nos lleva
a esos sitios donde a veces ni miramos,
al final sólo tú, con tus cavernas,
al final sólo yo, y nos besamos.
Al final de una foto en la distancia
lo que miras al tenerla entre las manos;
al final son mis arterias y tus venas,
que se vuelven a unir si nos miramos. 

lunes, 16 de mayo de 2016

Calles sin tiempo...

Por las ciudades sin tiempo deambulan transeúntes de distintas épocas, aliñando con sus  tipismos la riqueza de las mismas, y es que no hay nada como un paseo por una calle de ventanas conservadas para darte cuenta de que no somos más que una mínima pieza en el descomunal puzzle de su historia.

A lo mejor, precisamente eso es lo que buscamos cuando avanzamos mirando a todas partes y a ninguna en concreto, intentando llenar nuestro vacío con los excedentes de recuerdos de esa calle en la que vivieron los que apenas conocimos, o donde jugamos sin habernos parado a disfrutarlo.

Que el tiempo corre siempre en nuestra contra no es algo nuevo, por lo que cuando queremos detener el tren de la vida no acertamos a señalar la estación adecuada, y la que elegimos puede que sea solamente un señuelo que nos distraiga de las importantes. Por las calles sin tiempo vuelan voces de niños que son ancianos y reprenden a otros niños en sus ruidosos juegos, quizá por la rabia contenida de ver cómo el que ellos fueron dejó de existir hace tanto tiempo, que las nuevas risas son dardos que se clavan hondo, tan hondo, como las arrugas que, en sus rostros, marcan el pulso de la dura existencia de penurias y hambre. Tras las rejas se esconden largas pestañas que enamoraron a quién sabe qué tipo de hombres, y que ahora besan los nietos una vez por semana, y las macetas ocultan otras manos diferentes que las riegan en el mismo sitio, pero de distinta forma.

Coches que pasan lejanos, llevan en su ruido la rabiosa actualidad de la prisa y los motores, mientras nosotros, inmersos en ese "modus operandi" de carreras y achuchones, almorzamos deprisa, tomamos el café en vasos de cartón con tapaderas de plástico y amamos justo el tiempo que transcurre entre la cena y el sueño, que es lo mismo que no amar, aunque así lo creamos. El café sabe a achicoria, la comida sabe a tiempo mal usado y nosotros, no tenemos más remedio...

El sol inunda con su color amarillo las fachadas que permanecen, impasibles, fieles a la imagen centenaria de una postal por la que no parece pasar el tiempo, y su calor solo nos sirve para saber que llega otro verano fulminante; para pensar en las vacaciones que habrán de recargarnos las pilas de cara a otro nuevo año de trabajo, mientras cambiamos el sudor provocado por el ajetreo diario por ese otro, más llevadero, de la hamaca y el olor a espeto, mientras queremos que se pare el mundo y que el mar nos dure siempre, por lo menos, hasta que pasemos a engrosar la lista de transeúntes de nuestra época, en esas calles sin tiempo...


lunes, 2 de mayo de 2016

caja de zapatos...

A veces, cualquier historia de amor, cabe en una caja de zapatos...
 
 





viernes, 29 de abril de 2016

Uno que no olvidaré...por Roberto Calvo (Pope)

Desde Algeciras, desde la mismísima Cuesta del Rayo donde Jesús ora en el Huerto cada Domingo de Ramos, me llega esta colaboración que huele a mar y a Olivo...

  
Lo que yo recuerdo

            De todas las memorias desconfía, más aún de la que con pasión regresa.

Una de tantas buenas cosas que aquella bitácora costalera de Oido tres pasos. me regaló fue la de tratar con otros locos enamorados de nuestro oficio. A algunos les puse cara y cercanía. Uno de ellos es El Abuelo, costalero de Granada con el que no en pocas ocasiones estreché la mano a través de la palabra escrita, colaboraciones, algún robo por mi parte y en todo siempre mediando la camaradería y el afecto.

 

            Un texto me manda hacer Luís,

            me pide una experiencia,

            una sonrisa, una lágrima,

            un recuerdo.

            Aquella vez que...

            O aquella otra de quel día.

            Y yo que aún demorando

            mi respuesta en demasía,

            no quería desatender

            lo que El Abuelo pretendía,

            aquí y en esta hora la rubrico

            y juro que la tinta que lo arrima,

            brota de esta mano que es amiga,

            y mana de este corazón a su reclamo.

 

Yo siempre quise ser costalero. Aquellas Semanas Santas con mi madre y mi tía Gloria en Tierras de María Santísima no me dejaron otro camino. Si jartible mi tía, más jartible mi madre. Si Macarena la una, más Macarena la otra. Pero yo no me quedaba atrás... Si había que ver La Paz por el parque y llegar a ver La Cena por la calle Sol para seguir con toda una tarde de bulla, almendras fritas y papelón de pescao rematando la jornada en el Postigo con La estrella había que darle al zapato de estreno de lo lindo y a mí todo aquello me soliviantaba de tal manera que nunca fui un lastre para aquellas dos locas, Santas Justa y Rufina de mi Sevilla más íntima y querida. Aquellos dos atlantes, seguramente aún "de los profesionales", que apurando un cigarrillo se abrían paso entre las filas de nazarenos me ensimismaron. Las alpargatas, aquellos bastos pantalones arremangados, la camisa pegada al cuerpo empapada en sudor y aquellas cosas en la cabeza. “Mira los costaleros”. Yo ya los estaba mirando, no podía dejar de hacerlo. Después de aquella revelación y ver aquellos pies que bajo los faldones hilvanaban adoquines ya nada fue igual. ¡Niño, mira La Virgen!, pero a mí se me iba la vista al suelo sin poder evitarlo. Qué flechazo, qué Epifanía. Mamá, yo quiero ser costalero. Cuantos paseones a los taburetes de la cocina y cuantas chicotás eternas bajo los faldones de la mesa camilla. Mi padre me enseñó a tocar el tambor, algo es algo. Siempre un Paso y siempre mirar a sus pies. Sevilla, Semana Santa, los bares y sus fotos con ellos de sepia y gris, las calles de Sevilla y sus Iglesias así de bruces. Todo me conducía irremediablemente a aquella idea que se desbocaba en mi cabeza de tal forma que aún hoy pienso que si no existiera esta forma de sacar las cofradías a la calle no me gustaría tanto como me gusta nuestra Semana Santa.

Vengo a vivir a Algeciras y Sevilla me dice hasta pronto. Los años pasan, la fiebre no. Llegan los pasos al fin, furtivos pero llegan. No como yo los soñaba pero llegan y se acrisolan para siempre en ese poso que deja el metal fundido de las pasiones. Pasa una década y luego otra, las Semanas Santas vienen y la vida se va con ellas. Se ganan las peleas, se pierden pocas, muy pocas, ¿ninguna?. Se aprende este oficio y se sigue aprendiendo siempre, siempre de frente, de frente como se miran los hombres, esos mismos hombres que se comen a besos tras jurar faldón.

Alguno de mis mejores amigos me los han dado los pasos. Mi compadre y mi grandísimo amigo toda una vida conmigo ahí abajo. Te echo de menos pero qué bien te queda la gorra. Mi sobrino de mi alma, que se ha convertido en un gran peón mejor de lo que Manué llegara nunca a admitir. Mis niños de los pasteles por los que siento devoción y orgullo. Albertito Jaén, de los locos de verdad de esto. Qué pena Gómez de esos tres años extraviados. Cristóbal, Jordi, Gufli, los Barea, “El Moro” (eres un peonazo Jesús), … tantos y tantos. Ay, mi Difarque.

La casa de mi hermana es una fiesta el Domingo de Ramos. En el corazón del barrio, a escasos metros de las Puertas que cuando se abran (con la venia a las seis de la tarde más bonita del año) pararán los pulsos al contraluz de la Cruz de guía de La Cuesta del Rayo, se dan cita tres generaciones. El menú, el mismo desde 1986, ensaladilla rusa y filetitos empanaos. Los dulces los trae Manuel y a la hora del café ya no se para allí. Besos a las madres y a los hijos, la señal de la cruz antes de salir del portal y lo que venga este año que lo sepamos recibir… En el 24, cuartel general de la cuadrilla del Olivo, los de negro y la gente de abajo velan armas y Luís no se aclara este año tampoco… A vestirse la cuadrilla de salida y la calle Corpus Christi cambia su nombre por el de la calle de los valientes. La locura tiene nombre, yo bien lo se.

Un Domingo de Ramos en mi barrio no se puede explicar, hay que vivirlo. Hay que entregarse a los acontecimientos con el primer botón de la camisa del alma desabrochado. Lo que ha de venir no existe en otro sitio, con sus virtudes y sus defectos pero genuinamente de La Cuesta del Rayo. La salida y su barrio esperando, las manos arrugadas de las abuelas perfumando la celosía de un castillo que se desmorona y se vuelve a plantar desafiante, sobre los pies, costero… Se va El Olivo y llega Ella. La Primavera llega este año también bajo palio. El eco de la marisma acuna a toda la calle que ya no cabe en si misma. El primer platillazo es la señal pactada y todo estalla y se desborda. La cofradía se marcha camino del centro de la ciudad y el cortejo lo empiezan y acaban los vecinos que ya no dejarán sola a su hermandad hasta que no vuelva a su casa. Cumplido el tramite de la estación de penitencia, la voz rota lo anuncia, vamonos pal barrio. La calle de Mónaco es oficio y costalería, el pundonor es la calle Sevilla. Parque de María Cristina, Getsemaní, las saetas a porfía, el rumor de un fuerte de bajos que nos alcanza bajo la bóveda centenaria del Paseo de los voluntarios. La Flor más bella de estos jardines llega, pasa y perfuma la noche. No hay más cera que la que arde y no hay otra luz en el parque. Cuando dejemos atrás la reja de Capitán Ontañón ya no quedará nada. En tres suspiros de nuevo en casa, otro año más y que por lo menos vengan igual que este.

El mes de Septiembre de 2009 el almanaque se vistió de plata. De esa misma plata, la que se le regateó a los diteros en los tiempos del hambre y la fatiga, la de las alhajas y sortijas de ida y vuelta, de la plata que dormía arropada en los pañuelos de las abuelas, los vecinos soñaron una corona para su Reina y ya de eso habían pasado veinticinco años. Y por veinticinco Domingos de Ramos valió ese día. Ya no se puede ir más guapa ni se puede andar mejor. Los grandes debajo de La Virgen de sus entretelas soñando despiertos aquella noche infinita. Ese día yo iba debajo de mi Virgen del Buen Fin, mi otro padre y su hijo también allí abajo conmigo, con Ella, siempre con Ella. Eso ya no me lo quita nadie. Gracias Madre por tanto y por esa vez.

Treinta Domingos de Ramos dan para mucho. Soledad, Buen Fin, Amargura, Lágrimas, San Roque, La Trinidad, El Corpus, El Olivo… El Señor de la Oración. Una nómina plagada de buenos recuerdos, de lecciones bien aprendidas por la cuenta que a uno le trae, de buena gente y de gente güena, de risa y llanto, de orgullo y sacrificio, de una vida entera debajo de los pasos que se me ha hecho corta. Qué no daría yo…

Querido Abuelo, me pediste algún recuerdo y ahí tienes algunos de los que con más cariño albergo. El último que hoy te brindo aún no ha terminado de ser y ya es el más preciado. En el 2014 vino al mundo mi hijo, su primer domingo en el mundo, adivina, un Domingo de Ramos. Con seis días de vida asistió a la salida de la que ya era su Hermandad. Entre las sábanas de su capazo las estampas que deslizaban las generosas manos de los costaleros amigos de su padre que ese año por mor de una lesión, las cosas de la vida, cambiaba el costal por el traje y la corbata. La primera levantá en la calle “por El Pope que no está con nosotros este año y por su hijo que está delante del Cristo”. Al año siguiente El Pope si estaba y su hijo, con su medalla y sus ojos abiertos de par en par devorando otro precioso domingo, también. Este año, a falta de dos semanas para cumplir los dos años, se ha pegado una Semana Santa de categoría el prenda. Y como yo jugué el juega ya a ser costalero, se pega sus buenas levantás, “ta yé” dice con su media lengua, “pumba” y a volar el tío. Las marchas no pueden faltar a la hora del desayuno y ya se sabe el nombre de más de uno de la cuadrilla de su padre. La Jirjen y el Jeñó me lo amparen siempre. Hablando con mi compadre hace un año salió el tema de la retirada de los pasos, yo le dije qué aún sabiéndola cercana estaba preparado para irme cuando tocara, pero también muy contento por haber podido volver a vestirme de costalero con mi niño en el mundo. Le dije a mi compadre que nada me gustaría más que disfrutar algunos años más para que mi hijo me recordara de costalero, “es muy pequeño y no se acordará” me dijo y tres palabras, tres aldabonazos estallaron en mi boca: Pero yo si.

Gracias, amigo, por tus palabras. Un abrazo desde Granada.
 
 

miércoles, 27 de abril de 2016

desde abajo...

A la mujer se la mira a los ojos, porque no hay nada más bonito en una mujer que el brillo de los mismos cuando sonríe, cuando se siente realizada, cuando es feliz y cuando sabe que es querida. Para mí, curtido en la más prestigiosa escuela de la timidez, y licenciado "cum laude" en la homónima facultad, nunca me ha resultado fácil (ni me resulta) mirarlas a la cara, y muchísimo menos decirles algo. Siempre he visto como alguno de mis amigos, más versados que yo en esto del galanteo, conseguían con pocas palabras y alguna sonrisilla lo que a mí me llevaba días lograr, tal es la magnitud de mi nerviosismo cuando me embarco en estas lides, así que me ha costado más de un disgusto (y de dos) mis encontronazos con el otro sexo, que no sé qué tiene de débil.
 
Una mujer se parapeta tras la cortina de sus pestañas, te observa y con sólo decir tu nombre ya te tiene a su merced, por lo que si en tu entendimiento atisbabas algo de solemne valentía, con fijar sus ojos en los tuyos bastaba para desarmar el tinglado que se mantenía, a duras penas, en tu boceto previo de la escena. Nunca he estado cómodo cuando una mujer libera sus armas y te roza con la mano, y casi siempre me han pillado distraído al mostrar lo que ellas llaman "indirectas", por lo que nunca las he cogido y me ha costado Dios y ayuda acercarme a ellas, cosa que no ha cambiado mucho al alcanzar la "madurez" y aun mi timidez me juega malísimas pasadas cuando alguna cliente me suelta un piropo al despedirse de mí en la tienda para agradecerme la atención prestada, hasta el punto de que, a veces, llego a reaccionar como un imberbe adolescente en lugar de como debería reaccionar el hombre que se supone que soy, y es que cuando uno es tímido, no hay nada que hacer por mucho que lo intentemos.
 
Por eso, como no podía mirarlas a la cara sin sentir que mi estómago se revelaba, empecé a descubrir el maravilloso mundo del calzado femenino, desde el tacón más sofisticado hasta la simple zapatilla de estar en casa que, puestos en un pie de mujer, hasta parecen ascender de categoría, por lo que sigo deteniéndome un rato a seguirlas con la mirada cuando alguna pasa por mi lado...botas altas a media caña, botines, "sabrinas", sandalias y demás, siguen siendo un mundo fascinante al que no puedo renunciar, mucho menos cuando tengo una cámara en las manos y, claro está, ellas se dejan...alguna ventaja tenía que tener el llevar tanto tiempo mirando a las mujeres...desde abajo. 


viernes, 15 de abril de 2016

Uno que no olvidaré...por David Rodríguez-Muriel

"Se las trae el encargo y no sabe ya uno si es la edad la culpable de que cumpla yo con la difícil propuesta que me haces, hermano mío. Porque a ese "momento especial de la Semana Santa, de mi Semana Santa", que me propones, te diría que quedarme con uno es como el padre que abandona a uno de sus hijos. Qué tópico eso de "puestos a elegir", pero ahora mismo sería el de aquel 17 de Marzo de 2008, seguro que tú lo suscribes. Fue un sueño acariciado durante dieciocho años, mes arriba o abajo, y fue ponerle pies a la primera salida de Nuestra Madre y Señora de la Consolación. si Dios quiere, con esta de 2016, Magna Mariana incluida, serán diez las citas las del "palio imperio" con Granada. Nueve con la sensación de compartir un estilo costalero alejado de los públicos multitudinarios. ¡El nuestro!. 
 
A continuación, me pides, hermano de mis entretelas, que te cuente ese "momento histórico cofrade inolvidable"; ¿me dejas que sean dos? Si es así, el primero fue la llamada de un invidente, que nos premiaba, recién terminada la Semana Santa, a los que pusimos voz en Canal Sur Radio a El Llamador de Granada. En esa Pascua nostálgica de pasos y vivencias, nos daba las gracias por haberle hecho ver a través de nuestras retransmisiones, la Semana Santa de Granada.
 
Pero sin duda, en mi intrahistoria, quedará un ritual al que afortunadamente pudimos ponerle fin paco Estarli y yo. En aquellos años, me era imposible procesionar con nuestra Hermandad y, micrófono en mano, se producía una amarga despedida entre ambos, siendo testigo el Señor del Rescate. Cuando su paso tomaba ya la primera de las calles, Paco se marchaba rumbo a san Antón y yo tenía que seguir la batalla de la radio. Y entonces, cogía mi medalla y me aseguraba que, junto a él, hacía yo también Estación de Penitencia, debajo del Cristo san Agustín. Pude, el pasado 2015, devolverle el pago.
 
Seguro creías, hablaría de un Pregón Oficial. Ése, ni fue ni es mío, siempre era para Granada.
 
Asomarse a esta Ventana es un lujo. Eternamente agradecido. Eternamente tuyo."
 
Gracias a ti, David, por querer asomarte a tu Ventana y, sí, ese dos mil ocho fue, como me dijo un gran amigo, casi "místico". Un gran abrazo

 

miércoles, 13 de abril de 2016

Ciudad...


La ciudad que yo recuerdo se parapeta tras las mismas esquinas desde las que le gritaron guapa los mismos que reniegan de ella; se oculta bajo el sol que la aturde en verano y le presta su característica luz cuando Dios deja que su Hijo y su Madre la recorran por una Semana, y se hace grande en los versos de sus poetas, leídos hasta la extenuación en las casas de su barrio más famoso. La ciudad que yo viví no es, ni por asomo, la que vivo ahora que tengo que mostrársela a la que me lo pide entre sonrisas, ni la que le enseñé a su madre cuando cada calle y cada acera parecían estar más enamoradas que yo, y es que mi ciudad es mía, y de todos, porque cada uno la siente de distinta manera. Puedes descubrirla de nuevo sólo con pasearla con alguien distinto a ti, o tan parecido que te va a mostrar tus lugares bajo su perspectiva, y entonces te das cuenta de que la riqueza de una ciudad está en cómo la viven, y la interpretan (que diría Barbeito) sus ciudadanos.

Mi ciudad no es sólo una sierra que esquían los foráneos, ni un puerto sin barcos que la hagan crecer, parece que no siente ni padece cuando le roban lo suyo, y lo poco que le queda se lo gasta sin saber. Mi ciudad, la quiero y la necesito, y por eso me enfado cuando veo como la tratan, alejándola del progreso que a todas sus hermanas les llega y dejando que se seque, mientras sus vecinas se enriquecen a su costa. ¡qué pena me da mi tierra!, cómo me duele ver que explotan sus bienes personas que no han nacido aquí, y sacan beneficios de un nombre que no les corresponde, mientras sus gobernantes se rascan la barriga y miran para otro lado. Traidores, más que traidores, que han usado los votos para avergonzarnos aún más...casi prefiero los tiempos en que tardábamos dos horas en llegar a la playa por carreteras secundarias, que estos en los que la hora que nos lleva cubrir esa distancia nos da vergüenza por los años que han tardado en construirla. Mi ciudad es el culo de una comunidad autónoma que sólo la usa para mandar a sus ciudadanos a la Alhambra, y a la que niegan el saludo sus dirigentes mientras los granadinos nos conformamos con mirar su paisaje...ay, cuando veo cómo otras ciudades han resurgido de sus cenizas estando a la cabeza del turismo y llenando sus calles en sus días grandes, mientras mi Granada llora en silencio la gloria que nunca retuvo, y los años en los que en ella habitaban los grandes... 

lunes, 11 de abril de 2016

Junio...

 
Empiezo a soñar un Junio distinto, en el que el silencio en marcha se torne, en que la Magdalena y san Juan te esperen en casa para dejar que Tú vayas, sola, al encuentro de tu gente. Empiezo a soñar y verte entre el incienso, cuando a tu cara le llegue la luz de la tarde, y me pregunto si sabré reconocerte bajo un palio que evoca, chicotás de otros Lunes que ya quedan distantes. Quiero que llegue la tarde calurosa en que tu salida no suene a llanto y a muerte, que salgas a Granada, que te sientas hermosa, y que brote tu sonrisa y que la música suene...quiero que tu nombre no se pronuncie en silencio, como en las noches de marzo que transcurren silentes, sino que todo se convierta en noche de júbilo, y no lloren los pabilos su cera penitente. Que Junio nos reúna para celebrar contigo, veinticinco septiembres que llevas con nosotros, y que tu gente le preste a los que un día fuimos, un huequito en la gloria para poder mecerte...
 
llevo soñando esto desde que el Lunes Santo, cerró sus frías puertas hasta el año que viene, llevo soñando despierto con el Junio que espero, aunque no sé si quiero que llegue realmente. Quiero soñar, y sueño, porque tu Hijo lo quiere, con veinticinco años nuevos para rezarte siempre, para seguir mirando reflejada en tus ojos, la vida de hermandad que tu cofradía tiene. Déjame, Madre Mía, soñar con el verano, que el que sueña te siente más cerca todavía, y que esa tarde única de marchas tras tu palio, se renueven los "votos" que te hiciera aquel día en que quisiste unir, por siempre, tu historia con la mía...  

lunes, 4 de abril de 2016

Y te has ido...


Y te has ido, con esa solemne elegancia que tienes tan personal que no hay dos como Tú, por mucho que me quieran convencer, y es que contigo tu escultor rompió el molde y destapó el frasquito de las esencias de la finura, la belleza y la dulzura. Te has ido, como viniste, de frente y muy cortito, a los sones de la banda que nos hizo creer, a los tuyos, otra vez, en la música cofrade, tan cansados como estábamos de aprendices tras tu manto, ése que el pregonero llamó "exigente", y al que le han faltado al respeto tantas veces...te has ido, pero te has quedado, porque cierro los ojos y revivo cada uno de los momentos en los que he disfrutado, gracias Señora otra vez, en una énesima ocasión, y no puedo apartar la vista de Ti, de tu paso, de tu cara, de tu garbo, de tu hermosura, y sólo puedo sentir lo que siento con tu permiso, el que le concedes a los que cada año deambulamos a tu alrededor tocados por la arpillera o en terno negro para tocar tu plata.

No es fácil, Tú lo sabes, lo llevas sabiendo desde que aquellos alumnos decidieron fundar una cuadrilla para Ti, y aún hoy recuerdan vivencias estudiantiles en los pasillos que albergan tu última "igualá", la que precede a la gloria que es llevarte por las calles. ¿Qué puedo decir yo que no sepan ellos que estudiaron junto a Ti?...no soy digno de enarbolar siquiera la bandera del orgullo que tengo de ceñirme el costal cada Viernes Santo, pero ellos me dejan, en su nombre, hacer mías sus historias para enriquecer tu legado, que muy pronto crecerá con las mías cuando deje tus trabajaderas y los que vienen empujando hagan suyas mis vivencias. 

¡Qué bonito ser de Ti! ¡qué bonito! ¡bendito sea el que me dijo aquella vez que me fuera a tu vera y me permitió conocer la manera que tienen los tuyos de tratar a los nuevos!, una vez llegué a llevarte y mil veces me has devuelto bendecido. ¡Qué orgullo escuchar lo que te dice Granada desde tus palos! ¡qué manera de rezar la de tus hijos!...

No es fácil llevarte, créeme Ángel Mío, pero lo hacemos por Ti, y por el que llevamos al lado, y detrás, y delante...por nuestros hijos que te miran desde fuera y te quieren por ser especial para sus padres, y por esos otros que engrosan tus filas y van sonrientes a pesar del frío, y del largo recorrido, sólo por ser parte de esta historia de familia, de puentes, de escuelas pías...lo hacemos por las madres que nos esperan en el relevo, si lo tenemos, y por las que se sacaron un palco eterno en la tribuna de los cielos no estrenados. Lo hacemos por las esposas, y las hermanas, por los que fueron tuyos y te ven venir, y por los que reclutas cada año de entre las aceras que te observan...

No es fácil, porque un Viernes Santo no todo el mundo es capaz de buscar tus trabajaderas y los que lo hacemos, nos vamos a la calle casi sin relevo a las órdenes de un sabio medio loco al que envidian lo mismo que critican, y al que odian lo mismo que necesitan...no es fácil, porque cincuenta hombres parecen pocos para tu empresa a los ojos de las barras de bar, pero se transforman en cien corazones que resultan más que suficientes porque llevan, en el mismo bolsillo de las estampas con tu cara, la humildad, el compromiso y la casta necesaria para darte un paseo que haga temblar hasta los adoquines de aquel que ha aguantado "mil Geniles" (gracias David, te la robo)...así es, no hay más, sin titubeos, sin estridencias, debajo de tus palos prestan servicio las mejores estirpes costaleras, y en cada revuelta de tu manto, Escolapia, llevas un poco de Rosario, de Estrella, de Reyes, y a tu cita acude la vega y la costa para llorar tu llanto, mecer tu palio y enamorarse de Ti como lo está éste que no sabe si te habla o te sueña...no es fácil, pero Tú lo consigues al final porque después de todas las mentiras de la vida, ¡qué afortunados somos!, nos queda la verdad del Viernes Santo...va por vosotros, hermanos, qué bonito es llevarla por las calles con ustedes...

viernes, 4 de marzo de 2016

Uno que no olvidaré...por Álvaro Barea

Muy cerca en el desarrollo de nuestra labor profesional, él entre arte y yo entre gafas; muy cerca en la última trabajadera del que es Sagrada Protección para Granada, y entre primera y segunda en el verde palio de la Esperanza, dando todo lo que se espera de nosotros, y mucho más. Muy cerca, Álvaro, así te encuentro siempre...


Aquella primera vez

 Hay días que, en casa, liando yo sólo mi costal con la ayuda de la pata de una butaca, recuerdo las sensaciones de aquella primera vez y me siento viejo. Es curioso cómo ha evolucionado todo.

Aquel primer costal que yo me puse para sacar un barco como la Cena en el año 1994 lo ha usado a modo de juego mi hija para salir en la procesión infantil del Niño Jesús Nazareno de la Esperanza. La misma ropa de fina arpillera dorada a base de lejía, con ese tamaño mínimo que recuerda más a un pañuelo de la Macarena que a la herramienta de un trabajo rudo. Con su Señor de la Eucaristía serigrafiado en blanco y negro. Veinte años ha estado primorosamente guardado en una maleta que conserva reliquias de batallas antiguas: algunas ganadas y otras perdidas.

Voy liando mi morcilla ancha y con el justo relleno de lana virgen de oveja, y nada tiene que ver con aquella pequeña y dura de apretado algodón que apenas cubría de oreja a oreja y que nos dejaba el trabajo en todo lo alto como la montera de un torero. “Así tengo el cuello”, pienso cuando, de reojo, miro mi reflejo.

Saco la media visera y estiro con mimo el algodón (nada de tirones como entonces) cuidando cada pliegue, cada envoltura, cada giro medido de muñeca que llevará el maravilloso saco brasileño a “su sitio”: al lugar adecuado donde siempre debería trabajar un costalero.

Éramos unos locos y hacíamos gala de lo atrevida que es la ignorancia, pero la verdad es que tampoco en otros lugares se hacía mucho mejor que aquí. De hecho todo venía de otro lado, y si ellos podían hacerlo con esos medios aquí lo único que hacía falta era echarle cojones. Y vaya si se los echamos. A otra cosa nos ganarán siempre, pero no a orgullo. Y con esas ropas pequeñas, igualando alto y trabajando más alto aún, apretábamos los dientes con chicotás de tres marchas debajo de pesos imposibles para cuadrillas con muy poquita gente. Lo dicho: unos locos, sí, pero unos locos maravillosos.

Recuerdo aquella incertidumbre la primera vez que me tiraron de la ropa y aquello apretó mis sienes. Y el olor del suavizante mezclado con la lejía, y el polvo que se desprendía de los sacos de cemento cuando saltaban sobre la parihuela de ensayo y se iban moviendo por todos lados. Ya nada aprieta y nada que no tenga que moverse se mueve. Recuerdo también la primera vez que apreté los riñones con fuerza sin saber cómo caería aquello sobre la nuca, y la bravuconería de haber superado los test cuaresmales celebrando un cambio que, una vez que se hace, ya no tiene marcha atrás.

Qué chalados. Sacar aquel misterio con seis tíos por palo pegando izquierdos casi desde adentro de la iglesia mientras, en una abarrotada plaza, sonaba “Expiración”. Salí en la izquierda atrás habiendo ensayado no más de una hora en el ese sitio... Igual que ahora, que cuando un capataz cambia a un patero hace seguimientos exhaustivos a no menos de cuatro personas para ver el que resulta más adecuado.

Imposible de olvidar aquel primer relevo al llegar a la Plaza de Bib rambla. Esa entrada de aire en el pecho al ponerme de pie afuera del faldón rojo, con la cara congestionada por los kilos. Ese bienestar de poder estirarme y beber agua a plena luz. Aquel era un bendito paso de ciegos en el que la luz era un bien escaso.

Ahora estiro con cuidado el costal y lo lío con delicadeza para abrigarlo con la faja y meterlo en mi bolsa azul comprada solo para eso. Nunca fui de los que abandonan su ropa de trabajo en cualquier sitio para tomarse una cerveza. Me merece tal respeto que no me sentiría bien conmigo mismo si lo hiciera. Son los trastos del “Señor” y de su “Madre”.

Mal se tiene que dar la noche para que no triunfemos ensayando: ropa térmica, salgo sin reloj y mañana no trabajo, cuadrilla doble, buen ambiente, trabajo técnico, amigos ávidos de un buen “tercer tiempo” digno de los All Black… cómo ha cambiado todo y cómo he cambiado yo, me digo en silencio mirándome los ojos en el espejo. Pero, lo mejor de todo es que (después de veinticuatro años de pelea y aprendizaje bajo las trabajaderas) sigo teniendo ganas de vivirlo como aquella primera vez que se me abrieron las jambas de la puerta del Domingo de Ramos.

Quién pudiera echar atrás las manillas del tiempo para, con todo lo que ahora sé, poder sentir de nuevo en mi cuello la feliz incertidumbre de aquella primera vez.

Álvaro Luis Barea Piñar.

Sólo puedo decir: ¡qué bien escribes, Alvarito!...y muchas gracias


fuente fotografía: www.hermandadesgranada.com

jueves, 3 de marzo de 2016

18...papeletas...

Ayer corrí mucho, mucho, para llegar a tiempo después de salir del trabajo a recoger las dos papeletas de sitio que, este año, me van a permitir "tocar el cielo con las manos" parafraseando a Barbeito, ya que la tercera, mi Lunes Santo, se queda vacío por mor del trabajo, tan necesario. En mi trayecto, del puente romano al viejo los Cármenes, me ví sacándola por vez primera, aquella vez de nervios e inseguridad, en el locutorio de un convento en el que no se cabía, y en el que la pequeña habitación rebosaba de túnicas, casi sin dejar espacio para más. Lo bueno de aquellas veces primeras, es que después de sacar la papeleta podías bajar los dos escalones que preceden la capilla y pararte a conversar con Ellos, y pedirles fuerzas para llevarlo a Uno, y longevidad costalera para llevarla, a la Otra. Me ví, en la segunda planta de la casa parroquial, las marcas del paso del tiempo en las manos, tan diferentes de esas que sostenían el costal y la faja negra, esa otra vez primera en escolapios. 

El tiempo, inexorable, me ha hecho crecer en experiencia, sacar muchos pasos, conocer mucha gente, añorar a otra, y mirar con ojos diferentes el andar de mi Cristo y de mi Virgen, ojos que me hacen comprender que ya no soy el mismo, y que Ellas siguen igual de bonitas que siempre. 

Finalmente, al retirarla en los bajos del edificio esparta, me volví a ver, joven, cuando ensayábamos, reíamos, y hasta bebíamos y comíamos en ese pequeño local, que ahora ya no alberga el bullicio costalero, "exiliado" a un polígono industrial tan frío, que hay que parpadear varias veces para que no se te escarchen las pestañas. 

Un trayecto, el de ayer, que me ha hecho llegar a una conclusión contundente, demoledora, tan rotunda como el nombre de la que
viste a Granada de verde cada Martes Santo, y que he tenido que compartir con vosotros, claro está, para saber si os ocurre lo mismo...la conclusión es clara, mi vida se cuenta en un sobre con papeletas... 


fuente fotografía: www.santo-entierro.blogspot.com

martes, 1 de marzo de 2016

20...Y los míos...

Una imposición de medallas en el claustro del colegio. Una salida procesional entre andamios. Una tarjeta de relevos con un relevo (al final del puente romano, a la vuelta...). Antes, aulagas, hogueras y pasos solos entrando al templo. Nombres que sólo recordamos unos cuantos. Medalla obsoleta, pero conservada. "Dolores del Cerro" en alguna calle. Cuarta trabajadera. Marines Lepe y López. Hachones sin cera sobre un canasto olvidado. Una banda, y otra, y luego otra...una Virgen especial, muy pequeñita. respiraderos de terciopelo morado. Peso, mucho peso sobre una cuadrilla descompensada, pero entregada. Juventud. Una bendición. Un dibujo en mi costal. El papa frente a Ella. Un costalero frente al Papa. Amigos. Lluvia. Domingos de Resurrección. Relevo de Las Angustias. La llegada de un paso de Madrugada. Una vida bajo sus andas. Castigos estudiantiles. Recuerdos imborrables. Traje de chaqueta negro. Costal azul. Mis hermanos y yo. Mantilla de Viernes Santo. Costalería. Capataces jóvenes. Cuadrilla Renovada. Magna. San Matías con "Corpus Christi". Rodillas sobre el suelo. ÁLvarez Duarte y Bejarano. Cornetas macarenas. Costales sevillanos. Su nombre. Su cara...De la puerta a humilladero. Catedral. "Mayor Dolor" a oscuras. Mi esposa y Ella, mi hija y Ella. Ella y el ejército del Aire. Ella siempre. Zapatillas azules, ¿calcetines rojiblancos?. Padre Miguel. Una peana prestada. Primera de palio. Mani, Quisco, Justicia. Emoción. Palabras. "Levantás". Gerardo, Chus, Valdivia, Ignacio (Nacho), Torices, Valeriano, los Pontes, los Huertas, Fali, Miguel Lorenzo, Santana, Pepino, ¡Ricardo somos todos!...historia. recuerdos...todo eso, y lo que me queda, se me viene a la memoria ahora que el palio espera, una vez más, para que se unan sus recuerdos, y los míos...


Fuente fotografía: Lolo Valenzuela

viernes, 26 de febrero de 2016

Uno que no olvidaré...por Jose Carlos Martos

Úbeda,...la monumental ciudad donde Cristo es Sentenciado dejando a su Madre sumida en un mar de Penas, y cada Madrugá de Jueves a Viernes Santo suena a los sones de su banda, y al racheo de sus costaleros...desde allí, un soplo de aire con aroma a Olivo para compartirlo con todos vosotros:

   "Recuerdo con especial cariño, dentro de mis vivencias costaleras, la pertenencia a la cuadrilla de costaleros del Stmo. Cristo de San Agustín.
             
   Como en todo lo relacionado con lo referente al costal “granadino” llegué de la mano del “abuelo”, el año anterior había sufrido un “leve fiasco” en mi intento de formar parte de una cuadrilla granadina, y Luis Francisco, conocedor de mi decepción, me invitó a acudir a la igualá de la cuadrilla del divino protector. Aquella invitación no quedó en el olvido, y allí que me presenté a pedir sitio.
Siempre he sentido especial devoción por el crucificado de San Agustín, las cuadrillas de silencio me llaman especialmente y me gustaba el trabajo y las formas de la cuadrilla comandada por Miguel Almagro, a la postre sería su último año.

Estaba bastante ilusionado con la idea de poder entrar, y ese fue el pensamiento que rondaba mi cabeza durante todo el camino desde Úbeda a Granada el día que teníamos la cita; finalmente tuve hueco y junto conmigo entró mi buen amigo y compañero de batallas Pablo Moya.

Solo un año estuve bajo sus trabajaderas, pero disfruté enormemente los ensayos, aprendí y conocí gente estupenda;y el Lunes Santo rebasó ampliamente mis expectativas, no olvidaré el racheo y el andar del Señor, de recogida en la oscuridad de San Antón.

Gracias abuelo".


Gracias a tí, siempre...

miércoles, 24 de febrero de 2016

26...la calle.

Todo llega y todo pasa, a veces tan rápido que no sabemos si ha sido real o producto de nuestra imaginación, a veces tan intenso que dura días en irse de tu mente y te deja marcado de algún modo; a veces tan lento que te permite disfrutar a cada instante de todo lo que te rodea, hasta que tus sentidos se colapsan de tanto como están percibiendo...a veces, tenemos que volver al punto exacto en donde nos gusta vivir lo mismo cada año, para darnos cuenta de que el tiempo se para y de que, pase lo que pase, seguimos siendo lo que fuímos, aunque transformados por las "inclemencias meteorológicas"...en ese punto exacto de nuestro callejero cofrade ves las mismas caras, casi en la misma posición que el año anterior, y te sientes reconfortado, como si fueran los miembros de una gran familia que se reúne cada año y que se alegran de verse. Así veo yo esa calle, en la penumbra de las luces amarillas, bajo el azulejo que nos habla de la que manda en el barrio, y con la mirada puesta en el horizonte que se desdibuja por las tufaradas del incienso...ahí me encuentro yo, entre amigos, para ver al que me pregunta cómo voy con la sonrisa en los labios a través del aumento de sus gafas; y al que me espera para fundirme en un abrazo, sudoroso, en esa cortesía que sólo tiene la costalería, cuando uno abandona el paso y el otro se sumerge en él. 

La calle, esa calle, la penúltima calle, con su pavimento gastado y su adoquín, su carga para los costeros y sus estrecheces, sus balcones semiabiertos y sus portales de toda la vida. Esa calle, en la que no sabes si es más bonito verla de frente, cuando su cara ilumninada lleva en cada lágrima un motivo para pedirle perdón por tantas cosas, o verla marcharse, cuando el cansancio de los costaleros le imprime una cadencia especial y diferente, y su manto se va alejando como se marchan las cosas que queremos. Cuando la banda se funde con las voces de la gente, las arengas del capataz, el sonido de los varales, el racheo del costalero, el bullicio de los que esperan, las puertas de un templo que se abren, el martillo cayendo sobre la delantera, y la luz de cada noche idéntica pero distinta poniéndole el color al palio, y a la calle...

Cada año la espero, la sufro, la necesito, la redescubro, la recorro y la hago mía, cada año su trazado le hace una muesca más a mi revólver costalero, y le quito un año al calendario que marca el final, cada año piso sobre pétalos al salir de ella y, cuando el frío de la noche me despierta de mi sueño, pienso en que ese día, a esa hora, en cualquier otro punto de Andalucía, alguien, como yo, estará disfrutando de su calle...

Fuente fotografía: www.pintoresusmochon.blogspot.com

lunes, 22 de febrero de 2016

28...la "levantá"

...Todos atentos...el llamador golpea tres veces y activa las neuronas, tensiona el cuerpo, conecta todas las alarmas del cerebro, y prepara al costalero para el momento crucial que decide la trayectoria de la "chicotá" y, por consiguiente, el buen desarrollo del caminar del paso. Desde fuera, parece que la gente entiende lo que va a suceder, pero no se engañen, desde fuera, ese momento sólo se reduce, a veces, a un "espera que lo van a saltar" como he llegado a oír en alguna ocasión a lo largo de mi periplo costalero. Pero, obviamente, la "levantá" no es sólo eso. afortunadamente para nosotros, para el capataz y para lo que llevamos encima.

En la "levantá", no puede haber un error, un ápice de distracción o un asomo de retraso, no se puede llegar tarde al palo como no se puede dejar de prestar atención cuando vas a suturar a una persona sobre una mesa de operaciones, o vas a hacer despegar del suelo un avión de toneladas de peso...no se puede hacer mal, porque el daño puede ser irreparable, no olvidemos que debajo van personas, y que los pasos pesan, aunque más de uno piense que jugamos. 

Cuando suena el llamador, la gente deja los comentarios y fija sus cinco sentidos en las órdenes que se van a dar desde fuera; colocada la nuca sobre el palo, las manos en el de enfrente, el costalero mueve las piernas para desentumecer los músculos si es que han estado un rato largo parados o se viene de relevo; la mente vuela, los pensamientos se centran en el aldabonazo, el "a ésta es" que es el previo a la gloria, a llevarlos sobre el cuello otro rato más, para sentir que nos renovamos por dentro, aunque por fuera parezcamos los mismos...la espera desde la voz al martillo, un sólo instante para los que contemplan la hermandad en la calle, pero a veces una eternidad para el costalero, que ansía escuchar el golpe para que se eleven al Cielo sus plegarias; y, después, el salto, los pies volando y, finalmente, el paso recogido arriba con ese sonido inconfundible de cuarenta hombres cayendo al unísono, y por igual, sobre el pavimento. El tambor que ya está marcando el inicio de una nueva "chicotá" y Ellos que marcan el ritmo de sus costaleros...ahora sí,...sólo queda ya esperar a que todo empiece de nuevo...quietos sobre el terreno, casi inmóviles, reciben la última orden antes de que el paso avance y se desaten las emociones..."oído, venga de frente"...así se siente la fe de un Semana.

Fuente fotografía: www.hermanosdelcostalmontellano.blogspot.com


viernes, 19 de febrero de 2016

Uno que no olvidaré, por Jose Antonio Ruano

Desde aquí al lado, empujando conmigo codo a codo para levantarla al Cielo, con tinta de Comendadoras y Cañilla, esa tinta especial que tiene el Realejo, me envían esto para que yo lo comparta con vosotros...Genil


"UNA ISLA EN EL RÍO GENIL
          
  Como casi en todas las cosas de la vida, y para muchos de nosotros sacar pasos es de las mejores cosas que se pueden hacer en esta vida, hay que darse distancia a uno mismo, ver dónde está, lo que hace, cómo lo hace y sobre todo, por qué y con quién lo hace. Y fue en ese mar de dudas cuando la idea que más se iba apoderando de mí era la de dejar guardados y planchados en un cajón mis costales. En ese desbarajuste que era mi cabeza se me invita a formar parte de la cuadrilla de costaleros del paso de palio de la hermandad de Escolapios. Fui muy reacio en las primeras intentonas, pero a veces los amigos no te tienen que pedir las cosas dos veces, y terminé por acceder.
En la guerra de hemisferios de mi cerebro como siempre volvía a ganar el derecho, y me enrolaba nunca mejor dicho en la aventura de sacar un paso de palio de Viernes Santo en esta puñetera ciudad que aún no se merece la Semana Mayor por la que nos esforzamos los muy pocos granadinos que seguimos apostando por lo nuestro. 

   Llegaba de nuevo a sacar un paso de palio, con lo de mucha guasa que tiene eso, o a eso me tenían acostumbrado, y la realidad de ese palio y de las gentes me trastocó por completo mis conceptos de cómo eran las cosas en las cuadrillas granadinas. El ambiente que me encontré fue como si llevara sacando ese palio toda la vida, y apenas llevaba unos minutos,  la camaradería y el ambiente que allí se respiraba era toda una novedad para mí.

   Ya han caído algunas cuaresmas desde aquella invitación a enrolarme en el barco pirata, no puedo decir hasta cuando, pero gracias a aquellos que estaban y a los que hoy siguen, disfruto mucho más de esta locura que nos embriaga a todos.

    Cuando llegues a los Basilios, echa anclas porque has llegado a una isla en pleno Genil"


P.D: la fotografía me la han enviado por móvil, de ahí la poca calidad. 

miércoles, 17 de febrero de 2016

33...la música

Cierro los ojos, me tumbo en el sillón y, con el Hi Fi al volumen justo para envolverme en las notas, me imagino esa calle en la que la luz de la mediatarde acompaña el deambular de la hermandad. Da igual si abre calle, acompasa los pasos cadenciosos del Señor, duerme a la Virgen que se ahoga en suspiros, o si rompe el silencio en la madrugada mientras un Cristo renacentista enmudece a Granada. La música, es un componente indispensable para que la emoción venga a nosotros y la Semana Santa sea Semana Santa. Da igual, no importa, la música nos pega el pellizco en ese momento en el que el cuerpo se prepara para todo lo que está viendo, el vello se eriza, el escalofrío recorre la espalda a lo largo de la espina dorsal y sacude el espíritu antes de que, al fin, aflore la lágrima y nos veamos en el mismo lugar de siempre...qué curioso, que no por vistas las mismas imágenes dejan de emocionarte...

Con los ojos cerrados, como gusto de hacer las cosas que me calan dentro, me veo pisando el adoquín de la calle que necesito para ser yo, agarrado de diferentes manos a lo largo de la vida, a cual más importante...esa mano callosa, primero, que tenía que sujetar estirando el brazo y que me hacía sentirme protegido; esa mano suave, perfumada, después, a la que le descubrí esa calle una tarde de primavera, siempre parecida, siempre distinta, cuando la música, también, me dió valor para hablarle al oído y, por último, esa mano pequeñita y regordeta a la que voy introduciendo, poco a poco, como hicieron conmigo hace mucho tiempo...da igual, creedme, en donde la escuchéis, o cómo lo hagáis, porque siempre os llenará igual y os evocará lo mismo...quizá os veáis con vuestro padre, o debajo de un paso, o abrazados a alguien, o llorando por alguien, o enseñando a alguien, o...da igual, la música, siempre, os apretará el corazón de la misma forma y, al hacerlo, os sentiréis, una vez más, vosotros mismos...
 

lunes, 15 de febrero de 2016

35...Detalles

Están ahí, pero no los percibimos. Escapan a nuestra vista, ya que estamos en otras cosas cuando salimos a la calle en Semana Santa. No están ahí por casualidad, que en lo cofrade nada se deja al azar y todo tiene una razón y una lógica aplastante. Puede que por eso ganen en importancia cuando nos damos cuenta de ellos o alguien nos ilustra al pasar la cofradía. No serán adivinados por el público de "panem et circenses" que se asoma a nuestra semana mayor rápida y fugazmente, llevándose éste una idea más que equivocada de lo que está viendo y que luego contará, a su manera, a todos sus conocidos..."yo estuve allí, y no te puedes imaginar lo bonito de...", y sí se lo imaginará, pero no tendrá nada que ver con lo que era. 

Pocos verán que esa hermandad lleva la túnica recogida, sujetada por el esparto, y menos aún que el color de la misma no importa cuando el nazareno se presenta, así, en la calle, para dejar silente testimonio de su fe; pocos verán los ángeles sentados en una peana, o las azucenas en jarritas violeteras dentro de hornacinas de ése respiradero. Pocos notarán quién lleva cuatro clavos y que no todas las Vírgenes se llaman Dolores. El paño de pureza puede ser de talla o de tela, pero ¿qué es un paño de pureza?; ¿qué es una marcha sobria? ¿en qué respiradero estaba el Cristo del Silencio y por qué? ¿quién lleva un Ángel Custodio en el entrecalle? ¿quién a la Virgen del Rocío? ¿pero qué es un entrecalle?...¿qué dices, que es una copia?. Pasará desapercibida la manera de presentar una candelería, la rectitud de unas caídas o la filigrana de un manto, porque no todo es para todos los públicos, y no se aprecia todo igual aunque estemos en el mismo sitio. Si no, todo el mundo sabría que hay Vírgenes que van bajo palio, sí, pero no lloran, y que unas tenazas pueden ser de lo más dulce de un canasto. La belleza casi humana de alguna Magdalena sobre un misterio, o la reminiscencia macarena en algún entrecejo. Un saco de monedas, unos dados, la ausencia de maniguetas, algún clavo en el que el martillo ha dejado un corazón, o rosarios que golpean algún varal, puede que nunca sean vistos, pero pienso que ahí está el encanto de este "minimundo" nuestro de la Semana Santa; precisamente, en que cuando el palio se haya ido, aplaudido hasta la extenuación aunque no lleve música, alguien le dirá a alguien si se ha fijado en tal cosa y, alguno de ellos, mirará asombrado al otro y le preguntará...¿sí?...pues eso, detalles...

viernes, 12 de febrero de 2016

Uno que no olvidaré...por Jose Canalo

Desde Sevilla, me llega con aroma de azahar un recuerdo de Miércoles Santo...granadino...

"Mañana del treinta y uno de Marzo en Sevilla...un despertador sonaba, si es que hacía falta que sonara. Junto a mi cama, descansa una sudadera roja con las siete letras que forman tu nombre, Rosario y, encima de ella, acurrucado, mi blanco costal. Blanco como una ilusión y, en la barriga, mariposas que revolotean en mi interior.

Llega la hora de irse, doscientos cincuenta kilómetros no son nada si la que me espera es Granada, y casi sin darme cuenta ya estaba allí, en la calle Ganivet, esperando el relevo. Se adivinan los ciriales, un tronar de tambores avisa que llegas y me gustaría parar el tiempo, porque no sé si el sueño empezaba ahora, o era ahora cuando iba a acabar...Te acercas, y una furtiva lágrima moja mi cara...

Me acuerdo de todos los viajes, de aquel miedo de no volver a verte, de tener que olvidarte como aquel que una vez desterraron de su palacio rojo. El faldón se abre y un escalofrío me recorre el alma; me tiemblan las piernas, la voz...y mi corazón. Suena el llamador, cruje la madera, la banda toca...al día siguiente fue Jueves Santo".

Fuente fotografía: www.granadacofradiera.blogspot.com




miércoles, 10 de febrero de 2016

40...


Ya está aquí...el pistoletazo de salida de la recta final de la espera; el último empujón al final de año para el cofrade, el verdadero final de año, sin uvas ni champán (el cava para ellos y que les aproveche) y en el que las campanadas que se cuentan son los meses que se van desgajando, uno a uno, hasta llegar al Domingo de Ramos.

Ha costado, de hecho cada vez cuesta más, cumplir años y mantener intacta la ilusión, pero se va consiguiendo, poco a poco, y ya estamos en la salida de esta carrera que nos llevará directos a esa mañana en la que todo se renueva y el tiempo se detiene. Esa mañana en la que el bullicio de los templos nos dice que Granada está de fiesta grande, esa mañana, en fin, en la que si no estrenas...

Queda poco, cuarenta días, disfruten de las vísperas... 



Fuente fotografía: www.hermandadborriquillagranada.blogspot.com

lunes, 8 de febrero de 2016

Los "carteles" de mi hermano...

A veces no es necesario una cámara réflex; a veces no es necesario cegarse con la técnica, ni con el photosop; a veces sólo basta con estar en el momento justo en que nuestros sentidos se multiplican y apretar el disparador; a veces sólo hay que tener ojo...






A veces, uno es fotógrafo sin saberlo...

Fuente fotografía: Archivo personal Fernando Marín López

viernes, 5 de febrero de 2016

miércoles, 3 de febrero de 2016

A Sevilla...



No se puede añorar lo que nunca se tuvo, si acaso se puede desear, y mucho; tanto se puede desear que a veces nos sorprenderemos con el escozor en la herida, porque duele, sobre todo cuando los deseos son imposibles e inalcanzables. 


Yo nunca lo tuve, al menos no en los días que pintan de rojo el calendario del cofrade, y me he tenido que "conformar" con ser espectador en lugar de protagonista, incluso sabiendo lo que puedo aportar y cómo las gasto debajo de los pasos, incluso a pesar de contar con innumerables amigos que, en un momento determinado y con una sonrisa en la boca, me han brindado su mano para acudir junto a ellos a las innumerables "igualás" en las que participan, pero no es fácil. Ahora no lo es, bien por mi "maravilloso" horario comercial, bien porque mi situación familiar me hace priorizar los besos y las sonrisas a los kilómetros y las arpilleras. Ahora no es fácil, en su momento, hace años, no es que lo fuera más, pero se pudieron haber hecho las cosas de otra manera y haberme acercado a ella en lugar de alejarme tanto...hoy sólo me queda mirar por el espejo de lo que pudo haber sido y no fué, que tampoco es mala marca.


Ahora veo como amigos de Granada participan activamente del cielo sevillano en sus días grandes, les escucho contar sus experiencias, las mismas que yo viví en las vísperas, hace años, pero de forma diferente. El otro día leía a un amigo decir que "añoraba a Sevilla". Yo también. Añoro no vivir más cerca y poder disfrutar más de mis amigos, añoro sus colores para mi objetivo, sus experiencias para mi aprendizaje, su temperatura para mi recreo. Añoro sus calles pequeñas por las que se cuelan los suspiros, sus estrecheces cuando un misterio avanza, sus tufaradas de incienso ante el llanto de María, su aroma, su acento, su hospitalidad. Añoro la mirada de la que vive en san Gil para mis penas y mis "bajoncillos", las risas, las anécdotas y los ojos azules de mi Carmen; añoro la guitarra de Carlos, las ocurrencias de Raúl, y los siempre bienvenidos chascarrillos de Pulido; Añoro el acento palentino de Tusa, y el puramente sevillano de Ana, y a Jimena, y a Anita...añoro la bonhomía de Delfín y el cante de Desi, el no haber pisado nunca la Plaza de España por las obras, y la salida impetuosa del barco de san Martín. Las vivencias costaleras de Jorge y esa bendita Estrella que siempre pulula a su vera. Añoro la callejuela donde ví llorar por vez primera a la Soledad de san Lorenzo y añoro el Pizjuán engalanado para una tarde de gloria futbolística. Añoro Casa Gandiaga y hacerme la ropa por san Isidro Labrador...

Pero no se puede añorar lo que nunca se tuvo, y eso me duele, tanto, que cuando las cornetas, esos pájaros dorados, alzan sus "trinos" al aire de Sevilla, cada chicotá es un puñalito que se mete dentro...un año más llega su tiempo mejor, un año más se vestirá de mantilla para pasear su belleza por Semana Santa, un año más...que yo seguiré añorando a Sevilla...    


lunes, 1 de febrero de 2016

Trece...

Impar, supersticioso y hasta repudiado, este número convive con nosotros siendo siempre foco de las más oscuras ocurrencias. A él se le relacionan las cosas que nos pueden pasar, sólo si coincide con Martes o con Viernes, y si en esos días se te ocurre pasar por debajo  de una escalera, o cruzarte con un felino negro, qué digo yo, poca culpa tendrá el pobre de que a nosotros se nos crucen los cables.

A mí, ni fú ni fa, que no soy yo hombre de banalidades del medievo, por lo que, modificando a mi necesidad los versos de don Mendo "no me inspira un temor extraordinario/ esa cifra, ay de mí, del calendario". Antes al contrario, me gusta el trece, y hoy más, porque hoy se cumplen esos años de aquella primera noche, en la que todo se puso patas arriba, para bien, en mi desordenada vida. Trece años de todo, de no notar el frío cuando nos refugiábamos de las miradas de nuestros amigos en cualquier callejón de la ciudad; trece años de la timidez, de las miradas bajas, de querer coger su mano y no atreverme, de mirarla de reojo, de intentar acabar a su lado a toda costa, de buscar pretextos para verla, llamarla...trece años ya, de aquella madrugada que permanece en el recuerdo, aunque hayamos olvidado los detalles, y trece años en los que todo se ha fortalecido y ha ido creciendo con el tiempo. 

Ahora la miro a los ojos y la chica es madre, en sus ojos, las líneas de expresión le dicen que ha dejado de ser niña, sus manos peinan ahora el pelo de su hija, su cuerpo ha cambiado para bien, aunque ella diga que no y su pelo huele como siempre. Ahora no somos dos, pero da igual, y la sigo mirando cuando anda, porque sigue siendo sexy, la sigo mirando cuando duerme, porque sigue siendo dulce, la sigo mirando cuando sonríe, porque sigue siendo un ángel, la sigo mirando...porque me sigue volviendo loco...han pasado trece años, impares, que diría uno que ve todo desde la oscuridad de un faldón, y la sigo queriendo, más si cabe...

  

Gracias por asomarte...

Gracias por asomarte...
donde se guardan las joyas...

Sobre las copias

Queda prohibida la reproducción, total o parcial, de los textos de este blog, así como de las fotografías que en él se reproduzcan, en función de lo establecido en la Ley de Propiedad Intelectual

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