lunes, 16 de marzo de 2015

A ningún sitio...

En este desbarajuste que suele ser nuestra vida desde que el despertador se ríe de ti por la mañana, hasta que lo colocas de nuevo sobre la mesilla de noche al acostarte, no tenemos tiempo ni para mirarnos, y la rutina de la semana te marca el ritmo desde el lunes al sábado (o al viernes según sea el caso), por lo que nos pasamos las horas esperando al domingo para salirnos de lo establecido y disfrutar lo que se pueda. Luego te das cuenta de que el domingo es tan corto que se pasa sin que te dé lugar a hacer gran cosa, así que nos volvemos a acostar para que el despertador siga riéndose de nosotros al ir a detenerlo la mañana siguiente.

 Pero, a veces, gusta aprovechar una mañana soleada de domingo para arreglarte, ponerte la ropa que el uniforme de trabajo te impide usar durante la semana y salir a pasear simplemente por el hecho de hacerlo. Sacarle el jugo a un domingo no es fácil, sobre todo porque las tardes son para los preparativos semanales, y las mañanas duran tan poco...pero, a pesar de todo, las mañanas han sido creadas para disfrutar de ellas...el sol en la plaza de Bib-rrambla, el aroma del Paseo de la bomba, el ruido de la chiquillería en el parque en el del Salón, La carrera de la Virgen, o los aledaños catedralicios, son buenos lugares para hacer un ejercicio de relajación mientras tu niña corretea y coges de la mano a tu esposa, en lo que puede ser el único momento plenamente vuestro de la semana, y todo se disfruta mucho más y se hace más profundo. Una cervecita sentado en una terraza, mientras hablas con ella de planes futuros y no tan lejanos, o un ratito de charla con los amigos, la familia, o explicarle a tu niña qué hacen treinta hombres bajo unas andas tapadas con una lona blanca y que, ella, en sus cortos dos añitos, finja que se ha enterado perfectamente, son cosas muy simples, pero satisfactorias al máximo...

Una mañana de domingo en familia es recargar las pilas, es tomar aire paras subir la cuesta, es como un abrazo a la pareja que se va antes de decirle adiós, quedándote tú con su aroma para toda la semana. A veces necesitamos dejarlo todo a medio hacer, salir a la calle sin pensar en la hora a la que vamos a volver e improvisar el almuerzo, disfrutar de la ciudad, del tiempo libre, y caminar, como he dicho más arriba, simplemente por el hecho de hacerlo, con la certeza de que no tenemos que llegar a ningún sitio...  



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