miércoles, 11 de febrero de 2015

La compañía...


Cada tarde, a eso de las siete en punto, gusto de salir a tomar un café calentito que dé tono a las frías tardes que estamos pasando, y aprovecho para observar a la gente que va y viene a través de los cristales del desgastado local que me sirve de esparcimiento en mi trabajo. Es entonces cuando, minuto arriba minuto abajo, entra por la puerta un señor mayor, de poco pelo y color cano el que mantiene, peinado con gomina a la usanza de los señores de antes. Unas gafas de metal le sirven para ver la realidad y esconder su edad y el cansancio que atesoran sus diminutos ojos, que acaso de tanto mirar han perdido la tersura, y su abrigo delata la soledad que asoma por los dobleces mal planchados y los "lamparones" que quieren aparecer por los bajos de la prenda. 

Educadamente, saluda a la parroquia que disfruta de su bebida, y avanza con paso ceremonioso hasta la banqueta que queda más próxima a la guapa camarera que cada tarde nos atiende. Por ella sé que es viudo, y por su desparpajo y su sonrisa se me antoja que él ha elegido ésta de entre las muchas cafeterías de la zona centro de la ciudad, para dedicarle unos minutos al refrigerio de la tarde. Apenas un saludo, una mueca de sonrisa hacia la joven que le pone lo de siempre, a saber, un café con leche en taza y no muy caliente, y el hombre se abandona hacia si mismo, se sumerge en el mar que roza ya la orilla del ocaso de su vida, y casi se entristece a la misma hora cada tarde, antes de, imagino, volver a algún viejo sillón que seguro le espera para descansar sus longevos huesos sobre él. 

Degusta su café con parsimonia, como si en cada vuelta de la cuchara sobre el perímetro de la taza residiera la labor más importante del día, y toma cada sorbo con la tranquilidad del que sabe que nadie le espera al llegar al hogar, que a buen seguro era no hace mucho feliz y esperado para el descanso tras la jornada laboral. Termina y se espera un momento en la banqueta, saca su pañuelo de tela y se limpia la boca, volviendo a depositarlo en el bolsillo interior de la chaqueta, donde asoma un reloj de mano, en el que mira la hora con más pena que otra cosa. Tras llamar la atención de la camarera que se afana en su tarea, paga su comanda en efectivo y abandona el lugar emplazándonos a la misma hora al día siguiente...cuando se aleja, con parsimonia de nuevo, calle abajo, pienso en el valor del café con leche que ha tomado y en su irrisorio precio, aunque éste no se lo pueda permitir (al menos con periodicidad diaria) gran parte de nuestra sociedad, y llego a la conclusión de que, a veces, un euro veinte, es justo el precio de la compañía...

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