lunes, 16 de febrero de 2015

Dormida...

Me gusta verte dormida, cuando las líneas de tu cuerpo descansan sobre la blanca horizontalidad de nuestra cama, y me puedo recrear en ellas apenas molestado por algún ruido molesto y estridente que se asoma, impertinente, por la ventana entreabierta y hace que te muevas un poquito.

Me gusta verte así, porque mi mente se abandona también, como tú, aunque yo no esté dormido sino ensimismado en la magnitud del espectáculo que se abre ante mí, guiado mi sentir por la música de tu tranquila respiración, y me complace imaginar que yo provoco esa tranquilidad, para que duermas para mí. A veces, urdo un atrevido plan mediante el cual mis dedos juegan con los bucles de tu pelo, y me acerco para sentir el rastro que han dejado sobre él el jabón de la noche anterior y el perfume de la mañana, cuando madrugabas y, tras irte, tu aroma se quedaba conmigo hasta que vuelvas otra vez.

Me gusta verte dormida, porque te siento más mía, y te noto próxima y distante a un tiempo, en ese tiempo que dura tu sueño y mi imaginación planea sobre tu cuerpo sin tocarte, sobre tus labios sin besarte y sobre tus ojos sin mirarte. Tú duermes, yo sonrío, tú sueñas, yo vivo, tú descansas, yo alerta para que nada ni nadie turbe tu descanso, al menos hasta que nuestra pequeña nos reclame a los dos. Me gusta verte dormida, contar los lunares de tu espalda, los pliegues de tu piel y observar esa graciosa marca que vive en tu cuello y te hace única entre todas las demás mujeres de la tierra.

Me gusta verte así, dormida, aunque mi vida comience al despertarte...


Fotografía: Bernard Plossu

viernes, 13 de febrero de 2015

Vueltas...

Pregunta y responde a todo lo que te llegue, que las dudas son síntoma de que estás vivo, sobre todo ante las situaciones importantes de la vida. Es bueno plantearse las cosas, aunque puede ser contraproducente hacerlo demasiado, por si encontramos "peros" donde antes no había ni aire...puede que no sea malo darle vueltas a las cosas pero, a veces y sin quererlo, acabamos mareándolas y mareándonos, de tal forma que nos vemos dando tumbos y el malestar no nos deja ver las cosas como son. Me gusta esto, pero es que..., parece que sí, pero..., yo lo lo veo bien, aunque...al final todo deriva en que nada es bueno, nada nos gusta lo suficiente y todo es una amalgama de contras que no nos dejan ver los pros, por lo que seguimos inmersos en el mismo remolino una y otra vez sin poder escapar de él...

Todo debería ser fácil, la vida en realidad lo sería si pudiésemos decir lo que pensáramos en cada momento, sin cortapisas y a quemarropa, dejando todo al albedrío de la improvisación...poder decirle a tu jefe que es un c... por explotarte mil horas y no pagarte ni doscientas. Decirle al que aparca en tu plaza día sí, día también, que pague de una vez una y deje de aprovecharse de la bonhomía del sufridor; poder acercarte a esa mujer a la que ves todos los días, sentarte enfrente de ella y decirle que si no te mira a ti, si no te sonríe a ti, tu vida no tiene sentido...la vida sería distinta si conserváramos a los amigos a nuestro lado, a pesar de descubrir en ellos algún que otro engaño, ¿hasta cuándo se podría haber perdonado?...

El mundo gira, trabajo, pañales, coche, carretera, deporte, música, demasiada televisión, menos lectura, sofá, caricias, sexo, despertador, tostadora, periódico, abrigo, bufanda y paraguas, agua, algún que otro medicamento, y al día siguiente lo mismo, y al otro,...el mundo gira y, en sus vueltas, nosotros nos vemos apoderados de su período y sus frecuencias, y no llegamos a encontrar ése punto en el que salir por la tangente y ser nosotros mismos y disfrutar, ¿qué no?...hoy es viernes, la vida puede empezar hoy, y no le deis más vueltas...


fuente fotografía: mondmoldavo.blogspot.com

miércoles, 11 de febrero de 2015

La compañía...


Cada tarde, a eso de las siete en punto, gusto de salir a tomar un café calentito que dé tono a las frías tardes que estamos pasando, y aprovecho para observar a la gente que va y viene a través de los cristales del desgastado local que me sirve de esparcimiento en mi trabajo. Es entonces cuando, minuto arriba minuto abajo, entra por la puerta un señor mayor, de poco pelo y color cano el que mantiene, peinado con gomina a la usanza de los señores de antes. Unas gafas de metal le sirven para ver la realidad y esconder su edad y el cansancio que atesoran sus diminutos ojos, que acaso de tanto mirar han perdido la tersura, y su abrigo delata la soledad que asoma por los dobleces mal planchados y los "lamparones" que quieren aparecer por los bajos de la prenda. 

Educadamente, saluda a la parroquia que disfruta de su bebida, y avanza con paso ceremonioso hasta la banqueta que queda más próxima a la guapa camarera que cada tarde nos atiende. Por ella sé que es viudo, y por su desparpajo y su sonrisa se me antoja que él ha elegido ésta de entre las muchas cafeterías de la zona centro de la ciudad, para dedicarle unos minutos al refrigerio de la tarde. Apenas un saludo, una mueca de sonrisa hacia la joven que le pone lo de siempre, a saber, un café con leche en taza y no muy caliente, y el hombre se abandona hacia si mismo, se sumerge en el mar que roza ya la orilla del ocaso de su vida, y casi se entristece a la misma hora cada tarde, antes de, imagino, volver a algún viejo sillón que seguro le espera para descansar sus longevos huesos sobre él. 

Degusta su café con parsimonia, como si en cada vuelta de la cuchara sobre el perímetro de la taza residiera la labor más importante del día, y toma cada sorbo con la tranquilidad del que sabe que nadie le espera al llegar al hogar, que a buen seguro era no hace mucho feliz y esperado para el descanso tras la jornada laboral. Termina y se espera un momento en la banqueta, saca su pañuelo de tela y se limpia la boca, volviendo a depositarlo en el bolsillo interior de la chaqueta, donde asoma un reloj de mano, en el que mira la hora con más pena que otra cosa. Tras llamar la atención de la camarera que se afana en su tarea, paga su comanda en efectivo y abandona el lugar emplazándonos a la misma hora al día siguiente...cuando se aleja, con parsimonia de nuevo, calle abajo, pienso en el valor del café con leche que ha tomado y en su irrisorio precio, aunque éste no se lo pueda permitir (al menos con periodicidad diaria) gran parte de nuestra sociedad, y llego a la conclusión de que, a veces, un euro veinte, es justo el precio de la compañía...

miércoles, 4 de febrero de 2015

lunes, 2 de febrero de 2015

A veces...

A veces se me olvida por qué estamos donde estamos y hacemos lo que hacemos, sobre todo porque la rutina de estos días, la familiaridad con la que afrontamos las citas nos hace evadirnos, un poco, del profundo significado que tienen nuestras "igualás", nuestros ensayos...tan poco entendidos si son vistos desde el, a veces, criticón ojo de aquel que no quiere entender lo nuestro (es libre de hacerlo siempre que no se salte la delgada línea del respeto),  y que les pueden parecer casi reuniones de amigos que, con una cerveza en la mano, hablan en grupitos del comienzo de los días que tanto hemos esperado. Por supuesto, parte de razón lleva el que así piense, pero no es sólo eso, ya que detrás de cada capataz, de cada contraguía, de cada listero y, cómo no, detrás de cada costalero, existe una vida, una situación familiar, un trabajo, un desempleo, una enfermedad, un nacimiento,...que hace que afrontemos la misma estación de penitencia con aires renovados y completamente diferentes que te aportarán, por ende, diferentes situaciones ante la misma. Gracias a este entramado que acompaña a cada uno, cada día de la Semana Santa se afrontará de manera única, ya que únicas son las situaciones que nos envuelven a lo largo del año y que compartimos, aunque no queramos a veces, con la gente que nos rodea debajo de un paso. Como bien dijo mi capataz la otra noche, incluso el más fuerte necesita del de al lado para poder levantarlo, ya  que él sólo no podría, y en esta unión reside la importancia de la cuadrilla que, al igual que empuja contigo a la hora del "...¡a ésta es!", lo hace también cuando la vida te pone un lomo en el costero del que no sabes si vas a salir airoso. 

La otra noche me encontré con algo que no esperaba, con una reflexión importantísima de la persona que será nuestros ojos el Martes Santo, con una invitación a disfrutar de todo momento como si fuera el último, precisamente porque no sabemos si será eso, el último, y nos quedaremos con alguna "deuda" pendiente. Me encontré con las mismas caras de siempre, que abandonaron las risas y chascarrillos típicos de un ambiente distendido y entre amigos, para ponerse el traje serio y escuchar a un hombre que nos entregó el corazón en un momento, y que me hizo reflexionar sobre lo importante que es formar parte de la Semana Santa, porque aunque alguno no lo entienda, cada vez que un palio levanta, cada vez que un Crucificado cambia de dirección en una calle, cada vez que el capataz toca el martillo, Ellos transmiten cosas a los que, parados en las esquinas de Granada, esperan su aliento, su bendición, su consuelo y su Esperanza...

A veces, cuando voy con mis zapatillas blancas a reencontrarme conmigo mismo una vez más, me topo también con la verdad de este mundo, la que te aporta un compañero de palo contándote un problema, la que te aporta tu capataz cuando te insta a vivir, con egoísmo incluso, los instantes que están prestos a suceder...a veces, sin esperarlo, alguien me dice una frase que se me queda grabada y que se convierte en una más de ésas de cabecera que marcan el sendero por el que ando; a veces, tengo la suerte de que alguien diga cosas como ésta, y yo esté ahí para escucharlas: "no os olvidéis nunca de que vosotros le lleváis a la gente la Esperanza"...


Fuente fotografía: www.tirillascontdetriana.blogspot.com

Gracias por asomarte...

Gracias por asomarte...
donde se guardan las joyas...

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