viernes, 30 de enero de 2015

Ayer no...

Ayer no fue un jueves cualquiera...

 No fue un día de trabajo mañana y tarde en el que, tras terminar la jornada, coges el coche y llegas a casa tranquilo en busca del cálido hogar y la familia, y es que ayer igualaba la cuadrilla de costaleros de mi Cristo, y yo no estaba entre los asistentes, así que el día transcurrió igual que la semana, nervioso y con mil dudas acerca de si dar el paso o no, aunque la decisión estaba tomada desde hace mucho tiempo, casi desde el mismo Lunes Santo del año pasado. Los motivos que me llevan a separarme definitivamente (aunque nunca digas de este agua no beberé...) de la que es y será mi cuadrilla por encima de todo y de todos, bien los saben los que me conocen, así que no voy a hacer una inútil exposición pública de ellos, ya que no es el momento ni el lugar. Lo único importante es que, desde la perspectiva de los veintiún años que llevo debajo de los pasos, siento que ha llegado el momento de poner punto y final a mi periplo costalero en la hermandad que, curiosamente, yo pensaba iba a ser la última que dejara, y ha acabado siendo la primera en la que cuelgue el costal, fiel compañero de fatigas, llantos y buenísimos ratos entre amigos. Me voy en mi mejor momento, con una madurez que me hace saber qué espero de un paso, lo que le puedo aportar al mismo y cómo convertir una calle mala en la mejor "chicotá" de la estación. Me voy con la ropa enrollada bajo el brazo, los pantalones remangados lo justo, gastados por el roce de tanto pavimento, y habiéndole sacado todo el jugo posible. Me voy con el olor inconfundible del incienso bajo la caoba, con el tacto de sus pies sobre mi mano, con el orgullo de haberle prestado servicio desde el año mil novecientos noventa y cuatro, y con la ilusión de un niño pequeño ante el nuevo horizonte que se presenta ante mis ojos, velados por la tela de un capillo.

Cuando empecé en ésto, aquél día de Marzo, nunca hubiera podido imaginar que, llegado este día, me iba a llevar tantísimo sin haber ofrecido nada, pero es así, ya que ir debajo del Santísimo Cristo de san Agustín es un privilegio que no todo el mundo entiende, una responsabilidad que hasta molesta, y una satisfacción tan grande que no hay metro capaz de medirla. Posiblemente su paso no sea el más deseado, ya que ser costalero de silencio no es fácil, pero es sin lugar a dudas el que más me ha llenado desde que me puse el costal por vez primera, cuando mi cara imberbe y mis espinillas delataban la edad que escondían el cuerpo y la voz 

Este jueves no sólo he dejado de ir a una "igualá", sino que he dejado atrás una parte importante de mi vida, ya que más de la mitad de ella la he vivido como su costalero, y no es sencillo despegarse brutalmente de lo que tanto quieres; pero no tengo fuerzas, estoy cansado, muy cansado, y no sé otra forma de retirarme, salvo la que me prestan las incontables experiencias vividas bajo esa canastilla en la que Cristo muere cada Lunes Santo.

Como, gracias a Él, nadie es imprescindible en la vida de una persona, menos aún lo será en la "igualá" de un paso, así que sólo muy pocos notarían que ayer no estuve, aunque estaré siempre debajo, cada vez que cierre los ojos y vea las caras de todos los que, algún día, decidimos hace muchos años que nuestra forma de pasear al Señor por Granada era en silencio. Ayer no fui a igualar, pero seguiré con Él el Lunes Santo, en otro puesto dentro de la hermandad, prestando servicio de otra manera, y recordando cada uno de los instantes que mi Cristo me ha permitido disfrutar. Suerte a los amigos que sí fueron ayer a igualar, como cada año, y que el Sagrado Protector les siga curando las heridas que sólo pueden sanar mirándole a la cara y es que, para las heridas del alma, no hay mejor bálsamo que el silencio de su capilla... 


Fotógrafo: José Luis Matín Martos
(www.gioncofradegranada.blogspot.com)

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