miércoles, 9 de julio de 2014

Adiós...


No soy yo de alegrarme con la desgracia ajena, sobre todo si tenemos en cuenta que nuestra selección nacional dijo "adiós" a la primera de cambio, pero por una vez en mi vida de aficionado futbolístico siento que se ha hecho justicia y por eso estoy contento. A mí me da igual quién gane el mundial, e incluso pensaba que los árbitros iban a hacer lo imposible por que la anfitriona estuviera en la final, y a poco no lo consiguen, si no es por la impecable actuación que tuvo anoche el combinado teutón. 


Viendo las reacciones de la torcida brasileña para con nuestra selección, manifestándose en todo momento en contra de ella como si de un enemigo personal y muy antiguo se tratase, no me extrañó un ápice cómo se sucedieron los acontecimientos tras la consumación de la eliminación de España a manos de Chile, cumpliéndose eso de "el enemigo de mi enemigo pasa a ser mi amigo" y haciendo causa común con la afición chilena con demostraciones de desprecio hacia la que ha sido, a mi entender, la más respetuosa de todas las selecciones en liza. No voy a entrar en qué hubiera pasado si Holanda se hubiese ido al descanso con el 0-1 a favor de España, ni lo que hubiera sucedido si ésta le empata a Chile, ya que el nivel de este mundial está muy por debajo del fútbol que la selección española había venido haciendo hasta aquí, pero sí quiero decir que no he visto aún ningún equipo que haya jugado al fútbol como para ser merecedor de llegar a la final con solvencia salvo, claro está, lo demostrado ayer por Alemania. No me alegro por las caras de tristeza de los niños brasileños, llorando sin consuelo tras el aluvión de goles que su selección recibió anoche, porque ellos representan, al fin y al cabo, la nobleza del fútbol, y en ellos este deporte todavía es un deporte y no un negocio; pero sí me alegro, y mucho, por la afición adulta de Brasil. Ésa que pitaba en los albores del partido contra Chile el himno nacional de su rival, ésa que ha demostrado no entender ésto como un deporte y sí como una revancha personal que, mire usted por dónde, se ha quedado en intento fallido; ésa que hace bueno el dicho de "mucho ruido y pocas nueces", porque pocas nueces fueron las demostradas por un equipo brasileño sucio, bronco en el juego, sin referencia en ataque, salvo el lesionado Neymar, con pocas ideas y mucho cicaterismo que, empero, le valieron para ir pasando eliminatorias. Pero ayer no, ayer el fútbol lo puso Alemania y, desde el primer momento, desmanteló lo poco que Brasil había puesto sobre el tapete para dejar claro lo que se había venido viendo en jornadas anteriores, Brasil no jugaba a nada, y esta vez ni el árbitro, ni la suerte, se aliaron con ella que no pudo batir al portero alemán hasta el minuto noventa y dos y por un descuido tonto de la zaga teutona.

Anoche Alemania me hizo volver a creer en la justicia futbolística y espero y deseo que sea ella la vencedora final del torneo, mientras que mi corazoncito español, a Brasil, le dedica una amplia sonrisa y un enorme adiós...

Fuente fotografía: www.laaficion.milenio.com

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