lunes, 2 de junio de 2014

Inocencia...

Cuando nació, sabía que acababa de hipotecar su vida al máximo de años posible, a fin de sostener a su recién creada familia, y cuidarla y velar por ella hasta el fin de su existencia; pero no sabía que esa hipoteca era, también, al máximo de interés posible, en este caso recibido por él, en forma de sonrisas, achuchones y "papás" pronunciados con cariño en una lengua muy difícil de pronunciar, pero más aún de interpretar. La facilidad con la que pronto se adaptaría  a ella no pasaba por su imaginación, como tampoco podía entender cómo se puede querer tanto a una personita que llevaba con él apenas unos cortos diecisiete meses. Pero la realidad era ésa, la quería más que a sí mismo, y la echaba de menos en cada una de las horas que la vida le tenía apartado de ella.

Por fotos, hoy recuerda como era de pequeña, cuando apenas no hacía nada y a él le parecía un mundo cualquier descrubrimiento nuevo que hacía en ella, y ya el tiempo está empezando a arrebatarle tantos momentos que está comenzando a asustarse, y éso que le queda muchísimo por recorrer junto a ella, si Dios quiere, y lo mantiene vivo para poder disfrutarla. Como todos los padres, se le "cae la baba" con las cosas de su niña, y guarda celosamente todo aquello que le va pareciendo importante, ecografías, zapatos de primera puesta, pulseritas del hospital en que nació, además de todas esas que la vida le va regalando, que no son físicas, pero que ocupan más espacio si cabe que las otras de tanto cómo le llenan. Sus primeros pasos, tan lejanos, se han convertido en verdaderas carreras de velocidad por el pasillo esquivando las esquinas "in extremis" por algún capricho del destino, mientras su padre piensa para sí "algún día se tendrá que dar con el mueble"; su caras cuando lo llama, o cuando hace lo propio con su madre; sus regordetas manos con el dedo índice apuntando todo lo que vé, y todo lo que quiere, que es literalmente todo...desde el agua, hasta su peluche favorito, el móvil de su madre o un cd de música, pasando por el ipad o las llaves de la casa, todo quiere que pase por ellas para poder inspeccionarlo a su antojo, en esa fase de descubrimiento en que se halla inmersa desde el pirmer día que vino al mundo. Hace tantas cosas que nos parece una eternidad cuando la llevábamos dormida en el capazo, y la vemos representada en todos los bebés que nos cruzamos cuya diferencia de tamaños nos hace cerciorarnos de lo grande que se está poniendo, aunque nosotros la veamos muy pequeña.

Ya se ríe a carcajadas con sus primos, y está empezando a obedecer, a enterarse de todo lo que le decimos, y nos gana cuando corre hacia nosotros sonriendo y con los brazos abiertos para decirnos que ha visto a un perro, o que ha estado con los titos, todo eso en la lengua que os podéis imaginar. Cuando cada tarde, se despide de sus abuelos diciéndoles adiós con la mano, y nos la llevamos a casa para comenzar la rutina "baño-cena-sueño" de cada día, no para de señalarnos cosas con el dedo hasta que llegamos, y me doy cuenta de que la necesito tanto que mi vida sería otra si no existiera, de que no me imagino vivir sin su presencia diminuta, pero que llena mi existencia de una forma tan brutal, que nada en el mundo me haría cambiar el día en que decidimos que íbamos a buscar un hijo, o aquel en que le ví la cara por vez primera. Es tan grande lo que siento mi hija, que no sé dónde empieza ella o acabo yo, ni cómo ha podido crearse algo así en mi interior. Me siento orgulloso de que ella sea feliz conmigo, de que corra a enseñarme sus tesoros, de que se ría conmigo y me busque cuando algo la apena o se ha hecho daño. 

Lleva unos días "malita", y con cualquier cosa se pone penosa y llora con esa lástima que hace que dejes todo para ir a abrazarla, y esta mañana ha querido llevarse su perro de peluche a casa de los abuelos cogiéndolo de una manera tan tierna y tan bonita, que le he pedido a la Virgen de la Esperanza que por favor pare un poco el tiempo y me deje disfrutar de su inocencia... 

fuente fotografía: www.norfipc.com

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