viernes, 28 de marzo de 2014

Mediodía...

 
Mediodía...el sol cae cenitalmente sobre la bulliciosa ciudad, llenando de sonidos la céntrica plaza en la que el ritmo de la vida invita a todo menos al descanso. La urbe ha roto a sus pies el frasco de su esencia, esparciéndose por doquier los aromas de la misma, las voces de la chiquillería en sus juegos desconfiados, el ajetreado vaivén de su día a día, mientras ella decide ser ella, encontrándose consigo misma, mirándose hacia dentro y aislándose del mundo. Poco parece importarle la belleza inmedible de la plaza que la acoge, poco parecen importarle los centenarios muros que, a pocos metros, intimidan con su monumentalidad renacentista, poco parece importarle todo a su alrededor, concentrada en el sabor del último sorbo de café en sus labios, y en la pantalla de ese invento de nuestra era que nos separa de nuestra especie. No habla, sólo piensa en ése que no le acompaña en este viaje, quedándose con él, en su ciudad de origen, todo lo que olía a estabilidad preconcebida, a ésa que se da por hecha y se sostiene por el finísimo hilo de la rutina, y que decidió cortar cuando la conoció en el café del boulevard, con su sonrisa franca y su mirada pícara.
 
Desde entonces, la vida le ha sonreído sólo a medias, de una parte sí por haberla encontrado al final del túnel de su banal existencia, de otra parte no porque ella va en su interior, pero nadie sabe que existe aunque algo intuye el que la conoce bien. Las medias tintas con las que decidió no quedarse al besarla por vez primera, hicieron que todo su mundo se derrumbara como un castillo de naipes, volando por los aires las cartas con el nombre de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos, a los que teme confiarse en exceso y que puedan herirla al no comprender lo que ahora siente. Hace poco que decidió ser madre, y aunque el miedo la colapsa a veces, pasa enseguida porque lo que lleva dentro de su alma arrasa como un ciclón con las demás cosas y sólo importa una, que sea niña para ponerle el nombre que tiene reservado.    
 
Sigue mirando el móvil, va a tener que irse enseguida, tiene que pagar la cuenta y acudir a su cita, por eso la sonrisa asoma a sus labios y, al levantar la mirada, repara por vez primera en la plaza de Granada en la que se ubica el café donde descansa, Granada...¿no era París la ciudad del amor?.
 
 

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