jueves, 9 de enero de 2014

Febril...


 
Hoy la fiebre ha venido a visitarme...me he levantado como todas las mañanas dispuesto para una nueva jornada de cámaras y aprendizaje, pero el escalofrío me ha azotado nada más poner el pie en el suelo y una tiritera generalizada ha recorrido todo mi cuerpo. Acostado y arebujado con el nórdico, intento sudar la fiebre y dormir un poco, mas sólo consigo soñar imágenes reales, en una duermevela delirante. Es en delirio, cuando escucho a una muchacha que llora sentada en el suelo, frente a una casa que no llego a reconocer, pero no puedo alcanzarla para preguntarle qué le pasa y consolarla; cada vez que avanzo hacia ella, la distancia engtre nosotros va creciendo, y el suelo que piso, las casas que me rodean, se van fragmentando dando lugar a planos imposibles, como si de un universo sacado de la mente de Isidro Blasco se tratase, haciéndome caer a cada paso que doy. Me doy cuenta, empero, de que mis pasos de pronto se van haciendo más seguros y es porque he entrado a formar parte del entramado de ventanas a ningún sitio y puertas semiabiertas por las que solo se accede a lo sucedido en la jornada anterior. La muchacha llora, apoyada su cabeza en las rodillas, hecha un ovillo y un mar de lágrimas, mientras mi voz no me sale del cuerpo a la hora de llamarla, me desgañito a la par que percibo como no tengo voz y mis gestos son lentos e inservibles. No sé si ella tendrá algo que ver en mi vida, en ese futuro que no acierto a comprender, o es parte del pasado ya vivido, o es algo de ese lado femenino que cada hombre tiene dentro y que me habla en un idioma que no comprendo y al que no puedo acceder aunque lo intente.
 
La ciudad enmarañada parece que se va haciendo más clara, más firme y más seguro el suelo en el que mis pies luchan consigo mismos para no rendirse a la caida que, no obstante, parece inminente. Una luz, y la nada...me encuentro en una infinita llanura sin más guía que el horizonte infinito, en la soledad infinita. La muchacha sigue llorando aunque la lejanía me impide verla ya, y sólo sé de ella por el eco de su llanto que me golpea los sentidos haciéndome sentar, impotente, en medio de yermo paraje, rodeado de vacío, frío y oscuro, mientras mis pies, mis manos, todo mi cuerpo, se abandona en el solar, y quedo en paz, aunque compungido, tranquilo, pensativo, dubitativo y...febril.
 


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