miércoles, 29 de enero de 2014

Me llama...

Ajeno a las casas y a los edificios que me rodean, camino siempre deprisa y mirando al suelo, por lo que en no pocas ocasiones me cuesta ver a la gente; paso tan rápido, es tal la velocidad con la que se suceden mis pasos, presurosos, que apenas logro percibir lo que tengo alrededor, en cualquiera de las mañanas que voy hacia el encuentro de la fotografía. Últimamente me estoy deteniendo más, pero poca cosa, aunque cuando voy buscando algo en concreto, me surgen de pronto ideas ajenas a ello o, en general, poco relacionadas, que me hacen desviarme del tema y concentrarme en ellas por los más insospechados motivos. Una de esas ocasiones fue hace poco, aunque aún no sé por qué esa mañana reparé en esa pared, en la que una pintura más de esas que inundan nuestras calles, nuestros edificios más antiguos, los más abandonados, desde su emplazamiento recóndito me observaba de lejos, aunque yo no me daba cuenta. La pared de ladrillo, situada entre dos establecimientos poco llamativos, permanecía inmóvil, esperando a que pasara por su lado y girara la cabeza, aunque todo hacía pensar que iba a ser como en otras situaciones parecidas, es decir, que iba a pasar de largo sin más, quedando ella de nuevo en silencio, intentando en vano reclamar algo de mi atención. Pero no, una parada de mi acompañante en esa fría mañana, me hizo de pronto girar la cabeza, aún no sé por qué motivo, como digo,  para ver qué era lo que había en ese local, sin puerta y con tapia blanca decorada, que tanto tiempo llevaba ahí sin yo fijarme en ella.
 
De pronto, miré hacia el frente y quedé sorprendido, la pared que me llamaba, dibujados los ladrillos con pintura blanca y algo de marrón, era en realidad una ventana a mis adentros, a mis más hondos sentimientos, y yo había permanecido inaccesible, cerrándome en banda o simplemente caminando despistado, en una de esas calles de Granada que, por la de veces que la recorres, nada de ella te llama la atención. Pero ahí estaba, englobando en unos ladrillos olvidados toda la grandeza del arte granadino, toda la belleza de uno de los rincones más selectos de nuestra ciudad, todo el sentimiento de una tarde especial del año, toda la armonía de sonidos y colores que siempre nos viene a la mente cuando la evocamos en silencio. Me paré, la observé, y se me vinieron a la cabeza tantas cosas que hasta me hizo preguntarme qué habrá en ese lugar de Granada tan importante que hace que en cualquier parte te la encuentres y una sonrisa se asome a tus labios sin querer casi, cuando tu mente está ya revoloteando por sus cercanías, en esa tarde tan bella que sólo Granada tiene...
 
¿qué será lo que escondes, que en el rincón más inhóspito me llama?...

domingo, 26 de enero de 2014

Día de lluvia...


Cuando amanece un día gris, normalmente me suelo quedar en mi casa apesadumbrado y sin muchas ganas de nada, salvo de sentarme en la mesa de camilla con un bol de palomitas de maíz mientras disfruto de una buena película, escuchando el repiquetear de las gotas cayendo contra las ventanas del salón.
 
Hay gente a la que le fascina abandonarse, sin paraguas, sobre las calles de la ciudad de turno, y encontrar esos rincones que cambian radicalmente bajo las gotas de agua que se derraman por doquier, mientras que a otras les gusta sentarse en un café para observar el ir y venir de la gente atareada, intentando taparse inùtilmente con el paraguas cuando el viento, además, hace acto de presencia, protegidos por el cristal que separa lo húmedo de lo seco con un fina capa de vaho como frontera. Es curioso observar, por ejemplo, desde una atalaya por encima del nivel del suelo, las paradas de autobús repletas de gente bajo la marquesina, mezclándose con la que baja del mismo a la par que despliega ese paisaje abstracto que forman sobre sus cabezas los paraguas de mil colores; asemejar la forma del transeúnte con la de un champiñón que asoma entre la hierba es fácil si te asomas desde un balcón y juegas a agruparlos con las farolas de la plaza en ese paisaje urbano que se forma con la lluvia y en el que en raras ocasiones reparamos. 
 
Podríamos hablar de muchas más cosas, todas las que aparecen bajo el suelo cuando el agua acumulada en forma de charco hace de espejo y duplica la imagen, invertida, de lo que se eleva hacia el cielo gris de la ciudad; o los brillos de las luces de los coches, el reflejo de la lluvia al incidir sobre ella, o la sensación de humedad aumentada por las gotitas que flotan en el ambiente elevadas por cualquier coche que pasa, todo eso, aunque nunca os lo hayáis planteado de esa forma, esta ahí, ora oculto por la fina capa de "chririmiri" (como gustamos decir en Granada cuando llueve sin la suficiente fuerza como para abrir el paraguas, pero que a la larga te cala hasta los huesos), ora tras la espesa de la lluvia más intensa que levanta incluso los charcos al caer. Dibujos sobre la superficie de los mismos, con círculos formados por las gotas, reflejos, oscuridad,...todo esto aparece cuando llega la lluvia, espero que lo disfruteis.

 

lunes, 20 de enero de 2014

Sombras...

Las vemos por todos sitios, nos invaden a cada paso que damos cuando el sol o la mortecina luz de un farol inciden sobre cualquier objeto dándole, sobre la pared colindante, un aspecto fantasmagórico a la imagen proyectada sobre ella. Cuando el sol está en lo más alto del cielo, las sombras se hacen más duras, recortándose los perfiles con más detalle y viéndose completamente nítida la imagen que, del objeto en cuestión, interpreta el sol. Por el contrario, cuando la luz es más difusa, filtrándose los rayos solares por las nubes del cielo, la sombra se va perdiendo y podemos jugar con esa interpretación, añadiéndola a la nuestra propia, para deducir qué es lo que realmente aparece ante nuestros ojos.
 
Desde niños, cuando jugábamos con una fuente de luz sobre una pared blanca a ver un perro, un conejo...u otra imagen más o menos bien representada, las sombras nos han acompañado, y siempre nos hemos servido de ellas para dibujar, fotografiar o hacer cine, dándole a la sombra un significado u otro según fuese la película de humor o de terror, y más de una vez una camiseta olvidada sobre el pomo de una puerta nos ha hecho sobrecogernos de terror al ver su sombra en la pared del cuarto proporcionada por la luz que se filtraba por debajo de la puerta. El caso es que, hace unas cuantas mañanas, me fui cámara en mano en busca de las sombras que aparecen en la ciudad, ya fueran de personas, arquitectónicas o de cualquier otra índole, cuando me dí cuenta de que, bien sea por mi afición casi desmesurada a la Semana Santa, bien sea porque estoy sugestionado por ella en cada cosa que emprendo, las sombras que encontraba siempre me recordaban lo mismo, y para muestra un botón...
 
"volverás a casa por el camino más corto"...¡feliz Lunes!
 

martes, 14 de enero de 2014

Jardín...



Está ahí, aunque pasa desapercibido, mil veces recorridos sus aledaños, siempre con las prisas del día a día, y mil veces ignorado también, acaso por lo poco llamativos que resultan los colores de sus rejas, o el emplazamiento en sí, aunque esté situado en pleno corazón de Granada, junto a la facultad donde se imparten clases de leyes. Siempre he sabido que estaba ahí, he sabido de su existencia pero nunca había atravesado sus puertas para ver el recinto y lo que el viejo edificio puede ofrecernos, como nunca me habían llamado la atención los árboles que en él crecen. Nunca, hasta que fui "obligado" a entrar, cámara en mano, para uno de los ejercicios que, cada martes y jueves, nos plantea  la profesora de técnica fotográfica. Entonces me fijé, buscando la foto ideal, en muchos de los variados tipos de flores, de árboles, en la fuente que antecede a la casa, y me sorprendió que ese lugar es escogido por muchas parejas jóvenes para pelar la pava, por muchos bibliófilos que se sientan en un banco al sol a leer, por muchos fotógrafos, y me pregunté a mi mismo por qué nunca antes había entrado en el Jardín Botánico. Por suerte para mí, Granada nunca deja de sorprenderme...
 

sábado, 11 de enero de 2014

El amor que nunca fue...

La Navidad es una buena época para ver películas, bien porque tenemos tiempo para ir al cine (el que pueda), o porque en la televisión nos bombardean con estrenos que nosotros seleccionamos y vemos porque nos llame la atención algún título, o porque preferimos ver la película que aguantar el tostonazo de programación que ofrecen los sesenta y pico canales que contiene nuestra TDT. Yo, además, aprovecho para ver películas de Navidad, desde "Cuento de Navidad" de Walt Disney al que le sigo teniendo un cariño especial por todo lo que me recuerda, hasta las más actuales como "Noche de fin de Año", "Love Actually" pasando, cómo no, por los clásicos, entre los que suele estar "Mujercitas" o mi preferida, "Qué bello es vivir", dirigida por Frank Capra en 1946. En ella, un jovencísimo James Stewart renuncia al sueño de su vida por dedicarse al negocio que su padre fundara a la muerte de éste, y el sinfín de situaciones en el que se ve envuelto hasta el final de la película como consecuencia de su forma de entender la vida, me hace siempre reflexionar acerca de lo que somos y deberíamos ser, sobre todo en tiempos de Navidad. Pero la película, además, la tiene a ella, y como hace tiempo que esta sección estaba vacía de contenidos, y a pesar de los comentarios "chistosos" que me van llegando por parte de algunas amistades acerca de los mismos, he decidido no obviarla y volverla a ilustrar con otra de las mujeres de bandera del cine de mediados del siglo pasado, Donna Reed, y sobran las palabras.


Fuente fotografía: www.unlugarenelcine.blogspot.com.es 

jueves, 9 de enero de 2014

Febril...


 
Hoy la fiebre ha venido a visitarme...me he levantado como todas las mañanas dispuesto para una nueva jornada de cámaras y aprendizaje, pero el escalofrío me ha azotado nada más poner el pie en el suelo y una tiritera generalizada ha recorrido todo mi cuerpo. Acostado y arebujado con el nórdico, intento sudar la fiebre y dormir un poco, mas sólo consigo soñar imágenes reales, en una duermevela delirante. Es en delirio, cuando escucho a una muchacha que llora sentada en el suelo, frente a una casa que no llego a reconocer, pero no puedo alcanzarla para preguntarle qué le pasa y consolarla; cada vez que avanzo hacia ella, la distancia engtre nosotros va creciendo, y el suelo que piso, las casas que me rodean, se van fragmentando dando lugar a planos imposibles, como si de un universo sacado de la mente de Isidro Blasco se tratase, haciéndome caer a cada paso que doy. Me doy cuenta, empero, de que mis pasos de pronto se van haciendo más seguros y es porque he entrado a formar parte del entramado de ventanas a ningún sitio y puertas semiabiertas por las que solo se accede a lo sucedido en la jornada anterior. La muchacha llora, apoyada su cabeza en las rodillas, hecha un ovillo y un mar de lágrimas, mientras mi voz no me sale del cuerpo a la hora de llamarla, me desgañito a la par que percibo como no tengo voz y mis gestos son lentos e inservibles. No sé si ella tendrá algo que ver en mi vida, en ese futuro que no acierto a comprender, o es parte del pasado ya vivido, o es algo de ese lado femenino que cada hombre tiene dentro y que me habla en un idioma que no comprendo y al que no puedo acceder aunque lo intente.
 
La ciudad enmarañada parece que se va haciendo más clara, más firme y más seguro el suelo en el que mis pies luchan consigo mismos para no rendirse a la caida que, no obstante, parece inminente. Una luz, y la nada...me encuentro en una infinita llanura sin más guía que el horizonte infinito, en la soledad infinita. La muchacha sigue llorando aunque la lejanía me impide verla ya, y sólo sé de ella por el eco de su llanto que me golpea los sentidos haciéndome sentar, impotente, en medio de yermo paraje, rodeado de vacío, frío y oscuro, mientras mis pies, mis manos, todo mi cuerpo, se abandona en el solar, y quedo en paz, aunque compungido, tranquilo, pensativo, dubitativo y...febril.
 


miércoles, 1 de enero de 2014

La vela encendida...



Siempre, cuando llega este día y, estragado por la copiosa cena, me levanto algo aturdido y deseando no volver a comer en mi vida, ordeno las vivencias del año que se nos fue entre campanadas y uvas, e intento decidir qué cosas buenas me ha traído y borrar de un plumazo las malas, para que no se enturbien demasiado mis buenos propositos. Es cuando hago balance de lo vivido y me encuentro con aquellas situaciones en las que no he sabido reaccionar y me han golpeado sin piedad, para intentar en este año solucionarlas en la medida de lo posible, o me agarro a los momentos intensos y felices para volver a recrearlos en los días que, a partir de hoy, nos quedan por vivir.
 
Los años se pueden comparar con una vela, de llama potente y luminosa al comienzo de los mismos, con cera a estrenar para iluminar las cosas que nos habrán de suceder, y con la langidez de la luz ofrecida en los últimos días del año, queriéndose apagar, inmersa ya en los estertores de su existencia. La vela de cada año, se nos presenta como un melón cerrado en el que se esconden a un tiempo la dulzura del momento justo de la recogida, o la acidez del que fue recogido a destiempo. La vela de cada año, no sabemos que luz dará, pero sí sabemos que la que tiene en el momento de encenderla, por cómo lo hacemos y con quién, es la que nos gustaría que tuviera todo el año.
 
Espero que en este año que estrenamos, vuestra vela se mantenga así, encendida, y que no haya momentos malos que soplen fuerte para apagarla, que su luz ilumine vuestras vidas durante los trescientos y pico días que dure el dos mil catorce y que, al hacer balance el próximo año, cuando evaluemos las cosas que nos sucedieron y las situaciones en las que nos hemos visto involucrados, todo lo que anoteis en vuestro cerebro de los días pasados, sean sólo cosas buenas para recordarlas siempre. Yo tengo suerte, en lugar de una vela, cuento con la luz que me ofrecen los noventa y tanto candeleros de la delantera de mi Virgen, así que como siempre, no me ha de faltar la luz... 
 
Feliz dos mil catorce amigos, que vuestra vela permanezca siempre encendida...

Gracias por asomarte...

Gracias por asomarte...
donde se guardan las joyas...

Sobre las copias

Queda prohibida la reproducción, total o parcial, de los textos de este blog, así como de las fotografías que en él se reproduzcan, en función de lo establecido en la Ley de Propiedad Intelectual

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