viernes, 20 de diciembre de 2013

Mi vida eres tú...


La noche se había cernido sobre la ciudad, cubriendo con su negro manto las luces del día que, como viene siendo habitual, había puesto a la Esperanza a la altura de los hombres. Las luces amarillas de las farolas no calentaban el helado ánimo de los que esperaban turno en la sala de urgencias de ese hospital en el que me estaba empezando a cambiar la vida. Poco a poco, el revuelo característico causado por los altavoces que gritaban los nombres a los impacientes usuarios, entre los que nos encontrábamos mi mujer y yo, primerizos y nerviosos ante la inmensidad de los sucesos que casi nos habían desbordado. Una falsa alarma que no era tal, más bien lo único falso fue la atención prestada por algún espécimen del personal cualificado, dio con nuestros huesos en la angosta sala en la que dos mujeres calés nos daban un concierto a grito pelado justo en el lugar que más silencio requiere, y mi suegra intentaba, en vano, controlar los nervios. Sonidos de voces extrañas en conversaciones sin fin inundaban el espacio, mientras mi pensamiento estaba con ella, que había entrado a consulta a que le confirmaran lo que nosotros ya sabíamos, estaba de parto...

Fuera, a través de los cristales empeñanados con el vaho de los días invernales, la ciudad dormía en ese impás de horas que suceden al sueño y preceden a la rutina laboral de cada uno, mientras mis ojos se iban de mi madre a los edificios en penumbra, y de estos al leve resquicio de luz que asomaba por la puerta de la sala de dilatación, en donde ella luchaba con ese dolor del que siempre se habla aunque nunca se recuerda exactamente. Una noche "tranquila", calmada por la epidural que, poco a poco, iba haciendo el efecto deseado, iba sucediéndose, interrumpido el silencio sólo por el aparataje que nos iba marcando el ritmo de la vida, y el ir y venir de matronas y enfermeros que nos iban asistiendo en todo momento. Aunque el reparador sueño no llegaba, si vino la calma ante la tempestad de vertiginosos acontecimientos y pudimos, al menos, cerrar un poco los ojos imaginando su cara...

Al fin, en uno de los reconocimientos, casi seguidos, de los que fue objeto a lo largo de las horas precedentes, se empezó a vislumbrar la posibilidad de que estuviera cerca el final de la noche y el principio de su vida, hecho que se constató felizmente a las once y ocho de la mañana del día diecinueve de Diciembre de dos mil doce, fecha de la que ayer se cumplió un año...felicidades Candela, mi vida eres tú.
 

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