miércoles, 20 de marzo de 2013

Ese Miércoles...


Esta mañana el aroma de la primavera me ha golpeado el entendimiento al salir del coche en Almuñécar, rozando mi cara con la suave brisa marina que tantas cosas desata en mi interior, y ha arrancado el motor de las emociones sin preguntarme ni pedir permiso.

Hoy, viente de Marzo, la inminencia de la Semana Santa es patente, no sólo porque el sábado tuviera lugar el traslado de los pasos de Santo Domingo, en cuyo interior acababa los cultos la hermandad de la Humildad, no sólo porque ya se hayan leído los pregones de nuestra Granada, ni porque se hayan terminado los ensayos de casi todas las cuadrillas de costaleros; la inminencia de la Semana Mayor se palpa porque en el interior de los templos los priostes se transforman en magos que juegan con las horas para que todo llegue a su tiempo, algunos de cuyos "trabajos" ya duermen en las naves de las iglesias esperando que los costaleros le den vida de nuevo; ya se han realizado retranqueos en algunas cofradías, como el domingo en escolapios, y otros están aun por realizar (esta noche nos vemos, Esperanza...), con lo que la máquina de los sentimientos a flor de piel va tomando forma; no en vano, un retranqueo es el principio de la estación de penitencia, nuestro titular ya está sobre la cerviz y empiezan a hilvanarse las oraciones que luego se habrán de entregar en esa noche que tanto hemos estado esperando.

Pero aparte de todo esto, hay algo que, para mí, marca el comienzo inmediato de ese tiempo por el que somos, y es que esta noche, en la intimidad del santo Ángel, el Sagrado Portector de la ciudad bajará hasta nuestra altura para ser depositado en Besapiés a partir de mañana y hasta el sábado. Es en ese momento, de total recogimiento, mientras los priostes de la hermandad guían la maniobra de bajada del Señor, cuando ya empiezo a darme cuenta de que no hay vuelta atrás y que la Cuaresma, como muy pronto la Semana Santa, ya se ha escapado de las manos; ya se han ido cuarenta días con sus cuarenta noches y "ay" del que no haya disfrutado inmensamente, porque ya no va a tener tiempo para nada.

Esta noche me acostaré tras haber depositado mi cerviz sobre la trabajadera del palio verde de santa Ana, y puede que antes me pase por mi hermandad para hablar un rato con mis hermanos mientras mi Cristo se prepara para recibir todo lo que sólo Granada sabe darle al final de la cuaresma y, mañana, jueves, cuando mi coche me lleve de nuevo  a Almuñécar para exprimir las últimas horas en la costa, el Cristo de san Agustín ya estará engalanado en el centro de su convento como el mejor cartel anunciador que jamás haya existido. Con Él, besándole sus pies, habrá empezado la Semana Santa...  

jueves, 14 de marzo de 2013

Mi último escaparate...


Desde que empecé a trabajar en mi oficio, siempre me ha divertido cambiar los escaparates y ponerlos de acuerdo con las fechas que se van desarrollando, poco a poco, a lo largo del año. En Navidad, poner el Belén mas como puro entretenimiento frente a la, a veces, rutinaria labor del día a día, que por reclamo publicitario, y ocupar las horas de la mañana en colocar los adornos navideños que después los niños disfrutarán cuando pasen por la tienda. San Valentín, aunque no sea esta fiesta santo de mi devoción, ya que siempre he creído que el amor se demuestra día a día, y no con una caja de bombones el día catorce de Febrero, o incluso el día de los santos (mal que me pese), sirven para que me distraiga un poco pensando en qué gafas voy a poner, cómo las voy a distribuir para que cobren sentido y cuánto tiempo me va a invertir dejar todo como me gusta aunque luego vengan a poner "peros" los que nunca hacen nada; y hablando de peros, el día de la Cruz también sirve para que juegue a escaparatista aunque no sea fiesta en Almuñécar.

Desde dos mil nueve, fecha en que aterricé por la costa granadina para instalarme laboralmente, echando de menos Granada desde el primer día, el escaparate que más me ha gustado poner es el de Semana Santa. Bien sea por lo que me gusta esta época del año, bien sea porque es el que más juego da a la hora de montar, es el escaparate que más me ha llenado y, generalmente, también ha sido el que mejor ha quedado en las sucesivas ocasiones que he tenido que ponerlo. Llenar las puertas de la tienda con los carteles de la Semana Santa granadina, tan diferente en todo a la sexitana, me ha servido, entre otras cosas, para entablar amistad con los que venían diciéndome que, por favor, le guardara el de turno para su colección porque ellos sólo iban a Granada de vez en cuando y, de paso, para darme cuenta de lo orgulloso que me siento de la Semana Santa de mi ciudad, aunque ella englobe una gran disparidad de gente, a veces nociva para el intelecto. Nunca, sin embargo, os he ilustrado la Ventana con fotos de mis "logros" de escaparatismo, primero porque los resultados siempre son mejorables y, segundo, porque siempre he creído que no era motivo de post las gafas que los decoraban. Pero este año es diferente...este año me voy de mi puesto de trabajo a engrosar las filas del paro y ya no voy a tener ocasión, al menos en un largo período de tiempo (ojalá me equivoque), de colocar un escaparate y, a modo de despedida, quería dejar el que este año de dos mil trece decora ya la tienda que, hasta ahora, ha sido mi segunda casa ya que he pasado allí muchas más horas que junto a mi mujer o mi familia. Este año se acaba un ciclo, se cierra una puerta, pero la ventana de la Esperanza sigue abierta y nuevos e ilusionantes horizontes me esperan a lo lejos por lo que no ando triste, si bien sí un poco pensativo ante el apremiante futuro que me espera, aunque, lo más cercano en el tiempo es disfrutar de la Semana que se asoma a la vuelta de la esquina y que, desde poco después del Miércoles de Ceniza, se viene anunciando en Almuñécar a través de mi último escaparate... 

martes, 12 de marzo de 2013

De negro...

 
Intimidad, oración, oscuridad, ensimismamiento,...estar sólo contigo mismo y con tus pensamientos; abandonarte a todo sin esperar nada; dejar la mente volar, sin dueño, libre de ataduras que la puedan manipular y centrarte sólo y exclusivamente en la labor para la que has sido convocado, ser para Él y sólo para Él. El negro no es un color, por lo menos no para mí, y menos ahora que acaba la Cuaresma y me toca disfrutar de lo que es mío, mi diálogo, mi conversación racheada y dormida en los costeros, mi fuerza y mi desesperación, la medida justa entre ambas para que Él siga dominando las almas desde arriba. No es un color, negro es una religión, centrada en la impresionante talla del Crucificado, negro es ternura, humanizada en las lágrimas de Consolación. Negro es casta, es saber dominarte ante las adversidades, es ganarle a un palo que deja de serlo para transformarse en ese yugo a través del cual se me perdonan los pecados...negro...
 
 
Negro es el rezo de las Siete Palabras respirando silencio bajo los faldones, recién colocados, de la caoba y la plata que lo acogen cada Lunes. Negro son las cosas bien hechas, por derecho, desde la cruz de guía procesional hasta la última zapatilla de la sexta trabajadera del palio, negro es negro, y no hay verdad más verdadera que la de que te marca de por vida. Me han llamado rancio por ser de Tí, óle, me han llamado mustio, óle, pero yo sólo soy negro, el de centro, el de la solera, el del pasado y el presente de Granada sobre la cerviz de treinta hombres, y el futuro en el cordón morado sobre el cuello de nuestros acólitos infantiles. Negro son dos faroles en la fachada, los adoquines de san Antón apretando en la recogía, y las campanas doblando al aire granadino a las nueve de la noche, idiosincrasia agustina para la Semana Santa. Pero no nos olvidemos de una cosa, el negro no se nace, se hace...y lo mismo que un costalero se gana el sitio bajo el palo, hemos de ir moldeando ese carácter en nosotros, sabernos representantes de la historia de la ciudad cada vez que nos ponemos el hábito, y pensar que, en nosotros, en nuestros actos, va la imagen de la hermandad a la que pertenecemos. Ser de negro no es fácil, porque no es fácil animarse con la oración cuando los "kilos" aprietan, no es fácil escuchar sólo la música de tus palabras acordándote de los tuyos a cada paso que das, pero nadie dijo que lo fuera y hay quer ser consecuentes cada minuto de nuestra existencia con el legado que recibimos cuando nos colgamos esa medalla por vez primera. Somos representantes de una devoción centenaria, y eso hay que llevarlo con orgullo y con mucha responsabilidad no vaya a ser que nuestras palabras, nuestros gestos, enturbien el glorioso pasado de la hermandad que nos sucederá en el tiempo ya que aquí estamos para un recado.
 
 
Soy de negro, disfruto con el negro como otros con la cornetería, siento las levantás a pulso como otro los "puntillazos" y ando de frente como otro hace izquierdos pero, además, llevo sobre mi cerviz al renacentismo hecho madera, al siglo XVI en la era de los "androids" y detengo el reloj del tiempo cada vez que mi Cristo se viste de quinario; guardo silencio entre cada "chicotá" para impedir que lo de fuera me desvíe de mi trabajo y sirvo a Cristo y a María a la usanza del santo Ángel...el negro no es un color, y pesa más que cualquier otra cosa en la vida, tengo la obligación de legar a mis descendientes lo que mis antepasados me legaron a mí, y creo en la verdad del silencio cada Lunes Santo...soy de negro y, para mí, el aplauso más sonoro es la cara de satisfacción de mis hermanos nazarenos cuando le ven el rostro a su Cristo al depositarlo nosostros en el templo.
 
Lunes Santo, soy de negro... 
 
Las fotografías que ilustran esta entrada son del fotógrafo Manuel Puga

sábado, 9 de marzo de 2013

Déjame quererte...


Déjame quererte en tus agobios, cuando todo se multiplica y la templanza de tus nervios empieza a resquebrajarse azotada por las circunstancias de los días. Déjame quererte solamente, cuando pasan las horas encerrada entre las cuatro paredes de nuestra casa, prisionera de esa "carcelerilla" que depende de tí para todo y que te nubla el entendimiento cuando te sonríe nada más asomarte a su cuna. Déjame quererte en tu desesperación, servirte de ayuda cuando quisieras tirar la toalla y no puedes porque ella te reclama a todas horas. Déjame quererte, mientras la observamos al mirarnos confiada, ajena a que nosotros daremos la vida por ella aunque no sea preciso morir por ella, sino vivir para compartir sus cosas muchos años.

Déjame quererte, cuando parece que te olvido, cuando parece que te abandono a la deriva en ese mar de horas junto a ella, cuando parece que no tienes ayuda por mi parte y que estás sóla entre tanta compañía. Déjame querete, porque no sé si sabré hacer otra cosa, porque no necesito aprender lo que me gusta y anhelo quererte a toda costa. Déjame quererte, cualquier día, en cualquier lugar y por ningún motivo, déjame quererte aunque sólo sea por darme el gusto, aunque sólo signifique un "momentito"...Déjame, que mi vida sin quererte no es mi vida, que mi sueño es quererte siempre y necesito quererte sin que lo notes, porque es así como se quiere de verdad, sin que tú sepas que te estoy queriendo. Déjame quererte, ahora que ella necesita que lo haga, ahora que lo precisas y no pides, ahora que sois dos las que me llaman.

Déjame quererte, y mañana saldrá el sol por donde quiera, no me importa que podrá pasar mañana si hoy, amor, lo pasas dejándome quererte...

miércoles, 6 de marzo de 2013

La nostalgia de la trasera


Una de las certezas más grandes de nuestra Semana Mayor es lo efímero de su esencia, que dota de un especial sabor a todo lo que tenga que ver con ella, y esa velocidad a la que transcurre la pasión de Cristo en las calles andaluzas la podemos medir cada vez que un paso de palio pasa ante nuestros ojos, casi sin tiempo para poder apreciar los mil detalles que lo componen. Decía mi suegra hace ya algunos años en relación a cierta ocasión en que mis hermanos me abrieron las puertas de santa Ana un lunes Santo por la tarde, que no sabía que el paso de palio de la Esperanza era tan rico en orfebrería y en bordados, y es que en la calle no había tenido ocasión de observarlo detenidamente, tal es la fugacidad de los instantes procesionales. 

A la Semana Santa, la intuimos mucho antes de tenerla cerca, la esperamos y esperamos, y siempre damos por bueno el tiempo invertido en ello, ya que luego nos sentimos ampliamente satisfechos; sentimos su cercanía y nos ponemos nerviosos ante ella, preparando las cosas para su inminente llegada y prestos a disfrutar a corazón abierto de todo lo que vamos a tener ocasión de vivir. Eso mismo nos pasa a los cofrades cuando, en la calle, en la jornada procesional, todo anuncia la llegada de la Madre de Dios sobre su paso de palio; entonces, como en Cuaresma, la música nos ha hecho intuir su proximidad, los ciriales nos dirán que falta poco para verla y, ante la certeza de su presencia, nos levantaremos sobre nuestros pies, de puntillas, para verla venir de frente, con los nervios instalados en la mente. Ya estamos en Semana Santa, la Virgen viene mecida sobre las cervices de sus hombres de abajo, y ya sólo toca vivirla intensamente, de calle en calle, templo a templo. Durante estos días, las vísperas quedan lejos ya y sólo tenemos delante la plenitud del tiempo que hemos estado esperando, como atrás queda la candelería una vez que estamos observando el palio por su costero notando el calor que sale por los respiraderos, esfuerzo de los hombres de María, y sus voces se mezclan con el silencio de los que contemplamos la escena desde fuera...el palio avanza, como avanzan los días de la Semana, dejándonos sumidos en el transcurso de nuestros sentimientos, de nuestras devociones, adornando la mente con la imagen de su trasera, brazos de cola al ritmo de la banda, al son de los costaleros, para hacernos despertar del sueño que hemos estado viviendo, ¿o fue real?, al contemplar en su despedida el paso de nuestro tiempo mejor, una vez más, sin habernos dado cuenta...cuando la Virgen se despide, nos dice adiós la Semana Santa y nosotros, sin perder un detalle de lo que estamos viviendo nos damos cuenta de la verdad, sólo nos queda ya la nostalgia de la trasera...

Fuente fotografía: www.latrabajadera.mforos.com

lunes, 4 de marzo de 2013

Ya somos tres...


Hace veinte años, allá por mil novecientos noventa y tres, sólo era un muchacho fascinado por la Semana Santa y que tenía claro que quería formar parte de manera activa de esa máquina que sólo se activa una vez al año alterando, sin embargo, el completo devenir de la ciudad. Hace veinte años, un caluroso día de Junio, entraba a formar parte de la hermandad a la que llamo mía y, que gracias a Ellos, es también la de mis hermanos y mi esposa.

Entonces yo no sabía que la hermandad en la que estaba ingresando contaba con tantos siglos de historia, y que su sagrado titular era una devoción centenaria también en la ciudad de la Alhambra. Yo no sabía nada de la protección que el Señor otorgaba a Granada, ni de enfermedades extinguidas por su mediación, así como de que el Cristo al que ahora le rezo a diario, al menos una vez al día, es posiblemente el crucificado más antiguo de los que procesionan por las calles andaluzas en los días pasionales. Todo eso lo he ido constatando a base de leer mucho acerca de mi hermandad, y de vivir muchos lunes santos junto a Él, que sigue siendo el santo y seña de todo lo que hago. Hace veinte años, si alguien me dice que iba a pasar lo que sucedió anteayer, quizás no lo hubiese creído y, sin embargo, sucedió...

La noche del sábado, noche de quinario en honor al que nos reúne a todos en su nombre, se encontraron en un mismo acto las ilusiones de una familia con la historia de una hermandad. Tras la homilía, el secretario de la cofradía inició el acto de juramento de reglas llamando a los aspirantes por su nombre, y por el pasillo abierto entre las filas de bancos avanzamos, mi mujer y yo, con nuestra pequeña en brazos, dispuestos a jurar en su nombre, por ahora, que cumplirá las mismas reglas que sus padres aceptaron hace tiempo. En ese acto, sentí orgullo de poder entregarle a mi hija mi misma devoción, sentí agradecimiento de poder llevarla en brazos sana y saludable, sentí nostalgia de la vez que yo mismo recibí la medalla en aquel mes de Diciembre de hace veinte años, sentí la fuerza y la protección que San Agustín y Consolación le entregaron a mi hija en el momento en que el sacerdote tocó su frente y le colgó el cordón morado sobre su pequeño cuello, sentí el cariño de mi esposa al sujetarme la mano suavemente, sentí el calor de mi hermandad al acercarse después algunos de su miembros a verla y a darnos la enhorabuena, sentí el orgullo de poder comprarle a mi sobrino un "costalero negro" en sus propias palabras, sentí la cercanía de sus abuelas, sus
tíos y tías, su primo y su prima, que no quisieron perderse ese momento de Candela, y sentí la alegría de saber que en casa, desde ayer, cada vez que entremos a rezarle a Cristo y a María, ahora seremos tres...

La fotografía que ilustra magistralmente esta entrada es de Sergio Aguayo (www.granadacofradiera.blogspot.com)


Gracias por asomarte...

Gracias por asomarte...
donde se guardan las joyas...

Sobre las copias

Queda prohibida la reproducción, total o parcial, de los textos de este blog, así como de las fotografías que en él se reproduzcan, en función de lo establecido en la Ley de Propiedad Intelectual

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