lunes, 29 de octubre de 2012

Luna...

La luna...no sé que tiene que siempre me ha hecho asomarme desde cualquier sitio para verla, y es que cuando la luna derrama su brillo sobre la oscuridad de la noche, todo adquiere un tono diferente. Dibujada sobre la calma de la mar en una noche de verano, o asomada a la ciudad para ser espectadora de excepción de los "ires" y "venires" de la capital, la luna se erige en protagonista aunque ella misma no lo pretenda.
Cuando la luna llena se acerca, las abuelas se afanan en contar los días para elucubrar algún alumbramiento, que aseguran tiene que ver con estas cosas, hasta el punto de que se vaticina la fecha "exacta", una vez salida de cuentas la mujer, a partir de que la luna haga su aparición sobre el cielo. Lunas que han sido los acompañantes de los amantes de esos tiempos que nos precedieron, y bajo la cual se han auspiciado encuentros, besos, y hasta crímenes, de los que dan cuenta las obras de teatro o las novelas de los grandes escritores de nuestra literatura. La luna es la que cambia el ritmo sanguíneo del licántropo, pasando éste a dejar su condición humana para, una vez al mes, convertirse en el lobo que azota los tranquilos sueños de los pueblos de cuento. Vampiros, brujas, zombies, y demás seres sombríos, han convivido a lo largo de los tiempos con la luna, haciéndola cómplice de sus actos, para acobardar al niño que no se duerme, o a las muchachas cuya virtud se quiere salvaguardar todo el tiempo que se pueda. La luna, además, es la compañera de tantísimos poetas, tantísimos artistas, fotógrafos y pintores, que han visto y ven en ella un símbolo de belleza con el que "aliñar" sus trabajos. La luna es la quimera del astrónomo, la vida del astrólogo y el sueño del niño que quiere ser como Amstrong (Neil), aunque ya no sea él quien la pise por vez primera.
La luna siempre me ha llamado la atención, y me ha gustado mirarla, redonda y enorme, luminosa y deslumbrante, por encima de las montañas, sobre Sierra Nevada, o navegando en las tranquilas aguas del Tesorillo, jugando con la torre y con el mar. Espero la llegada de la luna cada Semana Santa, porque eso significará que el Señor de Granada vuelve a las calles, y procuro fotografiarla de vez en cuando, combinada con los elementos que antes os he relatado, para engrosar mi colección de tipismos fotográficos. Pero si hay algo a lo que me lleve la memoria cada vez que veo la luna, si hay algo a lo que me transporto automáticamente cuando su brillo inunda la más completa oscuridad, es a una noche de verano, sentado en la arena del mediterráneo cuando sus aguas tocan Málaga, cogiendo de la cintura a la mujer más importante de mi vida en una de mis últimas noches malagueñas. Esa noche, conocí una nueva cara de la luna y reconocí a mi mujer, mi amor, mi compañera...   

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