viernes, 20 de julio de 2012

Tiovivo...

Duerme durante el día, celosamente protegidos sus caballos por las lonas que los apartan del calor de la Costa del Sol, silenciosa la música y apagadas las luces, sin más compañía que los cientos de niños que recorren el paseo a la hora del baño, a la vuelta del mismo, cuando van junto a sus padres a por la cervecita del mediodía antes de ir a casa a almorzar..."papá, esta tarde venimos", mientras que el padre contesta afirmativamente intentando que el niño se concentre en no tirar los útiles de la playa y puedan quedar éstos desparramados sobre las rojas losetas.

Al atardecer, al tiempo que los bañistas disfrutan del mar en Fuengirola, el dueño del mecanismo se afana ya en ir quitándole el polvo que le haya podido caer a las figuras del tiovivo, preparando todo para cuando los padres acudan con los hijos a la hora del paseíto tras la jornada playera, ajustando todas las piezas, todos los anclajes, como seguro viene haciendo desde hace tiempo a juzgar por la categoría del columpio, y del aroma a tiempo transcurrido quer se percibe al entrar en él o al pasar cerca suyo. Con precisión de relojero se va limpiando el suelo, y se espera a la selecta clientela que, sentada a lomos de los caballos de madera, soñarán ser intrepidos jinetes sobre los corceles veloces, al tiempo que buscan a sus madres entre las caras expectantes y sonrientes, y se sienten seguros abrazados a sus hermanos mayores que cuidan tímidos de ellos, sin querer formar parte de ese entramado al que pertenecieron, empero, no hace mucho tiempo y que seguro añorarán dentro de nada.

Siempre que he ido a Fuengirola me ha llamado la atención este tiovivo, siempre le he contado a mi padre la calidad del mismo, sabedor de que a él le gustan estas cosas, y alguna vez que otra me ha incitado a retratarlo, cosa que hice el fin de semana pasado. Es curioso como siempre que pasas por su lado sientes la felicidad a flor de piel, y es que te contagian las caras de ilusión de los pequeños, las de los padres, y las risas que inundan por doquier la plaza en la que se alza la majestuosa fábrica de ilusiones, en forma de luces y caballitos de madera. Por él suben y bajan, al mismo ritmo de los estáticos equinos, los pensamientos del que os habla y de su esposa, que contempla en silencio la escena recordando cómo hace tiempo su hermana, y ella misma, eran alzadas por las manos de mi suegro, y quizá pensando ya en el momento en que sea ella la que espere en el suelo mirando como su hijo (o hija) le saluda agarrado a las bridas de la infancia...

 

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