lunes, 16 de abril de 2012

de la mano...



Ella lo quiere a él incondicionalmente, buscando su sonrisa, su complicidad, su protección a cada momento y en cada rincón de las casas que más frecuentan, la de sus abuelos, Chápiz y Flores, cuando abandonan Churriana para venir al centro. Su media lengua acaba siempre con "Ignacio" entre sus frases incompletas, que nos afanamos en traducir los que menos tiempo pasamos junto a ellos, y procura imitarlo en todo, fijándose en cada uno de sus movimientos, sus reacciones y respuestas, hasta el punto de que dudo si no se convertirá en un mono de imitación para con su hermano. Él la quiere a su manera, aceptando su mano cuando ella se la tiende, intentando razonar cuando ve su intimidad amenazada, sus coches desperdigados, sus pelotas rebotando en las paredes, aunque acepta voluntarioso las "princesas Disney" que, a deshoras las más veces, aparecen por doquier cualquier jornada e intenta, a veces sin conseguirlo, concentrarse en "Mc Queen" y en el tenis a pesar de que un satélite rubio y picarón, una pimienta en toda la extensión de la palabra, pulula a su alrededor tanteando su paciencia y ese caracter bonachón que le acompañarán, a mi juicio, desde la cuna a la tumba.


Ambos son inseparables, ella no puede estar sin él y él no puede engañar a nadie, ni a sí mismo, cuando afirma estar mejor sin ella porque ha sido el complemento ideal que le faltaba a su estabilidad superados los primeros momentos de "celera". El hecho de ser el príncipe destronado al principio, se ha tornado con el tiempo en una aceptación total y una entrega desinteresada al comprender que su sitio no se ha visto alterado en demasía y que puede seguir su vida a la par que la de ella entendiendo que, al final, la necesita...y ahí los tenéis, mirando a la derecha antes de cruzar las calles de su infancia, de la de su madre y sus tíos, de la de sus abuelos y tíos abuelos...dirigiéndose a ver a Jesús Despojado sobre su paso de misterio un domingo de ramos en ese bendito barrio que es el de Fígares. Vestidos de domingo, observan detenidamente antes de echar el pie a la calzada si vienen los coches, y a mi se plantea la duda de si no estarán mirando su futuro, sin darse cuenta por supuesto, mientras la incertidumbre del porvenir sí nos asalta a los que vamos detrás cuidando de que a ellos no les falte nada que reste un ápice a su felicidad. En los tiempos que corren, nada está claro para nadie, pero me resulta complicado acertar a vislumbrar que es lo que le espera a ellos, a mis hijos, y a los hijos de mis amigos, en este mundo atroz en el que nadie conoce a nadie y que, incluso, hace pensar que es mejor no conocerlo. Pero la duda se esfuma pronto, porque es imposible sentirse sólo, estar desorientado, triste o preocupado, si al volver la mirada te encuentras la sonrisa de tu hermana y, al alargarla, desaparece el peligro en ella, en esa sensación de infinita seguridad que la embarga cuando él la coge de la mano...

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