viernes, 17 de febrero de 2012

Cuadernillos...




Crecí con ellos. Mis veranos se desarrollaban entre sus páginas, gracias a la sempiterna maestra que le "recomendaba" a mi madre que el niño hiciera caligrafía, y es que las monjas dominicas poco entendían de niños zurdos, de cuadernos con espirales imposibles y de manos en terribles escorzos para evitar que se arrastrara la tinta conforme escribían para volver a casa, día sí día también, con el canto externo (desconozco el tecnicismo) de la misma azul, rojo, negro,...en función de los rotuladores con los que nos hubieran hecho trabajar ese día.



Cuando me daban las notas, buenísimas hasta sexto de EGB, mediocres de séptimo a COU (cambio de colegio, y profesores que no se dejaban engatusar por los poderes de una cara de no haber roto un plato, pelo rubio y ojos azules que ablandaba los corazones, de por sí tiernos, de algunas de las religiosas) y normales en la facultad, siempre me acompañaba la duda de qué sería lo que me depararía el verano; si playa o piscina, si deporte o relax, si amores o desengaños, y las dudas se me disparaban de pronto cuando llegaba la lista con las tareas: "caligrafía y matemáticas" y, eso sí, tu bote de "autan antimosquitos" para que no me acribillaran mientras me dedicaba al nunca bien ponderado arte de rellenar los cuadernillos con maestría.







Parece que fue ayer- aunque es mejor no contar la friolera de años transcurridos-, cuando me sentaba en la silla, garabateaba las letras ordenadas, perfectas de puro simétricas, e intentaba en vano hacer algo que se pareciera a lo que aparecía en el encabezamiento de cada página; frases insulsas, cursis y ñoñas, acompañaban mis sobremesas estivales, lápiz en mano y goma milán, con sus archirrepetidos mensajes sin sentido al tiempo que me distraía en intentar, en vano también, adoptar una postura correcta de escritura como la que, en el dorso del "librito", nos enseñaba a escribir mostrándonos un dibujo de una perfecta mano derecha en ademán de escribano...¡qué soy zurdo!, y es imposible escribir como nos enseñaban (de hecho creo que los zurdos somos autodidactas en esto de la escritura ya que ninguno adopta la misma postura al escribir, como ninguno realiza todas las cosas con la mano izquierda, pero esa será otra entrada), sin que acabáramos con la mano dolorida.



Todavía recuerdo la textura, el olor del cuadernillo, que me llevan a otras etapas de mi vida en la que mis padres se devanaban por hacer de mí un hombre de provecho en potencia y lo más importante era acabar para ir corriendo a la piscina y pasar la tarde con los amigos. Muchas tardes de caligrafía, de cuentas interminables: "papá ya he acabado" y siempre quedaba una página más; no importaba cuántas hubieras hecho, hasta dónde estuvieras del que inventó los cuadernillos, ni el tiempo que llevaras sumando, restando y sacando la lengua mientras lo hacías -porque sacábamos la lengua, como queriendo dibujar en el aire lo que tus manos no podían en el papel- siempre, cuando pensabas que habías terminado, tu padre te decía "pregúntale a tu madre si lo puedes dejar ya", y tu madre te decía: "la última y te vas"...después de casi medio libro, todavía me quedaba la última... ¡mamá, qué me tiene que durar todo el verano!, ay, los padres...



Los cuadernillos rubio han sido los compañeros de viaje en casi todos los veraneos de mi generación, así como de las anteriores, desde hace muchísimo tiempo, y cabe preguntarse, hoy que me ha dado por reflexionar sobre ésto al contemplar cómo una niña de quince años no sabe escribir, si en vez de tanto ordenador y tanto progreso, no sería mejor unas cuantas tardes en una mesa, un lápiz y una goma, y unos cuantos cuadernillos, para que nuestra juventud llegue a mayores sabiendo lo maravilloso que es coger un papel en blanco y...¡llenarse la mano de tinta!...




Fuente fotografías (por orden de aparición): www.lawebdelpiloto.com y www.blogunpoquitode.blogspot.com

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