miércoles, 19 de octubre de 2011

Praha...

Praga descansa a la orilla del Moldava que recorre la ciudad de Norte a Sur, adormecida por el cuento de sus horas felices, de su pasado comunista, y de su riqueza intemporal y abrumadora. Praga, con sus edificios señoriales, vestigios de saraos de otras épocas no muy lejanas, deja al visitante saciado de belleza, ya que adondequiera se mire asoman a la vista del transeúnte callejuelas angostas que desembocan en amplias plazas, aquí una iglesia impresionante, allá una torre, y en todas partes el ruido del pragense que pregona en su idioma natal la inmensa variedad de su ciudad, de la que se siente, a pesar de todo, profundamente orgulloso.

Durante la noche todo cambia en Praga; la ciudad se llena de gente joven, bien sean turistas o residentes, que se disponen a tomar las frías calles para calmar la sed con una espumosa cerveza, a la par que se charla con los amigos o se cantan a coro desacompasadas canciones trastornadas las voces por el efecto del alcohol que, en pequeñas dosis a veces, en muchas las más de ellas, se ingiere en cualquier "pivobar" de la ciudad disfrazado, como digo, de cerveza. Es precisamente la belleza de la noche pragense la que intenté captar muy cerca del impresionante edificio del teatro nacional, asomado a uno de los puentes que cruzan el río de la ciudad.


De todos los que unen la ciudad antigua con la nueva, el más conocido y archivisitado es el Puente de Carlos IV, presidido por el rey que le da nombre y que saluda triunfante desde su pedestal a todo el que sale o entra de él, según se mire, o según nos alejemos o nos acerquemos al otro punto de obligada visita si se está en Praga, esto es, el Castillo. Cuenta la leyenda que desde este puente fue arrojado al río san Juan de Nepomuceno, al que nos encontramos a mitad de camino entre una puerta y otra de acceso al pétreo sitial sobre el que nos encontramos. Aunque de singular belleza, no espere el fotógrafo obtener una fotografía buena del puente, si es que se está sobre él, ya que el sinfín de personas que en continuo bullir deambulan por el mismo, hacen imposible la misión, por lo que habrá de madrugar o trasnochar, si su objetivo es inmortalizarlo.

Desde la Isla de Kampa, un delicioso paraíso de tranquilidad en el ronroneo de Praga, se puede uno asomar al río, de forma más pausada y sosegada, para disfrutar de la luz de la ciudad, de su color, para brindaos luego el resultado...



Sobre el puente, numerosas escenas de la Pasión de Cristo, figuras de apóstoles y reyes del pasado, santos y demás estatuas, mantienen su descanso de siglos ofreciéndose al visitante, que experimenta una extraña sensación, que incluso podría ser temor si las observamos cuando la luz se va apagando, y que lleva al ocioso turista, por lo menos a mí me ocurrió, a entretener el pensamiento con la historia de la ciudad, y cómo sería la vida en los tiempos de aquéllos príncipes, que tan grande hicieron su nombre...



Atravesando el puente antes mencionado, nos dirigimos a la colina en la que se encuentra el Castillo de Praga, gótico del siglo IX, en el que residiesen en el pasado desde los príncipes de Bohemia, hasta los diferentes jefes de estado que llegan a nuestros días. En torno a él, la catedral de Praga (san Pío), la iglesia de san Jorge, el palacio real, y casas artesanales que constituyen el callejón de Oro. En la puerta que sirve de acceso al palacio, encontramos las figuras que se ven a continuación, y que acompañan durante su guardia a los soldados que la custodian.



En el centro de la urbe, muy próximas a la plaza Vieja, o plaza del reloj como la conocen los turistas, encontramos el barrio judío, con sus sinagogas y edificios adyacentes, que sirvieran para amortajar a los fallecidos, y servir a los familiares de sala de velatorios, antes de proceder a su entierro en el cementerio, que llega a contar hasta doce pisos hacia abajo de tumbas, cuyas lápidas se han ido moviendo a lo largo de los siglos dando como resultado una estremecedora parcela, donde se agolpan en todas direcciones las lápidas de los difuntos desde tiempos inmemoriales...



Para terminar...decir que el sistema de transporte por excelencia de la ciudad es el tranvía, hasta el punto de que vayas por donde vayas, el sonido de la campanita cuando inicia la marcha se hace compañero de viaje, pues no hay calle sin tranvía en todo el casco histórico de Praga. Como no podía ser de otro modo, y dada la afición que por estos vehículos tiene mi padre, era necesario fotografiarlos, así que lo hice en diversas ocasiones. De todas, la que más que gusta es ésta, en donde se unen la belleza de la Iglesia de san Nicolás, erigida altiva sobre las calles que anteceden al castillo, y que sirve de marco al rojo tranvía que nos aleja, poco a poco, de las calles de Praga. Espero que os haya gustado y buen viaje...


4 comentarios:

Francisco Abuín - Christi Passio dijo...

Me cachis en la Mar... que me acabo de emocionar y todo al ver actualizarse tu blog en mi blogger... ainssss... un fuerte abrazo, de verdad...

Y un placer enorme volver a leerte, artista. No nos dejes más, carajo...

Jose dijo...

Qué bueno qué volviste

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Que sí, que muy bonita (oye, un poco tristona, y eso que la vi en Julio), pero la alegría es el reencuentro. Un abrazo y a seguir.

M.Cabra dijo...

una de las capitales que me falta por visitar en Europa...quizás la que mas interes me levante de las que me falta....

lastima que no haya enlaces de vuelos baratos hacia allí...

Gracias por asomarte...

Gracias por asomarte...
donde se guardan las joyas...

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