jueves, 10 de febrero de 2011

momentos...

Lo vió nacer, sumido en un mar de nervios, vestido de verde, siempre de verde en las cosas importantes de su vida, cuando el médico se lo mostró y casi rompe a llorar al contemplar en un momento las dos cosas más importantes de su vida, juntas en aquel quirófano, una que acababa de llegar, y la otra, que había estado a su lado desde ese primer beso, malo por lo inexperto, en el callejón del viejo barrio...a partir de ese momento, quedaron ligadas sus vidas, por esos misterios que nunca se resuelven, y que hacen que un padre quiera con locura a su hijo. A partir de ese momento, sus primeros pasos, sus primeros balbuceos, sus mil sonrisas, sus caras de sorpresa, fueron acompañándole día a día, tapando con sus fotos los huecos del triste trabajo, que tuvo que aceptar por mantenerlo.
Todo se le vino a la mente en un momento, sus caídas, las heridas que se curaban con "mercromina", y esas otras que, por lo profundo, no hay manera de curar salvo con una gran dosis de tiempo. Todo en un instante pasó por su mente, se secó las lágrimas con su viejo pañuelo, el que siempre guardaba en su chaqueta, y recordó tantas cosas, tantos buenos momentos compartidos, las tardes de domingo en el campo de fútbol, con los colores del equipo de su ciudad, o esas otras de deberes y estudio; los partidos en la tele; su primera comunión; la adolescencia, y la alegría que le invadió el alma cuando le presentó, a él primero, esa niña que empezaba a robarle sentimientos. Toda lo que fué, y lo que sigue siendo, sus logros y fracasos, aparecieron como por arte de magia, cuando el sol de la tarde primaveral le dió en el rostro, y tuvo que volver a hacer uso de su pañuelo, esta vez para secarse el sudor, provocado por el calor abrileño.
Hace sólo unas horas, comentaba con él los pormenores de la tarde que se les avecinaba, tras el almuerzo que su esposa siempre le hace en estos días, nervioso, recorriendo la casa de un lado a otro, mitad miedo, mitad orgullo, y lo había tranquilizado como siempre, poniéndole la mano encima del hombro, hablándole con franqueza, la misma que marcaba su carácter, y abrazóndole tiernamente para disipar cualquier tipo de duda. Ésta sería su tarde, la había estado planeando a conciencia en las tardes de facultad, charlando con los amigos que compartían todas sus cosas, y deseaba por encima de todo verlo feliz llegado el momento. La hora se aproximaba, el reloj marcó el punto exacto de siempre, y el llamador hizo acto de presencia; el padre miró hacia atrás, en la oscuridad del palio de sus amores, le cogió la mano y le deseó la mayor suerte del mundo, y que disfrutara cómo sólo Ella le podría hacer disfrutar; el paso se levantó, la Virgen empezó a andar con la misma cadencia que aquella tarde lejana en que él mismo la sacaba a la calle por vez primera, y tras el esfuerzo de la salida, cuando ya Ella se presentaba a su ciudad, sacó de nuevo el pañuelo, se secó las lágrimas, y emocionado pensó:...mi hijo está contigo, hasta siempre, Madre...

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