sábado, 5 de septiembre de 2009

al llegar la noche...

Al llegar la noche, siempre se paraba a pensar en muchas cosas, arrebujado en su edredón, entre las suavísimas sábanas planchadas con primor por su madre; siempre en la noche, después de las oraciones que su abuela le enseñara, de confiar sus sueños a los cuatro angelitos de su cama, el niño se detenía en ordenar sus pensamientos, dispares y variopintos todos ellos, en la nocturnidad de su habitación. Pensaba en las niñas del barrio, ésas que le robaran miradas en el viejo cine de verano, cuando un solar ocupaba lo que ahora son grises edificios, en la calle de su infancia; sus compañeros de juegos, de interminables partidas a las chapas, decorando los tapones de "la casera" con los futbolistas de la época, de carreras de bicicletas, partidos de fútbol en el descampado cercano a la acequia gorda, y de excursiones los domingos hasta las casonas abandonadas de la vega; el niño pensaba, envueltos sus sueños en una maraña de desordenadas ideas, en las tardes de estudio en aquellas mesas simétricas, una para él y otra para su hermano, ideadas por la siempre mente inquieta de su padre, y que hicieron las veces de mostrador, de barra de bar, e incluso de salpicadero de inventados coches en sus juegos infantiles. Pensaba en las noches de agosto bajo el axfisiante calor granadino, en la ilusión que le hacía el simple hecho de ir a acariciar a su perra, mientras sacaba una botella de agua fría del frigorífico, y en la de veces que el sueño le rindió sentado en su salón, en las butacas tapizadas de terciopelo verde, al fresquito de la madrugada.

Al llegar la noche, se siente seguro al verse junto a los suyos, mezclando los juguetes de niño con los de niña, jugando a cocinitas con sus hermanas, y éstas con sus coches y escopetas, bajo miradas cómplices y susurros compartidos, siempre hubo dos bandos, los mayores y los mellizos, que se unieron para siempre al llegar el quinto de la saga...al llegar la noche, evoca su adolescencia, cuando las salidas nocturnas alteraban el sueño de sus progenitores, cuando cualquier llamada a deshora ponía el corazón en el puño, y aceleraba los pulsos...¡cuántos timbrazos por olvidar las llaves!!...recuerda sus estudios, sus momentos de gloria y de fracaso, cuando se acaba el día y en su cuarto nunca se siente sólo: ¡qué importante es sentir a alguien en la cama de enfrente y la de al lado!...Al llegar la noche, da igual en que cama duerma, al niño le siguen viniendo los mismos recuerdos, azuzados por el momento de nostalgia, cuando abre un libro de poesía que alguien le dedicara a su madre, cuando escucha la canción de ese programa infantil que viera junto a sus hermanos, cuando el olor de un libro recién comprado le devuelve inmediatamente a su colegio de monjas, con los compañeros que ahora de vez en cuando se encuentra por la calle, ocultos tras el descorazonador disfraz de los años. Es inevitable, piensa, volver de nuevo a todo eso, sobre todo ahora que su vida va a cambiar. Ahora que su calle pasará a ser la de sus padres, y vendrá a su casa de visita...es inevitable sentarse a meditar en todo esto, al observar el tiempo transcurrido, cuando se para a mirar a sus padres, a sus hermanos, y a si mismo, y se percata de que no hay nada igual que antes, aunque lo parezca. Es inevitable cuestionarse sus malas respuestas, sus discusiones y sus voces, ahora que esos ruidos dejarán paso a la tranquilidad de un nuevo hogar, apartado de las cosas que le son tan familiares, como el olor a café recién hecho y a pan tostado; como la luz de su comedor, a cada hora del día, como el olor de sus paredes nada más cruzar el umbral...es inevitable, dedicar unos momentos a estas cosas, ahora que ya empieza a echar de menos a los suyos, ahora que se embalan los recuerdos para llevarlos aotra casa, y edificarla con los que empezará a crear junto a la mujer que ama y, que hace seis años para siete, empezó a alejarlo de su barrio, el de las Flores, Mará Luisa, Cristina y María Jesús, que crecen en un jardín regado por Luis, y cuidado celosamente por Carlos y Fernando...al llegar la noche, el niño que siempre fuí, os da las gracias por estos maravillosos treinta y dos años junto a vosotros, ahora que toca despedirse para iniciar una ilusionante aventura, la de crear, a partir de ahora y para siempre...mi familia.

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