martes, 1 de julio de 2008

Una noche de cuaresma

Muchas veces he encaminado mis pasos hacia el convento que lo acoge todo el año, bien para los cultos, bien para detenerme un ratico y contemplarlo, Crucificado de mis devociones más profundas, y siempre he salido reconfortado.

Pero hay una noche de primavera, en la que la capilla me llama especialmente; una noche, en la que mi hermandad se vuelve a reunir en su nombre, pero en un mínimo aunque indefinido número, para tenerlo más cerca.

Esa noche es aquélla en la que Tú decides que quieres bajar a nuestro terreno. Crepúsculo marcado por arneses, poleas, priostes concentrados y con un celo infinito, para depositar cuatrocientos años de historia granadina en el suelo de su iglesia. Esa noche se desatan las emociones e, instintivamente, el corazón comienza lo que pretende ser un diálogo, pero mudo o a lo sumo, susurrante, en el que se exponen recuerdos e ilusiones que lo tienen como nexo.

Parado en pie junto a tu imagen, detenido en esa mirada perdida que hace que la mía recorra tu semblante; busque la llaga en la que bebo la fe; observe tu boca, convertida en desgarrador grito, con la que muerdes tu propia voluntad para cumplir así la del Padre. Cada centímetro de tu cuerpo ajado es una catequesis mediante la que nos haces comprender que Tú eres, efectivamente, la Verdad y la Vida, y así lo entendemos los que en Ti confíamos. Los pensamientos, imperfectos y vanidosos, se concentran en Ti, como en la genial fotografía, desdibujando lo demás, haciéndose humildes cuando Tú los recibes.

Nada hay en este mundo capaz de enmudecer un alma que en tu rostro se ampara y fortalece; nuestra fe alcanza su cénit cuando, por fin, te tenemos junto a nosotros en esta tarde única del año. Una voz rota rompe el silencio reinante, estrena su cantado rezo para liberar en un "quejío" sus pecados, perdonados casi al mismo tiempo que salen por la garganta...

Tu nombre prevalece en la ciudad, ante Ti se han postrado tantas generaciones de granadinos, hay entre Tú y yo tantos lustros, tantas décadas, que soy insignificante aquí a tu lado. Viniste antes de que yo llegara, y seguirás aquí cuando ya me haya marchado, pero siempre habré de darte gracias porque en este cortísimo intervalo que es mi vida, he llegado a conocerte, has guiado mi caminar y el de los míos hacia Ti, para dejarme tener el privilegio de poder hablarte, durante casi quince años, mientras esperaba que las puertas se abrieran, hecho un manojo de nervios y con tus pies casi rozándome en la cara...

(fuente fotografía: archivo personal Lolo Valenzuela...muchos años, con este Cristo hundido en el canasto, compartiendo su salida hacia Granada)

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