la música de la Ventana

"Pregúntate que es lo que te da la vida y dedícate a ello"
(Howard Thurman)
Dios te salve, Escolapia,
proclamada Reina de la gracia,
porque llena estás de ella;

Expiración es contigo,
bendita Tú entre las mujeres "granaínas"
y loado siempre el fruto de tu vientre
que príncipe nació para morir mendigo.

Santa Madre de Dios,
granadina y sevillana,
ruega por tus hijos costaleros
adalides del esfuerzo y el vigor
ahora, y en la hora
en que hayan de partir
para por siempre vivir
junto a tí, Madre, que lloras
sobre el puente del Genil.

con el mismo objetivo

lunes, 28 de noviembre de 2016

Melancolía...

Me gusta este estado de ánimo, si es que se le puede llamar así, en el que mezclo tantas emociones en un vaso calentito de café y lo remuevo lentamente mientras miro por la ventana, cerrada, para no dejar entrar el frío de la mañana.
La lluvia ha vuelto a dejar su húmeda huella sobre los cristales, el vaho propio de la diferencia de temperatura permite que mi hija desate su vena artística en ellos, mientras que mi mujer anda por ahí, diciendo no se qué de la niña y los dedos. Me afano en no pensar, sólo me abandono a la imagen de la ventana, en la que la planta se desvive por tomar algo de calor que no acabe por congelarla, y el nublado de fuera, la caída intermitente del agua, el frío matutino, y el pijama que aún llevo a pesar de la hora, me siguen hablando de domingos de invierno, y de melancolía...

sábado, 26 de noviembre de 2016

sin lógica...


Nos empeñamos en buscar la felicidad en las cosas materiales de este período, indefinido en el tiempo en el que las realidades van anulando a las ilusiones, que es la vida, desoyendo las voces que nos hablan de que ser feliz es una actitud; no existe la felicidad, no nos empeñemos, está en nosotros, y en cómo afrontemos las cosas que hacemos. Nos pasamos los años esperando que venga un tren al que subirnos, ése que pasa sólo una vez, pero lo cierto es que estamos tan cegados, mirando al horizonte por si lo vemos venir, que no caemos en que lo estamos esperando en una estación fantasma por la que los únicos trenes que pasan son los del olvido, mientras obviamos una mano que nos acaricia y nos necesita para ser su guía en este mundo...

Hay que ser feliz, tenemos que ser felices, no por nosotros, sino por los demás, para que ellos sepan que forman parte de nuestra felicidad y que no piensen que lo que hacen es inútil...una pareja estable, unos hijos maravillosos, un trabajo, tiempo libre,...a veces esos pilares tan importantes no son para nosotros más que tabiques insignificantes sobre los que se sostiene una vida construida esperando lo bueno del mañana...hoy es mañana, no hay loterías, no hay tiempos mejores que no sean los que vivimos junto a los nuestros, cada día; no hay otra vida futura en la que tendremos mejores cosas, aunque la esperanza sea lo último que se pierda. Después, cualquier tarde, te asomas a internet y una noticia te hiela los huesos, una foto te sobrecoge, y comprendes que la mayor felicidad es poder darle un abrazo y un beso enorme a tu hija al despertarse, mientras ves el dolor desgarrador de un padre diciéndole adiós, definitivamente, a la suya... 

Maldito cáncer, maldito seas mil veces...

(a Jessica Whelan, y a su familia, con todo el dolor que me cabe en el alma)

(Fuente fotografía: https://es-es.facebook.com/Afightagainstneuroblastoma/)

lunes, 18 de julio de 2016

Arterias y venas...


Al final de nuestra vida, sólo dudas...
Al final de mil caminos, más principios...
Al final de nuestra historia, sólo epílogos.
Al final de tus tormentas, cielos rasos.
Al final de tantas cosas sólo queda
lo que puedas recoger en unas cajas.
Al final de una pared que queda blanca
un lamento por no haber comprado tinta.
Al final, la cuesta arriba que nos lleva
a esos sitios donde a veces ni miramos,
al final sólo tú, con tus cavernas,
al final sólo yo, y nos besamos.
Al final de una foto en la distancia
lo que miras al tenerla entre las manos;
al final son mis arterias y tus venas,
que se vuelven a unir si nos miramos. 

lunes, 16 de mayo de 2016

Calles sin tiempo...

Por las ciudades sin tiempo deambulan transeúntes de distintas épocas, aliñando con sus  tipismos la riqueza de las mismas, y es que no hay nada como un paseo por una calle de ventanas conservadas para darte cuenta de que no somos más que una mínima pieza en el descomunal puzzle de su historia.

A lo mejor, precisamente eso es lo que buscamos cuando avanzamos mirando a todas partes y a ninguna en concreto, intentando llenar nuestro vacío con los excedentes de recuerdos de esa calle en la que vivieron los que apenas conocimos, o donde jugamos sin habernos parado a disfrutarlo.

Que el tiempo corre siempre en nuestra contra no es algo nuevo, por lo que cuando queremos detener el tren de la vida no acertamos a señalar la estación adecuada, y la que elegimos puede que sea solamente un señuelo que nos distraiga de las importantes. Por las calles sin tiempo vuelan voces de niños que son ancianos y reprenden a otros niños en sus ruidosos juegos, quizá por la rabia contenida de ver cómo el que ellos fueron dejó de existir hace tanto tiempo, que las nuevas risas son dardos que se clavan hondo, tan hondo, como las arrugas que, en sus rostros, marcan el pulso de la dura existencia de penurias y hambre. Tras las rejas se esconden largas pestañas que enamoraron a quién sabe qué tipo de hombres, y que ahora besan los nietos una vez por semana, y las macetas ocultan otras manos diferentes que las riegan en el mismo sitio, pero de distinta forma.

Coches que pasan lejanos, llevan en su ruido la rabiosa actualidad de la prisa y los motores, mientras nosotros, inmersos en ese "modus operandi" de carreras y achuchones, almorzamos deprisa, tomamos el café en vasos de cartón con tapaderas de plástico y amamos justo el tiempo que transcurre entre la cena y el sueño, que es lo mismo que no amar, aunque así lo creamos. El café sabe a achicoria, la comida sabe a tiempo mal usado y nosotros, no tenemos más remedio...

El sol inunda con su color amarillo las fachadas que permanecen, impasibles, fieles a la imagen centenaria de una postal por la que no parece pasar el tiempo, y su calor solo nos sirve para saber que llega otro verano fulminante; para pensar en las vacaciones que habrán de recargarnos las pilas de cara a otro nuevo año de trabajo, mientras cambiamos el sudor provocado por el ajetreo diario por ese otro, más llevadero, de la hamaca y el olor a espeto, mientras queremos que se pare el mundo y que el mar nos dure siempre, por lo menos, hasta que pasemos a engrosar la lista de transeúntes de nuestra época, en esas calles sin tiempo...


lunes, 2 de mayo de 2016

caja de zapatos...

A veces, cualquier historia de amor, cabe en una caja de zapatos...
 
 





viernes, 29 de abril de 2016

Uno que no olvidaré...por Roberto Calvo (Pope)

Desde Algeciras, desde la mismísima Cuesta del Rayo donde Jesús ora en el Huerto cada Domingo de Ramos, me llega esta colaboración que huele a mar y a Olivo...

  
Lo que yo recuerdo

            De todas las memorias desconfía, más aún de la que con pasión regresa.

Una de tantas buenas cosas que aquella bitácora costalera de Oido tres pasos. me regaló fue la de tratar con otros locos enamorados de nuestro oficio. A algunos les puse cara y cercanía. Uno de ellos es El Abuelo, costalero de Granada con el que no en pocas ocasiones estreché la mano a través de la palabra escrita, colaboraciones, algún robo por mi parte y en todo siempre mediando la camaradería y el afecto.

 

            Un texto me manda hacer Luís,

            me pide una experiencia,

            una sonrisa, una lágrima,

            un recuerdo.

            Aquella vez que...

            O aquella otra de quel día.

            Y yo que aún demorando

            mi respuesta en demasía,

            no quería desatender

            lo que El Abuelo pretendía,

            aquí y en esta hora la rubrico

            y juro que la tinta que lo arrima,

            brota de esta mano que es amiga,

            y mana de este corazón a su reclamo.

 

Yo siempre quise ser costalero. Aquellas Semanas Santas con mi madre y mi tía Gloria en Tierras de María Santísima no me dejaron otro camino. Si jartible mi tía, más jartible mi madre. Si Macarena la una, más Macarena la otra. Pero yo no me quedaba atrás... Si había que ver La Paz por el parque y llegar a ver La Cena por la calle Sol para seguir con toda una tarde de bulla, almendras fritas y papelón de pescao rematando la jornada en el Postigo con La estrella había que darle al zapato de estreno de lo lindo y a mí todo aquello me soliviantaba de tal manera que nunca fui un lastre para aquellas dos locas, Santas Justa y Rufina de mi Sevilla más íntima y querida. Aquellos dos atlantes, seguramente aún "de los profesionales", que apurando un cigarrillo se abrían paso entre las filas de nazarenos me ensimismaron. Las alpargatas, aquellos bastos pantalones arremangados, la camisa pegada al cuerpo empapada en sudor y aquellas cosas en la cabeza. “Mira los costaleros”. Yo ya los estaba mirando, no podía dejar de hacerlo. Después de aquella revelación y ver aquellos pies que bajo los faldones hilvanaban adoquines ya nada fue igual. ¡Niño, mira La Virgen!, pero a mí se me iba la vista al suelo sin poder evitarlo. Qué flechazo, qué Epifanía. Mamá, yo quiero ser costalero. Cuantos paseones a los taburetes de la cocina y cuantas chicotás eternas bajo los faldones de la mesa camilla. Mi padre me enseñó a tocar el tambor, algo es algo. Siempre un Paso y siempre mirar a sus pies. Sevilla, Semana Santa, los bares y sus fotos con ellos de sepia y gris, las calles de Sevilla y sus Iglesias así de bruces. Todo me conducía irremediablemente a aquella idea que se desbocaba en mi cabeza de tal forma que aún hoy pienso que si no existiera esta forma de sacar las cofradías a la calle no me gustaría tanto como me gusta nuestra Semana Santa.

Vengo a vivir a Algeciras y Sevilla me dice hasta pronto. Los años pasan, la fiebre no. Llegan los pasos al fin, furtivos pero llegan. No como yo los soñaba pero llegan y se acrisolan para siempre en ese poso que deja el metal fundido de las pasiones. Pasa una década y luego otra, las Semanas Santas vienen y la vida se va con ellas. Se ganan las peleas, se pierden pocas, muy pocas, ¿ninguna?. Se aprende este oficio y se sigue aprendiendo siempre, siempre de frente, de frente como se miran los hombres, esos mismos hombres que se comen a besos tras jurar faldón.

Alguno de mis mejores amigos me los han dado los pasos. Mi compadre y mi grandísimo amigo toda una vida conmigo ahí abajo. Te echo de menos pero qué bien te queda la gorra. Mi sobrino de mi alma, que se ha convertido en un gran peón mejor de lo que Manué llegara nunca a admitir. Mis niños de los pasteles por los que siento devoción y orgullo. Albertito Jaén, de los locos de verdad de esto. Qué pena Gómez de esos tres años extraviados. Cristóbal, Jordi, Gufli, los Barea, “El Moro” (eres un peonazo Jesús), … tantos y tantos. Ay, mi Difarque.

La casa de mi hermana es una fiesta el Domingo de Ramos. En el corazón del barrio, a escasos metros de las Puertas que cuando se abran (con la venia a las seis de la tarde más bonita del año) pararán los pulsos al contraluz de la Cruz de guía de La Cuesta del Rayo, se dan cita tres generaciones. El menú, el mismo desde 1986, ensaladilla rusa y filetitos empanaos. Los dulces los trae Manuel y a la hora del café ya no se para allí. Besos a las madres y a los hijos, la señal de la cruz antes de salir del portal y lo que venga este año que lo sepamos recibir… En el 24, cuartel general de la cuadrilla del Olivo, los de negro y la gente de abajo velan armas y Luís no se aclara este año tampoco… A vestirse la cuadrilla de salida y la calle Corpus Christi cambia su nombre por el de la calle de los valientes. La locura tiene nombre, yo bien lo se.

Un Domingo de Ramos en mi barrio no se puede explicar, hay que vivirlo. Hay que entregarse a los acontecimientos con el primer botón de la camisa del alma desabrochado. Lo que ha de venir no existe en otro sitio, con sus virtudes y sus defectos pero genuinamente de La Cuesta del Rayo. La salida y su barrio esperando, las manos arrugadas de las abuelas perfumando la celosía de un castillo que se desmorona y se vuelve a plantar desafiante, sobre los pies, costero… Se va El Olivo y llega Ella. La Primavera llega este año también bajo palio. El eco de la marisma acuna a toda la calle que ya no cabe en si misma. El primer platillazo es la señal pactada y todo estalla y se desborda. La cofradía se marcha camino del centro de la ciudad y el cortejo lo empiezan y acaban los vecinos que ya no dejarán sola a su hermandad hasta que no vuelva a su casa. Cumplido el tramite de la estación de penitencia, la voz rota lo anuncia, vamonos pal barrio. La calle de Mónaco es oficio y costalería, el pundonor es la calle Sevilla. Parque de María Cristina, Getsemaní, las saetas a porfía, el rumor de un fuerte de bajos que nos alcanza bajo la bóveda centenaria del Paseo de los voluntarios. La Flor más bella de estos jardines llega, pasa y perfuma la noche. No hay más cera que la que arde y no hay otra luz en el parque. Cuando dejemos atrás la reja de Capitán Ontañón ya no quedará nada. En tres suspiros de nuevo en casa, otro año más y que por lo menos vengan igual que este.

El mes de Septiembre de 2009 el almanaque se vistió de plata. De esa misma plata, la que se le regateó a los diteros en los tiempos del hambre y la fatiga, la de las alhajas y sortijas de ida y vuelta, de la plata que dormía arropada en los pañuelos de las abuelas, los vecinos soñaron una corona para su Reina y ya de eso habían pasado veinticinco años. Y por veinticinco Domingos de Ramos valió ese día. Ya no se puede ir más guapa ni se puede andar mejor. Los grandes debajo de La Virgen de sus entretelas soñando despiertos aquella noche infinita. Ese día yo iba debajo de mi Virgen del Buen Fin, mi otro padre y su hijo también allí abajo conmigo, con Ella, siempre con Ella. Eso ya no me lo quita nadie. Gracias Madre por tanto y por esa vez.

Treinta Domingos de Ramos dan para mucho. Soledad, Buen Fin, Amargura, Lágrimas, San Roque, La Trinidad, El Corpus, El Olivo… El Señor de la Oración. Una nómina plagada de buenos recuerdos, de lecciones bien aprendidas por la cuenta que a uno le trae, de buena gente y de gente güena, de risa y llanto, de orgullo y sacrificio, de una vida entera debajo de los pasos que se me ha hecho corta. Qué no daría yo…

Querido Abuelo, me pediste algún recuerdo y ahí tienes algunos de los que con más cariño albergo. El último que hoy te brindo aún no ha terminado de ser y ya es el más preciado. En el 2014 vino al mundo mi hijo, su primer domingo en el mundo, adivina, un Domingo de Ramos. Con seis días de vida asistió a la salida de la que ya era su Hermandad. Entre las sábanas de su capazo las estampas que deslizaban las generosas manos de los costaleros amigos de su padre que ese año por mor de una lesión, las cosas de la vida, cambiaba el costal por el traje y la corbata. La primera levantá en la calle “por El Pope que no está con nosotros este año y por su hijo que está delante del Cristo”. Al año siguiente El Pope si estaba y su hijo, con su medalla y sus ojos abiertos de par en par devorando otro precioso domingo, también. Este año, a falta de dos semanas para cumplir los dos años, se ha pegado una Semana Santa de categoría el prenda. Y como yo jugué el juega ya a ser costalero, se pega sus buenas levantás, “ta yé” dice con su media lengua, “pumba” y a volar el tío. Las marchas no pueden faltar a la hora del desayuno y ya se sabe el nombre de más de uno de la cuadrilla de su padre. La Jirjen y el Jeñó me lo amparen siempre. Hablando con mi compadre hace un año salió el tema de la retirada de los pasos, yo le dije qué aún sabiéndola cercana estaba preparado para irme cuando tocara, pero también muy contento por haber podido volver a vestirme de costalero con mi niño en el mundo. Le dije a mi compadre que nada me gustaría más que disfrutar algunos años más para que mi hijo me recordara de costalero, “es muy pequeño y no se acordará” me dijo y tres palabras, tres aldabonazos estallaron en mi boca: Pero yo si.

Gracias, amigo, por tus palabras. Un abrazo desde Granada.
 
 

miércoles, 27 de abril de 2016

desde abajo...

A la mujer se la mira a los ojos, porque no hay nada más bonito en una mujer que el brillo de los mismos cuando sonríe, cuando se siente realizada, cuando es feliz y cuando sabe que es querida. Para mí, curtido en la más prestigiosa escuela de la timidez, y licenciado "cum laude" en la homónima facultad, nunca me ha resultado fácil (ni me resulta) mirarlas a la cara, y muchísimo menos decirles algo. Siempre he visto como alguno de mis amigos, más versados que yo en esto del galanteo, conseguían con pocas palabras y alguna sonrisilla lo que a mí me llevaba días lograr, tal es la magnitud de mi nerviosismo cuando me embarco en estas lides, así que me ha costado más de un disgusto (y de dos) mis encontronazos con el otro sexo, que no sé qué tiene de débil.
 
Una mujer se parapeta tras la cortina de sus pestañas, te observa y con sólo decir tu nombre ya te tiene a su merced, por lo que si en tu entendimiento atisbabas algo de solemne valentía, con fijar sus ojos en los tuyos bastaba para desarmar el tinglado que se mantenía, a duras penas, en tu boceto previo de la escena. Nunca he estado cómodo cuando una mujer libera sus armas y te roza con la mano, y casi siempre me han pillado distraído al mostrar lo que ellas llaman "indirectas", por lo que nunca las he cogido y me ha costado Dios y ayuda acercarme a ellas, cosa que no ha cambiado mucho al alcanzar la "madurez" y aun mi timidez me juega malísimas pasadas cuando alguna cliente me suelta un piropo al despedirse de mí en la tienda para agradecerme la atención prestada, hasta el punto de que, a veces, llego a reaccionar como un imberbe adolescente en lugar de como debería reaccionar el hombre que se supone que soy, y es que cuando uno es tímido, no hay nada que hacer por mucho que lo intentemos.
 
Por eso, como no podía mirarlas a la cara sin sentir que mi estómago se revelaba, empecé a descubrir el maravilloso mundo del calzado femenino, desde el tacón más sofisticado hasta la simple zapatilla de estar en casa que, puestos en un pie de mujer, hasta parecen ascender de categoría, por lo que sigo deteniéndome un rato a seguirlas con la mirada cuando alguna pasa por mi lado...botas altas a media caña, botines, "sabrinas", sandalias y demás, siguen siendo un mundo fascinante al que no puedo renunciar, mucho menos cuando tengo una cámara en las manos y, claro está, ellas se dejan...alguna ventaja tenía que tener el llevar tanto tiempo mirando a las mujeres...desde abajo. 


Gracias por asomarte...

Gracias por asomarte...
donde se guardan las joyas...
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